De cayetanos y borjamaris a manolos y marilolis: la izquierda pierde la calle

Es un buen momento para recordar que, en España, ese azul que llaman fascista es con frecuencia la tintura del mono de trabajo de un albañil

Foto: Ilustración: El Herrero.
Ilustración: El Herrero.
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Si las manifestaciones contra el Gobierno se hubieran mantenido en su cayetana apariencia de los primeros compases, el regalo para la izquierda hubiera valido su peso en oro. Yo mismo participé de la mofa. Parecía que sí, que eran los borjamaris quienes marchaban solos a las barricadas, o sea, con Taburete y Hombres G cantando el 'Bella Ciao'.

Sí, lo parecía: señoras y doncellas se aventuraban más allá de los ajardinados límites del club Puerta de Hierro, “el cazo, ¿dónde lo guarda esta mujer?”. Y ese inolvidable patricio en el asiento trasero del descapotable diciéndole al chófer: “Ambrosio, a la manifa”. Desde el móvil, se hacía difícil distinguir la realidad de la invención.

Se podía fantasear, pero era evidente que la protesta no se mantendría pija y patriótica más allá de las primeras horas. Los espejos del callejón del gato son traicioneros. Primero resultó que no era un palo de golf lo que golpeaba la señal de tráfico sino una escoba, y se dio este momento tan quijotesco en el que se desbarataba la industria de los encantadores. No habían visto los ojos el artículo de lujo aporreando la señal sino los prejuicios, pero sorprendentemente hay quienes todavía se niegan a envainársela.

De cayetanos y borjamaris a manolos y marilolis: la izquierda pierde la calle

Pese a que pronto fue evidente que la protesta brotaba lo mismo en barrios pijos que en barrios humildes, pese a que las caceroladas se multiplicaban con estruendo en Aluche, Carabanchel, Vallecas o Tetuán, pese a que Javier Negre hacía presumir a los manifestantes ante la cámara de sus currículos precarios, “yo soy un parado”, “yo soy una cajera”, la izquierda cultural sigue todavía con el raca-raca de las manifestaciones borjamaris.

A la derecha nunca le ha costado esfuerzo levantarle el trofeo del apoyo de las clases populares a sus adversarios, y el nacionalpopulismo está demostrando ser todavía más hábil que el PP en su extracción de votantes de entre los más desfavorecidos de España. Pero es normal, si lo pensamos un poco, que muchos pobres se pongan contra la izquierda, puesto que la izquierda se ha pasado los últimos 15 años contra los pobres.

Es normal que muchos pobres se pongan contra la izquierda, puesto que se ha pasado los últimos 15 años contra ellos

Han machacado al pobre con que la música que le gusta es ordinaria, que sus películas de acción y sus pachangas de fútbol son brutalizantes, que sus modales callejeros son intolerables y que separan las piernas demasiado cuando vuelven en el metro reventados del trabajo. Mientras idolatraban a un pobre irreal, le repetían al verdadero que sus pequeños lujos son un atentado contra el planeta, que su vocabulario y su léxico agreden el gusto de los ángeles, que ellos son unos pollaviejas y ellas unas alienadas, etc.

En esta tradición de pintar al trabajador como no es sino como debería ser, ahora parece que los ideólogos están incluso dispuestos a sostener que el pobre es rico con tal de no moverse de la primera impresión de esta protesta. Por más claros que sean los indicios de que este conflicto no es de clase sino de banderas y aspiraciones, la caricatura sigue dibujándose. Hasta donde alcanza la vista, no veo más que avestruces con la cabeza metida en un hoyo del suelo.

Vecinos de la localidad madrileña de Alcorcón, este martes, en una nueva cacerolada. (EFE)
Vecinos de la localidad madrileña de Alcorcón, este martes, en una nueva cacerolada. (EFE)

Ya he señalado aquí que las semejanzas entre el movimiento contra el Gobierno y el 'procés' catalán son enormes. Debajo de una bandera, puede marchar la vaca junto al que la ordeña sin que a nadie se le pongan los pelos de punta. Lo que se cuece en España es un 'procés' destinado no a la independencia de una república imaginaria sino al restablecimiento imaginario de una democracia contra una dictadura que no existe. De la misma forma que el 'procés' catalán arrancó con los estragos de la crisis económica, el 'procés' español se está anticipando a la debacle que se aproxima a la velocidad de un camión desbocado.

En fin: estamos a viernes, y el Ministerio de Interior ya ha deslizado que se valdrá de la ley mordaza para perseguir a los instigadores de la protesta. La misma ley mordaza que iban a derogar, y con la que han cosechado más de medio millón de avisos de multa. Me parece una idea tan fabulosa como apagar un incendio poniendo delante el culo y soltando ventosidades.

Entretanto, ya se han visto las primeras hostias en la calle entre manifestantes azules y rojos. Para mí, es la constatación de que la izquierda ha perdido definitivamente el control de la situación. La rabia con que unos vecinos de Aluche gritan fascistas a otros vecinos de Aluche es un síntoma claro de desesperación. Es un buen momento para recordar a los opinadores certificados de la izquierda verdadera que, en España, ese azul que llaman fascista es con frecuencia la tintura del mono de trabajo de un albañil.

España is not Spain
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