Lo de Quintero y lo de Évole

Esta semana, yo me preguntaba qué dirían las hienas de Twitter si ahora un gran comunicador le regalarse 10 minutos de preguntas y silencios cómplices a violadores y asesinos

Foto: Encuentro entre Jordi Évole y Jesús Quintero. (Captura de Atresmedia)
Encuentro entre Jordi Évole y Jesús Quintero. (Captura de Atresmedia)

Por fin despierta el movimiento de justicia poética alrededor de Jesús Quintero, y ya era hora. La cineasta Mercedes Moncada hizo un documental excepcional —“Mi querida España”— usando sus entrevistas para contar la historia reciente de nuestro país; Javier Gallego tuvo con él en Carne Cruda una de las conversaciones radiofónicas más bonitas que he escuchado desde las que organizaba Quintero; y últimamente dos jóvenes discípulos, Jesús F. Úbeda y Daniel Ramírez García-Mina, lo han convencido para dejarse entrevistar. Jordi Évole inspira en su particular psicología de la entrevista su nuevo programa, una joya rara en televisión a la que solo le falla el título, que sospecho que no es idea del catalán.

Estos movimientos alrededor de Quintero vienen de gente distinta que apunta en la misma dirección. Gente sensible, cada uno a su manera, que entiende que la obra de Quintero es en estos tiempos de velocidad, vértigo y podredumbre, de juicios sumarísimos y pornografía de la intimidad, el plano arquitectónico del refugio en el que muchos melancólicos querríamos quedarnos a vivir. Mi melancolía es tan pronunciada que llevo tres años rumiando este artículo sin escribirlo. Tres años ha estado Évole intentando entrevistar al loco, los mismos empleó que Jesús Úbeda, y yo quería escribir un obituario para Quintero que Quintero pudiera leer. Los genios merecen saber lo bueno que se dice de ellos antes de que sea tarde.

Decidí escribir esto, pero no me salía nada potable, cuando Quintero tuvo su riña con Carlos Alsina en el Rectorado de la Universidad de Málaga. Fue en unas jornadas de periodismo que monta la Fundación Manuel Alcántara. Alsina es el mejor entrevistador de políticos que tenemos hoy: un cuchillo periodístico armado de sorna e inteligencia y desprovisto de compasión, pero sus virtudes en aquel episodio me parecieron defectos: cuando Quintero empezó a montar bulla y le atacó, Alsina respondió al ataque y pensé que debió ser más compasivo con otro genio que le miraba desde abajo, después de caer.

Los años anteriores a este careo desabrido habían sido malos para el loco de la colina: leí con espanto crónicas amarillas sobre sus fracasos económicos, que se regodeaban en el desprecio, el mayor pecado español si hacemos caso a Fernán Gómez. Quintero no merecía eso, sino que una emisora de radio le ofreciera volando un espacio para hacer un programa como le dé la gana. Pero en una época histérica como la nuestra, donde todo el mundo está siempre con las uñas afiladas para despellejar a quien cometa el más mínimo desliz, la compasión admirativa de Quintero por lo mejor y lo peor de la sociedad sería quizás malinterpretada.

Jordi Évole, durante la primera entrega de 'Lo de Évole'. (Captura de Atresmedia)
Jordi Évole, durante la primera entrega de 'Lo de Évole'. (Captura de Atresmedia)

Creo que esa misma compasión admirativa es la que Évole quiere mostrar en su programa. Será un bálsamo que provocará indigestiones en las mentes polarizadas del presente. En su primera entrega nos ha dejado ver muy poco, apenas el ritmo pausado, pero unas pinceladas de su encuentro con Oriol Junqueras demuestran que quiere ofrecer calma en un tiempo sin piedad. Revisando las viejas entrevistas de Quintero en “Cuerda de presos” esta semana, yo me preguntaba qué dirían las hienas de Twitter si ahora un gran comunicador le regalarse diez minutos de preguntas y silencios cómplices a violadores y asesinos.

¿Cuánto le durará el programa cuando hasta el temible Ministerio de Interior se asusta ante la idea de abrir la puerta de la cárcel a la televisión?

El público se ha vuelto tan cruel como los 'reallity show' que consume. Quiere expresar su repulsa por todo y hacerlo en cuanto se lo pongan delante. Trato de imaginar las reacciones si a Évole, el loco del barrio, se le ocurre poner ante la cámara a un violador, como hacía Quintero en los ochenta, no para someterlo a un interrogatorio policial sino para saber cómo se ve la vida desde ese lado. ¿Cuánto le durará el programa (si es valiente) cuando hasta el temible Ministerio de Interior se asusta ante la simple idea de abrir la puerta de la cárcel a la televisión?

Dice Jesús F. Úbeda que Quintero es un ornitorrinco porque pertenece a una edad geológica anterior, porque quedan pocos y se muere si lo sacas de su hábitat. En el mundo cruel y apresurado, ante el público envenenado por las verdades absolutas e hipnotizado por su propia opinión, el moralismo instantáneo supone la extinción de todos los ornitorrincos. Cuanta más falta hacen tipos como Quintero o como Évole, más rabia provocan.

¿Y por qué hacen falta? Por lo mismo que falta psicoanálisis y sobran pastillas para la depresión. Quintero ha sido el psicoanalista de España durante los años en que le han dejado usar la radio y la televisión. Las preguntas que le escribía Javier Salvago colocaban en el diván de Quintero algo que nos tocaba cerca a todos, por más que fuéramos diferentes o nos creyéramos a salvo. En sus archivos de vídeo y magnetofón, que espero que un día sean públicos y de acceso gratuito, hay mucho del espíritu común de la humanidad. Su concepto de la entrevista como un arte de llevar gentilmente a un hombre ante sí mismo hizo posible el milagro de una radio y una televisión que no parecen encontrar sitio.

Espero que Évole lo consiga y que la audiencia sea propicia.

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