Obituario

El tipo que le tenía miedo a Gistau

No quise hacerme su amigo porque no me atrevía ni me atrevo a escribir esto. Cuando coincidíamos en los saraos, yo miraba abajo como el explorador que se ha cruzado un gorila

Foto: David Gistau (captura vídeo Youtube)
David Gistau (captura vídeo Youtube)

Cuanto más corto lo escriba, menos va a doler. Ha muerto Gistau. El golpe se oye en todas las redacciones españolas donde todavía quedan buenos periodistas. Sabía que la cosa era grave, pero cada semana, desde que me lo contaron, he abierto su periódico a ver si aparecía su firma como un heraldo blanco de los que nunca visitaban a Vallejo.

No quise hacerme su amigo porque no me atrevía. Tampoco me atrevo a escribir esto. Cuando coincidíamos en los saraos de columnistas, o en alguna cena, yo miraba abajo como el explorador que se ha cruzado un gorila en el sendero. Trataba de no llamar su atención. Un día, en Madrid, rodeado de amigos, me dijo: "Te leí aquello que escribiste", y el resto de la frase silbó como la cuchilla de una guillotina.

La verdad es que no quería que Gistau me leyera. De ser consciente del riesgo de que me leyera, de haberme planteado esa posibilidad ante el teclado, mis columnas habrían sido balbuceos, como me pasó la primera vez que lo vi, en Málaga. Con otros de su generación han sido fáciles los abrazos y los aprecios, pero él me imponía demasiado.

Su descripción física: tres metros y medio de altura, cuatrocientos mil kilos de peso, la mirada como una Black&Deker, los dedos larguísimos y blancos como las piernas de una mujer en la treintena. Con eso, supongo, escribía sus columnas. Tenía la barba como si hubiera escapado del otro lado del muro. Cuando hacía sonar el cuerno de guerra, retumbaba.

Antonio Lucas me metió en un lío con él. Con su voz animosa, como de Soler Serrano, tuvo la mala leche de ponernos juntos en el festival Eñe. Quería que habláramos de periodismo literario y antes de responderle se me había secado la boca. Con Gistau al lado no podía soltar mis típicas ocurrencias. Hubiera sido impúdico, así que terminé haciéndole una entrevista.

Lo que se pierde hoy es más que un poeta que escribía prosa en los periódicos: se esfuma una opinión desacomplejada

Lo que se pierde hoy es más que un poeta que escribía prosa en los periódicos: se esfuma una opinión desacomplejada. No le tenía miedo a las turbas, ni a los anunciantes, ni a los jefes, ni a los lectores. No había venido para agradar a la despectiva ortodoxia del pensamiento dominante. El menosprecio de quien no entiende los dobles sentidos no le hacía mella. Lo que quería escribir, lo escribía.

Tampoco se pervertía en su propia opinión. El orgullo no le corrompía. Unas veces escribía a puñetazos, como Jack Johnson, y otras con caricias. Lo último que se le puede copiar a un maestro es el sentido del ritmo. He leído sus columnas sin que se me pegue el acento. Y por eso pienso ahora que no quise ser su amigo porque podía ser algo mejor: su lector. O porque soy una polilla prudente con la llama de la vela.

En fin. Se escribirán sobre él los versos más tristes esta noche, los artículos más hermosos de mañana, pero no habrá ningún consuelo, porque no habrá columna suya.

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