Así te agradecemos tu trabajo en la pandemia, cajera

Si los supermercados no dan a sus trabajadores el plus por justicia, por dignidad, por respeto o por responsabilidad corporativa, deberían hacerlo solo por agradecimiento

Foto: Varios trabajadores protestan a las puertas de un supermercado de la cadena Lidl, en el centro de Valladolid. (EFE)
Varios trabajadores protestan a las puertas de un supermercado de la cadena Lidl, en el centro de Valladolid. (EFE)

Mientras escribo, 13.500 trabajadores de Lidl van a la huelga. Son cajeras de otra empresa las que más he tratado durante el confinamiento. Siempre las saludo con estas palabras: "¿Qué, os han subido ya el sueldo?". El súper es grande, pero ellas me conocen porque me niego a utilizar las cajas automáticas desde que las pusieron. A veces, prefiero esperar tres carros y las cabronas se chotean. Mi cajera, que tiene buen ojo para la psicología, me dijo que durante el confinamiento se ha dado la paradoja de que la gente usaba menos las máquinas, pese a ser más seguras. "Yo creo que es porque se sienten solos", sugería.

Hemos convertido mi pregunta sobre la subida del sueldo en la excusa para hacer chistes fatalistas. ¡Así somos los españoles! La barroca capacidad para satirizar nuestra pobreza nos salva el ánimo desde 1614. La primera vez que les pregunté si les subían el sueldo todavía no llevábamos mascarillas: pude ver cómo se les dibujaba una sonrisita en la cara: "¡Qué me van a subir!". No les entraba en la cabeza que la empresa tuviera la deferencia de compartir con ellas los beneficios que estaba obteniendo del cierre de restaurantes. ¡Así somos los españoles! Más comprensivos con el jefe que con uno mismo desde 1492.

Si no les dan el plus por justicia, por dignidad, por respeto o esa entelequia de la responsabilidad corporativa, deberían hacerlo por agradecimiento

En estas circunstancias —un sistema donde la competencia entre trabajadores y parados es digna de los tiburones de Wall Street—, las huelgas se han convertido en una cosa exótica que produce la curiosidad de los antropólogos. Ha sido la opción de los trabajadores del Lidl. El motivo parece enrevesado, pero en realidad es simple: la empresa no ha dado el mismo acuerdo al País Vasco que al resto de centros en España, en lo que los sindicatos han catalogado como una jugada trilera de 'divide y vencerás'. Acusan a la compañía alemana de incumplir su palabra y exigen que las horas extras de marzo se paguen a todo el mundo al 150%, en compensación por el estrés y la peligrosidad del trabajo.

Yo incluso lo expresaría de otra forma: si no les dan el plus por justicia, por dignidad, por respeto profesional o esa entelequia de la responsabilidad corporativa, deberían hacerlo por agradecimiento. Y no me refiero al agradecimiento que puedan sentir los directivos de una compañía que ha duplicado su facturación gracias al trabajo imparable de su plantilla, sino al de su clientela. Las cajeras, reponedores y demás currantes de supermercado se han jugado la salud por todos nosotros. Me pregunto si habrá algún cliente que no les dé las gracias.

¡Es una trampa!

Este capitalismo de ahora es famoso por su retórica de compromiso social, que se expresa en actos tan pintones como el tuit de Ana Patricia Botín condenando el racismo policial de los Estados Unidos, mientras su país ajusta al céntimo sueldos ya absurdamente abaratados. A los grandes empresarios se les da bien sumarse a cruzadas simbólicas, como el feminismo o la ecología, pero es raro verlos en la única lucha en la que verdaderamente pueden mejorar la vida de su sociedad: la dignidad de los empleos.

Es decir, abrazan una fofa filosofía basada en pronunciar discursos vacíos sobre un mundo mejor, pero el mundo siempre es eso que queda más allá de los límites de su plantilla. Dicen aspirar a vivir en un mundo más verde, menos machista y tolerancia cero con el racismo, pero si no quieres trabajar por lo que te pago ahí fuera tengo una cola de negros que da la vuelta a la manzana. Y como te pongas tonto, me llevo la fábrica a un país donde la gente sea más sensata y cobre lo que yo diga. Además, las máquinas no se quejan.

Foto: EFE.
Foto: EFE.

Sus anuncios no paran de darnos las gracias por nuestra confianza, pero mi confianza particular aumentaría si se me agradeciera un poco menos la compra y se le agradeciera un poco más el trabajo a su plantilla. La sombra de este desagradecimiento de puertas para adentro es alargada como la sombra del ciprés de Silos. En Lleida, un futbolista ha tenido que pagar el hotel a los temporeros que hacen trabajos indignos para el español que no quiere inmigrantes. 'El Salto' publicaba este jueves el sueldo de uno: 25 euros por 12 horas de deslomamiento.

En fin. Pienso que caímos en una trampa. En la pelea de tener más puestos de trabajo para bajar el paro nos dejamos la dignidad de los empleos conseguidos. Hoy casi me parece un mundo de ciencia ficción aquel en el que me crie, donde solamente con el sueldo de un profesor vivíamos una familia de cuatro y se pagaba el piso.

A los grandes empresarios se les da bien sumarse a luchas simbólicas como el feminismo o la ecología, pero es raro verlos en la cruzada por el empleo

Ahora, estamos en una paradoja futurista: si desde el Estado se obliga a las empresas a mejorar las condiciones laborales con una reforma, las empresas te pueden sacar perfectamente la carta de que no van a poder asumir el coste y aumentará el paro. Es decir, si se lucha contra el paro, empeoran los salarios y las condiciones; pero si se lucha por los salarios, vuelves a cargarte el empleo y regresas a la casilla de salida.

Que me corrijan los panglosianos economistas del 'vivimos en el mejor de los mundos posibles' si me equivoco y que ofrezcan soluciones. Entretanto, los trabajadores de Lidl van a intentarlo por el viejo método de siempre. Y espero que les funcione.

España is not Spain
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