Constitución: causa y a la vez solución de todos los problemas de la vida

La reivindicación de Sánchez de un cambio en el art. 99 encierra un mensaje cifrado: "Por culpa de ese artículo, ustedes no están obligados a dejarme vivir en la Moncloa"

Foto: Pedro Sánchez, junto a Carmen Calvo, tras la segunda jornada del debate de investidura. (EFE)
Pedro Sánchez, junto a Carmen Calvo, tras la segunda jornada del debate de investidura. (EFE)

Cuando Sánchez habla de la necesidad de reformar el artículo 99 de la Constitución para que España no vuelva a repetir unas elecciones, yo pienso en Homer Simpson. En el capítulo de la ley seca, Homer termina subido a una pirámide de barriles de cerveza y proclama que el alcohol es la causa y a la vez la solución de todos los problemas de la vida. La Constitución es para Sánchez lo que la cerveza para Homer.

Si el alcohol, y no el borracho, es la causa de los disturbios que provoca el borracho en la taberna, entonces la Constitución, y no la ambición de gobernar a solas, será el motivo por el que el PSOE se comporta como si hubiera pasado cuatro décadas en una borrachera de poder. Es un razonamiento digno de personaje de dibujos animados.

La reivindicación de Sánchez de un cambio en la Constitución encierra, como casi todo, un mensaje cifrado. Lo que se filtra debajo es esto: “Por culpa de ese artículo de la Constitución, ustedes no están obligados a dejarme vivir en la Moncloa, y para colmo tienen derecho a impedírmelo. Es intolerable. Así que les exijo que me dejen gobernar, o que de lo contrario me ayuden a cambiar la Constitución”. De flipar.

Si esto fuera un partido de fútbol, y hay días en los que sospecho que lo es, la estrategia de Sánchez se explicaría de esta forma: él quiere colocar a sus “ministros de reconocido prestigio” fijos en el área del equipo contrario, en un sitio donde cualquier balón disparado a la olla les caiga directamente en los pies. Como esto es ilegal, quiere que se suprima la fastidiosa norma del fuera de juego. Y por si este ventajismo fuera poco, exige a los defensas del equipo contrario que se vayan al centro de campo y se pongan a pastar.

En fin. Levantemos un momento los ojos de este tablero de ajedrez en tablas. Llevamos cuatro años de campaña electoral permanente. Cuatro años en los que los partidos han dado la espalda al bien común cuando su cálculo electoralista les ha animado a la disputa, jugando al juego de las encuestas y las sillas. Cuatro años sin bipartidismo nos han demostrado que negociar, en castellano, significa defender ante los medios que no se ha alcanzado un acuerdo por culpa de tu interlocutor.

Cada declaración a la prensa, cada alocución en el Congreso, cada bravuconada de sus señorías por Twitter ha sido un intento de mover unas cuantas décimas las encuestas de un lado para otro. Cuando el pacto se frustra, el trabajo consiste en convencer a la ciudadanía de que la culpa no ha sido tuya, sino del otro. De manera que lo importante no es ceder ni acordar unos mínimos, sino construir argumentarios y dejar los deberes hechos para que en las próximas elecciones sea tu no-socio quien quede peor.

Es la pinza de la pinza de la pinza de la pinza, pero no seamos cortoplacistas. La tragedia de la España fragmentada va mucho más allá de la formación de gobiernos, la tragedia consiste precisamente en que, aunque los haya, no se puede gobernar. Pongamos que Sánchez cede unos sillones a Podemos en el Consejo de Ministros. Con los siguientes presupuestos en manos de independentistas, es decir, sin una posibilidad real de aprobarlos, ¿a qué dedicarán sus esfuerzos los socios? Pues a disputarse desde el primer día la posición de salida para la siguiente carrera electoral.

Pablo Iglesias no pasará a la historia por su afán de unificar las izquierdas, pero el lunes dijo algunas verdades a Sánchez. Le espetó que no puede permitirse un Gobierno “con ministros independientes de reconocido prestigio” porque no le dan los votos. Le dijo que, si no mete a Podemos en el Ejecutivo, ellos no tienen ninguna garantía de que se cumplan las exigencias que hacen al PSOE a cambio de sus escaños. Y basta mirar el tablero para admitir que Iglesias ha dicho la verdad.

Sánchez sabe muy bien que el problema no es la Constitución ni el sistema. El problema es que el PSOE no sabe gobernar el país sin una mayoría absoluta. Un gobierno de coalición como el portugués o el alemán consiste en mantener el equilibrio, pero esto es muy difícil tras cuatro décadas de borracheras de poder.

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