Izquierda y derecha unidas por la neurosis: peligros para la libertad en 2020

Pese a lo discutible de algunas actividades, dar a los padres el derecho a veto sobre aspectos de la educación de los niños no es libertad, sino todo lo contrario

Foto: Imagen de niu niu en Unsplash,
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El camino al totalitarismo está asfaltado de deseos de orden y seguridad. Hoy estamos más cerca de ese destino gris que hace un año. Nos dirigimos a ello a velocidad moderada, con pocos frenos y menos contrapesos: por el camino han caído ya algunas de nuestras libertades. Mientras parte de la izquierda se lanza a la guerra contra el porno como en los 90, acojona a las adolescentes con mensajes neuróticos sobre el peligro (residual) de ser violada en plena calle y persigue la libertad de expresión con argumentos análogos a los de los abogados cristianos que han denunciado una película satírica sobre Cristo en Netflix, parte de la derecha prepara nuevas batallas, como la vigilancia de los profesores dentro de los centros de enseñanza.

Una familia de Baena denunció este mes a un centro porque pusieron en clase un vídeo contra la violencia de género, y Vox propone que los padres puedan vetar contenidos de clase contrarios a su moral. El llamado 'pin parental' es una medida extremista que ofrecería a los padres de Andalucía la posibilidad de veto y que está a pocos pasos de ser realidad. Sus promotores olvidan que la educación liberal sirve para que los niños aprendan cosas que sus familias ignoran; para igualar por abajo, proporcionando a los hijos de familias de muy distinto pelaje conocimientos y postulados morales universales.

Los fanáticos tienden a creer que están solos en el mundo, pero es evidente que este mecanismo daría también a una familia de integristas musulmanes la potestad de vetar la lección que explica quién era Voltaire y cuáles eran sus opiniones sobre el fanatismo. Aunque es posible que, en esto, Vox y los integristas islámicos estuvieran de acuerdo. Ya se sabe que los extremos se tocan.

Lo que hay tras esa propuesta es una desconfianza enfermiza hacia las instituciones y los vecinos, y una concepción del estudiante como cliente de una empresa y no como un ciudadano en formación. Quienes defienden estas cosas se justifican por cuatro talleres ideologizados y actividades extrañas y discutibles que generalmente han visto en la prensa, como sacar a los niños al recreo diez minutos más tarde que a las niñas para que estos entiendan qué es la desigualdad de oportunidades.

Pese a lo discutible de algunas actividades, dar a los padres el derecho a veto sobre aspectos de la educación de los niños no es libertad, sino lo contrario. La libertad de los niños se construye con puntos de vista y enseñanzas distintas a las de sus familias, tanto si tus padres son católicos integristas como si son una pareja de memos que responden a quien pregunta por tu sexo que eres un niñe, porque les da miedo que asignarte un género sea una forma de opresión. La escuela sirve para convertir zotes en personas con conocimiento en la cabeza y también para proporcionar nuevos horizontes a hijos de familias mediocres. Los profesores, desbordados por la burocracia y mareados, lo hacen lo mejor que pueden.

Pese a lo discutible de algunas actividades, dar a los padres el derecho a veto sobre aspectos de la educación del niño no es libertad, sino lo contrario

En los Estados Unidos, país con una concepción mucho más servicial de la educación, ya hay casos reportados de familias que vetan contenidos sobre la evolución por considerarlos atentados contra su fe, y de otras que vetan contenidos sobre los sexos biológicos por considerarlos cargadas de transfobia. Por cierto, que en aquel país también hay instaurado un sistema judicial y carcelario con penas durísimas por cualquier delito y condenas que se cumplen siempre íntegras, sin que esto haya repercutido en mayor seguridad. Ya quisieran los estadounidenses vivir en calles tan seguras como los españoles. Hay datos de sobra, para quien los quiera.

Sin embargo, hemos emprendido el camino de la neurosis y la desconfianza, y cada vez más personas reclaman y celebran los castigos ejemplarizantes, el populismo punitivo y los recortes preventivos de libertades con la excusa de controlar peligros frecuentemente exagerados o inventados. El hecho de que una versión distorsionada de la paradoja de la tolerancia de Karl Popper se haya popularizado tanto en las redes sociales durante 2019 es un botón de muestra del cambio de temperamento de la sociedad, que encuentra pretextos para su intransigencia en memes e hilos de tuits. Si Popper levantara la cabeza, sin duda la emprendería a golpes con su libro 'La sociedad abierta y sus enemigos' en la cabeza de quienes deforman su pensamiento para perseguir, incluso con violencia, a quien no gusta.

Dejamos atrás un año pródigo en escraches, boicots y exigencias de control y cancelación. Más divididos que nunca, y por más partes que antes

En fin. Dejamos atrás un año pródigo en escraches, boicots y exigencias de control y cancelación. Más divididos que nunca, y por más partes, parece que en lo único que une a los enemigos es el dogma de la hiperseguridad. Hay que atarnos en corto y vigilarnos de cerca. Las tribus se encierran más y más dentro de sí mismas, y quieren imponer al resto sus tabúes.

Pues así está la cosa. Si los libertinos de izquierda y derecha no empiezan a levantar la voz contra los puritanos de cada bando con la contundencia necesaria, en 2020 habremos recorrido un trecho muy difícil de desandar. Queda escrito aquí y espero que mi predicción no se cumpla.

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