La crisis de 2008 fue susto, la de 2020 puede ser muerte

Cuando estalló la crisis de 2008 y el sistema económico colapsó en el mundo entero, nuestra situación de partida era incomparablemente mejor que la que vivimos hoy

Foto: Una calle del centro de Madrid casi desierta. (EFE)
Una calle del centro de Madrid casi desierta. (EFE)

Algo de lo que no se habla y es de una importancia capital: cuando estalló la crisis de 2008 y el sistema económico colapsó en el mundo entero, nuestra situación de partida era mejor que la de hoy. Es decir: la crisis cuyo primer compás ha sido la pandemia de coronavirus discurrirá por un camino mucho más tortuoso e incierto que la que se inició en 2008 con la quiebra de Lehman Brothers. Nuestra casilla de salida es incomparablemente peor. Si las crisis fueran partidas de Tetris, las primeras piezas de 2008 cayeron con lentitud mientras que las primeras piezas de 2020 se clavan a toda velocidad.

Aquí van algunos agravios comparativos. Las redes sociales, y con ellas los bulos y la violencia simbólica constante, apenas empezaban a desplegarse en 2008. Europa, Reino Unido y Estados Unidos estaban regidos por el turnismo político convencional. La clase política respetaba ciertos límites institucionales impuestos por el Estado liberal. Lo radical, violento y extravagante era minoritario en los parlamentos. Los medios de comunicación engañaban, como siempre, pero el contrapeso a estos engaños institucionalizados no era una 'bulocracia' digital dominada por intereses oscuros y destructivos.

La crisis de 2008 fue susto, la de 2020 puede ser muerte

La semana anterior al inicio de la epidemia en Wuhan, el mundo era mucho más incomprensible y caótico que la semana anterior a la quiebra de Lehman Brothers. La información que un ciudadano tenía que manejar entonces para hacerse una idea aproximada del funcionamiento del mundo era enorme, pero el bombardeo de datos falsos y ciertos era todavía limitado. Además, pese a que entonces, como hoy, había teorías de la conspiración y leyendas urbanas, la verdad emanada de las autoridades intelectuales y científicas seguía teniendo un halo de respetabilidad para la mayor parte de la población. Hoy no es así.

Más: económicamente, veníamos en 2007 de la opulencia, no de la mediocridad, como hoy. Lo que empezamos a perder desde 2008 degeneró en crisis políticas esperanzadoras primero y decadentes poco después. Hoy todavía nos tambaleamos en la resaca de aquella borrachera. Las alternativas que surgieron a la cleptocracia de los grandes partidos, desde UPyD y Podemos a Ciudadanos, se vieron rápidamente superadas por la decepción. Los nuevos partidos quebraron al poco de nacer debido, en parte, a sus propias estrategias de propaganda maximalista.

En 2007, vivíamos en la opulencia, y no en la mediocridad como hoy. Lo que empezamos a perder en 2008 degeneró en políticas decadentes

Esa propaganda maximalista no solo no se ha disuelto sino que sus exigencias insensatas y sus eslóganes mongoloides han arraigado en buena parte de la población. La campaña electoral permanente que se desató con la llegada de los nuevos partidos ha polarizado la sociedad y esclerotizado instituciones clave de la democracia. Esta vez tendremos, por tanto, respuestas políticas mucho más titubeantes e ineficaces ante lo que está por venir.

De loca a roca, y voto porque me toca

Llegamos a 2020 agotados, furiosos y desconfiados. Mientras la crisis de 2007 nos permitió soñar con cambios, reajustes, transparencia y reforma, la crisis de 2020 nos encuentra convertidos en sonámbulos. Nuestra sociedad ya estaba al borde del colapso político ayer. El Brexit, la victoria de nacionalpopulistas como Trump, Orbán y Bolsonaro, el ascenso de oportunistas de todo pelaje ideológico y la sugestión que lleva a millones de ciudadanos a culpar de todos los males a sus vecinos nos colocan en una posición catastrófica.

¿Adónde nos puede conducir la crisis que empieza hoy si entramos a la partida con cartas tan pésimas? ¿Qué nos espera si tantos pilares esenciales para la democracia estaban corroídos en enero de 2020, antes de la epidemia? Ya en los primeros compases de la crisis, hemos visto cosas que jamás hubiéramos creído: Hungría se ha convertido en la primera dictadura de la Unión Europea mientras ganan fuerza propuestas que proponen la destrucción de las estructuras del Estado liberal. ¿Dónde vamos?

Tenemos delante un túnel más oscuro que el de 2007 y penetramos con menos linternas que entonces. El PIB de Italia y España caerá en torno a un 12%, y lo que era una guerra comercial entre Estados Unidos y China ha cambiado su pelaje por otra cosa más siniestra. La democracia y los derechos individuales, interrumpidos por el confinamiento y los estados de alarma, parecen ineficaces para hacer frente a la epidemia. Y para colmo, las medidas de distanciamiento social repercutirán en que seamos todavía más desconfiados cuando el veto se haya levantado. No es lo mismo recibir un gancho en el mentón en el minuto siete del combate que en el minuto 20, tras una buena paliza.

¿Qué esperanza puede quedarnos? Solo que una parte importante de la ciudadanía cobre conciencia sobre el tipo de reto al que nos enfrentamos, sobre los fallos del sistema que nos han traído hasta aquí. La imaginación y la creatividad para construir países mejores en una globalización diferente, unidas a la prudencia, me parecen la única medicina contra lo que está por venir.

España is not Spain
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