Errejón, Clara Serra y el mal de Judea

O Más País y Errejón son menos tolerantes y más tribales de lo que nos venden, o incluso Clara Serra padece el síndrome endémico de la gente de izquierdas: el mal de Judea

Foto: La ex número dos de Íñigo Errejón en la lista autonómica de Más Madrid Clara Serra. (EFE)
La ex número dos de Íñigo Errejón en la lista autonómica de Más Madrid Clara Serra. (EFE)

El lunes, Clara Serra se largó del partido cismático de Errejón con un mensaje cismático. Lo publicó en Facebook. Mencionó muchos motivos para su dimisión: el desacuerdo con el enfoque de la implantación territorial, el cortoplacismo y las prisas, el hiperliderazgo, la verticalidad y también, subrayad esto, una cultura del enemigo interno. La explosión la había adelantado Alfredo Pascual en este periódico, así que se venía rumiando y, lo que es más importante, comentando a periodistas. No hubiera sido así si la incomodidad fuera un asunto particular de Serra. Las críticas internas se filtran cuando un partido tiene problemas, como vimos con Ciudadanos, donde las filtraciones fueron el prólogo de la espantada.

Serra ofrecía en su comunicado un dato importante: según ella, la falta de una organización bien establecida había llevado a un estado de “informalidad” en la manera de hacer las cosas. Dijo Serra que esta informalidad siempre termina expulsando a las mujeres feministas, pero creo que la escritora Jimina Sabadú lo resumió mejor: “Para medirse las pollas, que no cuenten con ella”. El relajamiento de las normas y procedimientos en una organización lleva a que las cosas se hagan a la buena de Dios y, dado que en los partidos Dios suele ser el líder, sin una estructura garantista no puede haber democracia interna sino colegueo.

Vale la pena recalcar aquí que Serra no es ninguna Barbijaputa ni nada que se le parezca. Ha protagonizado momentos de educada disidencia tanto con las organizaciones políticas a las que ha estado adscrita como entre las filas del feminismo de las denuncias y las humillaciones públicas, tan de moda en las redes y los medios de comunicación. Serra no rehúye discutir con quienes tienen visiones del mundo distintas a la suya, y la he visto más de una vez sosteniendo en las redes posturas contrarias a las de su grupo.

El partido de Errejón se presentó con la misión de verter un poco de calma y transigencia en el viciado debate que ha dejado el tira y afloja del PSOE y UP

El partido de Errejón se presentó con la misión de verter un poco de calma y transigencia en el viciado debate que ha dejado en la izquierda el tira y afloja patético del PSOE y Unidas Podemos. La marcha de Clara Serra pone en duda esta máxima. Si se larga una persona que es, hasta donde yo sé, más abierta y dialogante que el militante medio, quedan dos opciones. O Más País y Errejón son menos tolerantes y más tribales de lo que nos venden, o incluso Clara Serra padece el síndrome endémico de la gente de izquierdas: el mal de Judea.

El mal de Judea

Las rupturas y las purgas de la izquierda son un tópico. Sin necesidad de mencionar el número de asesinatos que produjo la palabra 'trotskista', creo que la parodia de los Monty Python en 'La vida de Brian' con el Frente Popular de Judea y el Frente Judaico Popular ofrece una síntesis comprensible. El profesor Félix Ovejero dio una explicación en 'La deriva reaccionaria de la izquierda' (Página indómita) que se resume así: dado que el izquierdista cree que su visión del mundo es la más justa, cuanto mayor número de visiones morales haya en liza más grande será la posibilidad de ruptura.

Los psicólogos sociales han encontrado al menos dos diferencias entre las organizaciones progresistas y conservadoras que explican por qué unas se dividen más que otras. En la izquierda hay poco cariño por la autoridad, que se percibe como injusta, y en la derecha hay respeto por ella. Además, los progresistas tienen una tendencia al idealismo que contrasta con la tendencia al pragmatismo de los conservadores. Dado que estos luchan por mantener estructuras y tradiciones que ya existen, son menos proclives a imaginar, y en la imaginación progresista está el germen de su intransigencia. Las estructuras mentales se hacen más rígidas cuando existen pocos puntos de apoyo en el mundo real.

Podría parecer que Errejón e Iglesias rompieron por divergencias en la estrategia y no por juicios morales contrarios, pero esto no se sostiene

Aquí es donde se desencadena lo que llamo mal de Judea. Todos los partidos emiten juicios morales, pero los progresistas tienden a colocarlos en el centro. El equilibrio entre los principios morales y las estrategias para llevarlos a cabo se vuelve precario. Podría parecer que Errejón e Iglesias rompieron por divergencias en la estrategia y no por juicios morales contrarios, pero esto no se sostiene. La estrategia que eligió Errejón de pactar con el PSOE a bajo precio, esa interesada transigencia, le acarreó acusaciones de “vendido” y de “traidor” entre la militancia de Podemos.

¿Cómo es posible entonces que la intransigencia haya desencadenado una dimisión tan pronto en su propio partido? Lo que se vende ante la opinión pública como una pieza compatible ha dado muestras de cerrazón e incompatibilidad nada más echar a caminar. La militancia clamó ayer a su líder, que se prodiga en los medios, y pocos días después aparece la primera crisis. Es previsible que la deserción de Serra provoque más desequilibrios, porque un disidente abre una puerta para largarse pero rara vez la cierra al salir.

La cultura del enemigo interno a la que aludía Serra en su comunicado puede aumentar después de su dimisión, como ocurrió en Podemos. Supongo que Serra tendría amigos dentro de Más País, como Errejón los tenía dentro de Podemos, y que estos no estarán demasiado contentos. Si el partido opta por escenificar la unidad y toma cartas en el asunto con un giro autoritario, los disidentes sentirán más presión y mayor distancia con el proyecto.

El mal de Judea tiende a intensificarse cuando se intenta imponer una voz sobre las demás. Ya es triste —y divertido— que esto pase tan pronto en un partido que ofrecía escucha, transigencia y una apuesta explícita por esa entelequia llamada 'espacio común'.

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