El miedo ya ha cambiado de bando con Vox, ¿ahora qué?

Podemos utilizó aquella bravuconada de que el miedo iba a cambiar de bando durante su subida, pero lo olvidaron cuando les vino el tembleque con el recuento de votos

Foto: El candidato de Vox, Santiago Abascal, durante el debate de este lunes. (Reuters)
El candidato de Vox, Santiago Abascal, durante el debate de este lunes. (Reuters)

Una de las vueltas retóricas que me alejaron de Podemos fue aquella bravuconada de que el miedo iba a cambiar de bando. Fue su lema en la subida y lo olvidaron cuando les vino el tembleque con el recuento de votos de la bajada. De aquellos meses, que ahora parecen remotos, recuerdo la arrogancia de los líderes y de sus escuadrones tuiteros, y también la forma en la que disparaban contra comentaristas progresistas, conservadores y liberales al grito de “facha”. Estaban borrachos de victoria porque oyeron a los banqueros agitarse y vendieron la piel antes de matar al oso. O antes de llevarlo a una reserva natural, que no quiero ofender a Pacma.

Hoy queda de aquella arrogancia el complejo de superioridad endémico del izquierdista, la brusca altanería de Irene Montero y el tono profesoral de Pablo Iglesias, solemne pero no desagradable, tengo que decir, si lo comparamos con el nivel patibulario o marquetiniano de algunos de sus contendientes. Lo que empieza a ser evidente es que el miedo está cambiando de bando, como predijeron en 2016, pero en una dirección inesperada. Hoy, casi todos los sondeos apuntan a un alzamiento nacional de Vox que lo colocará en una posición clave para marcar el tono de los años que nos esperan.

La subida de este partido ha emborrachado a sus seguidores con el mismo licor que indigestó a los de Podemos, con la diferencia de que Podemos cargaba contra una quimera de ricos y poderosos, y Vox arremete contra un dibujo a brocha gorda de los más pobres y vulnerables de la sociedad. Sus escuadrones de las redes han perdido el miedo a soltar los demonios y son una quinta columna que alterna la rana Pepe con la bandera de España. Agresivos y orgullosos, hablan de maricas, feminazis y menas con relativa impunidad, mientras advierten a quien critique su partido de que nos vamos a enterar cuando lleguen al poder.

Mientras sus fieles ladran, los líderes de Vox hacen lo mismo que los del 'procés': no solo se niegan a rebajar el tono de sus seguidores, sino que alimentan un extremismo que les galvaniza. El lunes, cometieron la abyección de convocar a los periodistas delante de un centro de menores extranjeros no acompañados, y durante el debate y después han continuado con su habitual vituperio de grupos de personas que no siempre tienen altavoz para defenderse.

Santiago Abascal, durante el debate. (EFE)
Santiago Abascal, durante el debate. (EFE)

A medida que se acerca el domingo electoral, el miedo se instala poco a poco en gente de sensibilidades muy diversas, desde conservadores a izquierdistas. Hay quien opina que a Vox solo se lo neutralizará si la derecha le hace cordón sanitario, y quien piensa que son fascistas y se les tiene que combatir a pedradas. Yo no termino de verlo. No he dejado de preguntarme por qué este populismo nacionalista convence cada vez a más gente, y tengo una pequeña hipótesis basada en la observación.

No os garantizo que siga pensando lo mismo dentro de unos meses, pero aquí va.

El poder de las verdades incómodas

Creo que Vox se alimenta de dos fuentes: la primera es la frustración de muchos españoles ante la destrucción institucional de Cataluña, que parece difícil de atajar tanto por medios duros (como el 155 o la condena a los líderes) como diplomáticos (como la negociación, la cesión o la vía federalista). Esto explica su crecimiento en los últimos seis meses. Mientras los líderes independentistas sigan en la unilateralidad, me parece que hay poco que hacer.

La segunda fuente de la que se alimenta Vox es más accesible: los evidentes agujeros argumentales del sistema de opinión pública que han ido abriéndose por la gota malaya de la corrección política. Es decir: Vox se nutre, además del problema catalán, de la incapacidad de los agentes principales del debate de incluir ciertos elementos incómodos en la discusión.

Hace meses, argumenté en este periódico que una de estas verdades incómodas es la existencia de una bolsa no cuantificada de denuncias falsas en violencia de género. Este fenómeno, cuyo tamaño no conocemos, se niega sistemáticamente desde el resto de partidos políticos y desde los medios de comunicación. Contraponen el dato de Fiscalía, el famoso 0,001%, incompleto porque solo computa las condenas. Este tabú me parece un arma muy peligrosa en manos de Vox: le permite colar mentiras en la discusión sin perder su apariencia de cruda sinceridad. Si ellos son los únicos que hablan de este asunto y los demás niegan su existencia, una parte de la opinión pública entenderá que los de Abascal son los únicos que dicen la verdad. La táctica de Trump, vaya.

El martes, en 'Espejo Público', ocurrió una cosa parecida. Espinosa de los Monteros utilizaba datos incompletos sobre el índice de criminalidad entre inmigrantes para justificar sus medidas xenófobas. Dijo que uno de cada 10 habitantes de España es extranjero, pero que los extranjeros son condenados por una de cada cuatro violaciones en grupo. Pese a que más del 73% de los delitos sexuales los cometen españoles, esta estadística tramposa sirvió a Vox para su objetivo populista de criminalizar en bloque la inmigración.

¿Era mentira lo que decía Espinosa? No. Era un sesgo interesado de la realidad. Pero, de nuevo, nos encontramos con un límite de la discusión pública que Vox utiliza en su beneficio. Para comparar delitos en poblaciones como la inmigrante y la española, primero habría que estratificarlas según sus recursos, su nivel educativo, sus perspectivas de prosperidad, etc. ¿Cuál sería la tasa de criminalidad si comparásemos a extranjeros con españoles que viven en las mismas condiciones materiales que ciertos grupos de inmigrantes?

No hay modo de saberlo, porque para la corrección política cualquier pregunta relacionada con inmigrantes y delitos es tabú. Sospecho que esta clase de tabúes siempre favorece a la extrema derecha, y el lunes, en el debate, pude verlo varias veces cuando Abascal soltaba un disparate y nadie osaba discutírselo para no enmierdar con según qué temas.

Mirar realidades complejas con valentía

Tanto en el asunto de las denuncias falsas en violaciones grupales como en el de la criminalidad entre inmigrantes hay dos opciones para quien no sea de Vox. La primera es negar la existencia de ciertas cosas, contrarrestando propaganda con más propaganda; la segunda, integrar las contradicciones en el debate, utilizarlas para mejorar los argumentos desde el reformismo, y buscar soluciones a los atolladeros que no pasen por su negación.

Son dos ejemplos, pero seguro que hay más. Creo que es una forma astuta de utilizar la propaganda que ha funcionado a otros populistas como Trump, Bolsonaro o Le Pen. Sé que es el peor momento para escribir este artículo porque estamos en campaña electoral. Entiendo también que por escribir esto recibiré algunas palabras poco amables de los más extremistas creyentes en Vox y de los amigos de la corrección política, pero qué importa.

Escribo esto y lo dejo flotando en la red porque el miedo ya ha cambiado de bando. Cualquier momento es bueno para constatar que lo que se ha estado haciendo hasta ahora no funciona. Mi hipótesis es que hay que cambiar las reglas del debate, tratar los asuntos espinosos con más honestidad intelectual y arrebatar al populismo su patrimonio. Pero también es probable que me equivoque. Vaya usted a saber.

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