Patrullas ciudadanas: confundir el síntoma con la curación

Las patrullas ciudadanas de Barcelona son una prueba de la mala gestión de Colau y un síntoma de nuestros problemas, y no su ingeniosa solución

Foto: Dos agentes de la Guardia Urbana informan a los turistas de la presencia de carteristas en el metro de Barcelona, en una foto de archivo. (EFE)
Dos agentes de la Guardia Urbana informan a los turistas de la presencia de carteristas en el metro de Barcelona, en una foto de archivo. (EFE)

Mirando las cifras del crimen en Barcelona se puede decir sin partidismos que la ciudad se ha deteriorado. Hoy Barcelona es un sitio más inseguro que hace cuatro años. La administración de Colau está fracasando en la lucha contra la delincuencia, que en Barcelona parece la derivada del gran problema de la ciudad. El turismo desaforado significa más población para la misma policía y es una granja para los cacos. De los delitos cometidos en plena calle este verano, que son 26 cada hora, buena parte se los llevan guiris y comerciantes en zonas turísticas. La afluencia masiva también hace germinar la demanda de un comercio ilegal que la alcaldía se ve incapaz de combatir por asuntos estrictamente ideológicos.

Los barrios donde ha crecido la delincuencia son los más turísticos. Desde 2015, el aumento del crimen es alarmante: un 40% en Ciutat Vella, un 50% en el Eixample y un 30% en Gràcia. Hay, de hecho, otro tipo de turismo subterráneo que ha disparado los asesinatos y las reyertas en la ciudad hasta la insólita cifra de 9 muertos en lo que va de verano: el turismo yonki que atraen los narcopisos. En los robos a comercios y atracos violentos en plena calle renace así, para sorpresa de todos, esa figura que creíamos enterrada en los escombros del cine quinqui: la del heroinómano con el mono y un cuchillo en la mano.

La sensación en la calle es más insegura. Mientras proliferan cuentas de Twitter que informan de cada uno de los altercados de la ciudad, la prensa aplaude algo inaudito: el surgimiento de patrullas ciudadanas que se dedican a la vigilancia. Mirando las cifras de delincuencia puede parecer comprensible que surjan estos grupos. Parecen la respuesta lógica de una ciudadanía hastiada de soportar el crimen sin que las instituciones actúen, pero en realidad, como la justicia tuitera, ocultan algo peor. Son una muestra de nuestra tendencia a aceptar el hecho de que la gente se tome la justicia por su mano.

Eliana Guerrero lleva vigilando a los carteristas del metro de Barcelona desde 2011 y es la promotora de un grupo, Patrulla Ciudadana, cuyos miembros se comunican por WhatsApp, portan botes de espray de pimienta y lucen camisetas con un emblema. Son gente con buenos trabajos que pasa horas en el metro para divertirse, como quien va de caza. En 'eldiario.es' los entrevistaron el mes pasado y dejaba atónito constatar que la mayoría de ellos lo disfruta: "Es como una valvulilla, suelto adrenalina y se te queda el cuerpo genial", "la tensión cuando encuentras a uno, los aplausos de los viajeros cuando echamos a un carterista… es adictivo", "cuantos más encuentras, más quieres", etc.

Miembros de una patrulla ciudadana en el metro de Barcelona
Miembros de una patrulla ciudadana en el metro de Barcelona

Es curioso cómo la prensa les aplaude. Héroes sin capa, los ángeles del metro, etc. Mark Lilla explica en 'El regreso liberal' cómo se produce este deslizamiento de la función pública hacia el ciudadano común en todo occidente desde los años noventa. Que aparezcan patrullas ciudadanas es una consecuencia del progresivo deterioro del estado social, o de su desmantelamiento. El monopolio de la violencia, que es también el monopolio de la vigilancia, empezó a romperse con el recorte público de los recursos y las subcontratas. Con la policía saturada y sobrepasada proliferaron empresas de seguridad privada que se limitaban a rellenar el enorme agujero provocado por la dejación de funciones de las instituciones políticas. Estos grupos de ciudadanos vigilantes parecen el siguiente paso lógico.

Si tienes problemas con la delincuencia, parece decir la canción mediática de fondo, será mejor que te pongas las pilas, te compres un walkie-talkie y te dediques a vigilar el metro en tus horas libres como estos valerosos ciudadanos. Donde el dinero público no cubre plazas de policía y el dinero privado no llega para costear guardias jurados aparecen estos supuestos héroes. Pero donde otros ven gente con iniciativa yo veo gente que ha caído en la trampa. La ciudad no deja de ser insegura con gente voluntariosa vigilando el metro. La ciudad deja de ser insegura si se gestiona mejor y los recursos públicos se reparten con inteligencia.

Estos ciudadanos no son los únicos que han empezado a llenar los agujeros que dejan nuestros sistemas públicos. Mientras escribo, patrullan las aguas embarcaciones privadas como el Open Arms y el Ocean Viking para salvar las vidas de los infelices que las mafias echan al mar, y en Barcelona está la Casa de Cádiz, que es un refugio para los sintecho gobernado por el activista de origen rumano Lagarder Danciu. Iniciativas como estas pueden despertar simpatía pero señalan una carencia. Rara vez se pone el foco mediático sobre el agujero que hay detrás.

La ciudad deja de ser insegura si se gestiona mejor y los recursos públicos se reparten con inteligencia

Las actividades paralelas al sistema son por naturaleza incontrolables y producen efectos difíciles de calcular, pero me parece que es una cuestión de tiempo que alguno de los vigilantes de las patrullas urbanas reciba una puñalada o que un grupo de criminales se decida por la venganza. Y esto, sin contar el evidente abuso que la mera presencia de estos vigilantes supone para el resto de los usuarios del metro: ¿quién demonios eres tú para vigilarme a mí? Personas sin formación ni profesionalidad, sin más código deontológico que el aplauso mediático y su sentido común, no son aptas para prestar este servicio por más que algunos tengan buenas intenciones.

Las patrullas ciudadanas de Barcelona son una prueba de la mala gestión de Colau, pero también de un espíritu de la época. Señalan el prejuicio y la desconfianza que se está convirtiendo en un 'leitmotiv' de nuestra sociedad. Como las condenas de Salem en Twitter, las delirantes apelaciones de armar a los ciudadanos para garantizar la "defensa propia" o las peticiones neuróticas de instalar cámaras en todas las aulas de los colegios, estas patrullas son un síntoma de nuestros problemas, y no su ingeniosa solución.

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