La culpa del rebrote es mía y solo mía

Esta obsesión nuestra va a ser, me temo, un grandioso problema para los honestos que tratan de averiguar qué estamos haciendo tan mal

Foto: Desinfección en Ávila para evitar contagios. (EFE)
Desinfección en Ávila para evitar contagios. (EFE)
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La palabra 'culpa', que nada tiene de científico sino que repta desde la tribu y la religión, se repite sin parar en las redes sociales y las tertulias españolas en relación con el rebrote de coronavirus. Es culpa de Pedro Sánchez, que es un inútil y además se fue de vacaciones; es culpa de Ayuso, que odia a los pobres y no le importa Usera; es culpa de Fernando Simón, que se ha prostituido como científico haciendo de portavoz partidista del Gobierno.

O bien, es culpa de los jóvenes, que no sienten ningún respeto ni amor por sus mayores; o de los mayores, que cargan el muerto a los jóvenes pero son los más irresponsables; o de los fumadores, que expelen por todas partes la carga vírica con sus chimeneas portátiles; o de la hostelería, que no ha refrenado su cálculo económico y ha puesto en peligro a todo el mundo; o de los guiris borrachos, a los que hemos permitido hacer el cabra demasiado tiempo como los lacayos permiten a sus señores cualquier abuso.

O es culpa de la prensa, que no ha hecho más que mentir y manipular desde el primer día; de los inmigrantes, que vienen en pateras como una enfermedad infecciosa social que corromperá nuestro cuerpo patriótico; de los conspiranoicos, que se niegan a usar mascarillas y encima se enorgullecen de ello; de las farmacéuticas, de los masones, de Bill Gates, de Miguel Bosé, del satanismo, de las antenas 5G, etcétera.

Si uno abre el foco, es culpa de todo el mundo. En todas partes hay gente que sabe quién tiene la culpa y lo señala. Podría parecer que hay culpas más razonables que otras, pero lo pongo en duda. Porque en una catástrofe compleja podremos hablar de responsabilidad, de torpeza e incompetencia, pero ¿de culpa? La culpa provoca plagas por el juicio de Dios. Castigos en forma de reprimenda por nuestros pecados. La culpa es anticientífica, oscura, sentimental.

Y nosotros estamos sumergidos muy profundamente en el lodo irracional. El rebrote español es tan terrible que provoca perplejidad, inquietud y furia. Los movimientos negacionistas me parecen una respuesta lógica a un pavor cerval y primitivo que se activa cuando fallan todas las defensas. Está por ver si otros países se ponen a nuestra altura cuando abran los colegios, pero es indudable que nuestro verano ha sido insólito, hasta el punto de obligar a Simón a cambiar el disco y admitir que las cosas “no están bien”.

En una catástrofe tan compleja como esta, podremos hablar de responsabilidad, de torpeza e incompetencia, pero ¿de culpa?

"El caso es que, digan lo que digan los del dedo acusador", los que creen tener respuestas para todo, los que han recibido un mensaje no se sabe de dónde que les indica a quién hay que despellejar en el altar, aquí nadie sabe lo que ha fallado. Ni tenemos en España el monopolio de los políticos ineptos, ni hemos sido más incivilizados que otros países. ¿Afectan nuestra idiosincrasia, nuestra cultura, nuestro apego a la familia? ¿Afectan el buen tiempo, el aire acondicionado, las terrazas? ¿Afecta todo esto y al mismo tiempo nada es concluyente?

Nadie lo sabe con certeza. Pero la obsesión de la sociedad con la culpa va a ser un gran obstáculo para averiguar los factores determinantes. Ávidos de encontrar culpables, de resumir el caso en una frase, de colgar en una sola soga al demonio y "líbranos Señor del mal", los responsables políticos están más preocupados por alejar la culpa lejos de sí, y todos se señalan unos a otros en un juego que no hace más que boicotear la verdad.

¿Afectan nuestra idiosincrasia, nuestra cultura, nuestro apego a la familia?

Esta obsesión nuestra con la culpa va a ser, me temo, un grandioso problema para los honestos que tratan de averiguar qué estamos haciendo tan mal. Nadie querrá asumir pequeñas responsabilidades mientras la culpa siga en el centro, mientras las consecuencias de admitir un error o una montaña de errores sean la quema pública y el ataque inmisericorde de los enemigos. Si el ambiente social no cambia, nadie se atreverá a dar un paso adelante y decir: “Miren, esto es todo lo que nosotros hemos hecho mal”. Quien cometa errores los ocultará.

En un pasaje de 'Desgracia', la novela de Coetzee, el protagonista explica: “Eso del chivo expiatorio funcionaba mientras hubiera un poder religioso que lo avalase. Se cargaban todos los pecados de la ciudad a lomos del chivo, se lo expulsaba de la ciudad y la ciudad quedaba limpia de pecado. Si funcionaba, es porque todos los implicados sabían interpretar el ritual, incluidos los dioses. Luego resultó que murieron los dioses y de golpe y porrazo fue preciso limpiar la ciudad sin ayuda divina. En vez de ese simbolismo fueron necesarios otros actos, actos de verdad. Así nació el censor en el sentido romano del término. La vigilancia pasó a ser la clave, la vigilancia de todos sobre todos. El perdón fue reemplazado por la purga”.

Bien: eso es exactamente lo que nos está pasando. Activamos purgas, buscamos brujas y señalamos al pecador, pero somos incapaces de pensar y no llegamos a ninguna parte. Cuánto mejor nos iría si pudiéramos agarrar un chivo, colgarle el sambenito y expulsarlo ritualmente de la ciudad. Tal vez así empezaríamos a hacer las preguntas pertinentes. No sería más que un comienzo, y sin embargo estaríamos mucho más cerca de la verdad.

Me ofrezco voluntario para ser el chivo: la culpa es mía, yo he hecho todo lo posible por que crezcan los contagios, he maquinado con los poderes ocultos y me voy de la ciudad. ¿Podéis empezar ya a pensar?

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