Carta a la gente que no apaga el móvil en el teatro

Me vais a perdonar el radicalismo, pero hay cosas que no se pueden tolerar. Otros actores deberían tomar ejemplo de Herrera y al primer móvil, a la primera alarma, espectáculo cancelado

Foto: La actriz Lola Herrera, en el papel del Carmen Sotillo, durante el pase gráfico de 'Cinco horas con Mario' de Miguel Delibes. (EFE)
La actriz Lola Herrera, en el papel del Carmen Sotillo, durante el pase gráfico de 'Cinco horas con Mario' de Miguel Delibes. (EFE)

Os escribo a vosotros. Sabéis perfectamente quiénes sois:

La actriz Lola Herrera, una diosa que se mueve entre los mortales desde que la echaron del Olimpo, -allí provocaba envidia-, se bajó del escenario el otro día porque sonó un móvil en la platea: segunda caída divina. Pasó durante una representación en el Teatro de las Esquinas de Zaragoza de 'Cinco horas con Mario' que, tras el ring-ring abominable, se convirtió en 'Cinco horas con Mario y una gilipollas'. Ha comentado Herrera que el sonido era insistente y que la señora tuvo los ovarios de poner mala cara a los compañeros de butaca. Ojalá, como en aquellos números de Faemino y Cansado, hubiera un calabozo en el teatro.

Me vais a perdonar el radicalismo, pero hay cosas que no se pueden tolerar. Otros actores deberían tomar ejemplo de Herrera y al primer móvil, a la primera alarma, espectáculo cancelado. Y no digo a la primera tos porque hay gente que no puede evitarlo por problemas en los bronquios. Lo que no consiguen los mensajes pregrabados que escuchamos en cines, teatros, paritorios y salas de concierto sinfónico, pidiéndonos por favor algo muy elemental que debería salir de nosotros, quizás lo lograría la mala hostia de un artista.

"Es usted el responsable de que toda esta gente se quede sin saber cómo termina la obra. Adiós", diría yo tras identificar al infractor, y me largaría

“Es usted el responsable de que toda esta gente se quede sin saber cómo termina la obra. Adiós”, diría yo tras identificar al infractor, y me largaría. Suerte tenéis de que mis dotes actorales sean nulas, porque creo que el miedo a la humillación solventaría las carencias graves de vuestra socialización primaria. Recuerdo, por ejemplo, al cómico Goyo Jiménez: se burló de una señora que no solo dejó que el aparato sonara en las cavernas de su bolso sino que, cuando por fin pudo encontrarlo, ¡lo descolgó! Y pudimos oír cómo le decía a alguien que no la podía atender, porque estaba en un teatro. Goyo, que parece un forzudo de circo, se encargó de ella.

Hablemos con claridad: a todos nos puede pasar una vez que se nos olvide silenciar o apagar el móvil aunque nos pidan que lo hagamos. Quien esté libre de pecado que tire el primer politono: me sonó una alarma hace nada, viendo '1917', por fortuna en una escena con bombazos. ¿Merecía yo que me echasen? ¿Que el proyeccionista parase la película? ¿Que el resto del público me desmembrase? ¡No! Pero hubiera aceptado que lo hicieran y puesto la otra mejilla. ¡Iría encantado al gulag! Porque sé perfectamente que muchos de vosotros no apagáis el móvil, no por despiste, sino porque no os sale de las narices.

¿Qué es eso tan importante que esperáis que os digan? ¿Que habéis heredado cien millones de un antiguo rey africano que muere sin herencia? ¿Que Pedro Sánchez os ha nombrado vicepresidentes? ¿Qué? Tengo otra hipótesis: no esperáis que os digan nada. Sencillamente, os da igual estar en una sala llena de gente que necesita silencio para disfrutar. Os da igual la gente: sospecho que sois de los que, cuando os llaman, no dejáis al otro ni hablar.

El móvil tiene un cable invisible que se conecta a lo más ensimismado y egoísta del ser humano

Se ve en el metro y por la calle. El móvil tiene un cable invisible que se conecta a lo más ensimismado y egoísta del ser humano. Por ejemplo, es raro oír una conversación muy íntima entre dos personas que viajan juntas en el asiento de atrás, porque cuchichearían, pero colócalas a kilómetros de distancia, ponle a cada una un móvil en la oreja, y obtendrás un detallado informe de las parafilias y los sentimientos prohibidos. Siempre que oigo intimidades ajenas en un tren, o en la calle, me acuerdo de la ingenuidad de Telefónica cuando consideró que los usuarios de los teléfonos públicos necesitarían intimidad, e inventó la cabina.

La cabina la llevamos incorporada en cuanto nos suena el pito. Y tampoco hay necesidad de que suene. ¿Cuántas veces habré visto vuestras papaditas fofas y blanquecinas alumbradas por el resplandor fantasmagórico de los whatsapps en la oscuridad del cine? Que sepáis que os ponéis feísimos cuando chateáis en el cine. Los selfis se hacen levantando la cabeza porque el ángulo inverso es criminal para la estética, pero toda la pose se desbarata, como vuestra sonrisa falsa, en cuanto agacháis la cerviz para revisar si habéis salido bien.

Pero si no lo hacéis por estética, ni por educación, ni por miedo a que los artistas presenten batalla y hagan como Lola Herrera o Goyo Jiménez, hacedlo, al menos, por egoísmo: porque la vida es eso que pasa mientras suena tu puñetero teléfono.

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