¿Y si Trump no está enfermo? Las elecciones del pensamiento mágico

¿Trump contagiado, justo ahora? Ja. Cuéntame otra. Pero aclaro desde ya que mi impresión es una locura

Foto: Donald Trump, en audioconferencia con el vicepresidente Mike Pence desde el hospital donde se encuentra desde el viernes. (Reuters)
Donald Trump, en audioconferencia con el vicepresidente Mike Pence desde el hospital donde se encuentra desde el viernes. (Reuters)

La primera palabra que me vino a la cabeza cuando dieron la noticia de que Trump estaba enfermo de coronavirus fue un barbarismo que denota incredulidad y cinismo: 'bullshit'. Caca de la vaca, en 'sermo vulgaris'. No me lo creí. ¿Trump contagiado, justo ahora? Ja. Cuéntame otra. Pensé que tenía que ser una estrategia de trilero, un farol, una artimaña para revertir el augurio de las encuestas y darle la vuelta a la tortilla con narrativa de superación y victoria, un truco típico del mundo del espectáculo.

Me di cuenta de que ya no veo a un presidente, sino a un malo de cómic o de las películas de James Bond. Acaricia la mesa con la punta de los dedos y en el momento en que todo parece perdido para él pulsa un botón secreto y una trampilla se abre bajo los pies de los enemigos. Anoche apareció en un vídeo con buen color de cara. Dijo que va a haber grandes sorpresas. Con más de 70 años y un sobrepeso típico de aquellas latitudes, proyectaba una imagen invulnerable de Superman, o de Fénix renacido.

Aclaro desde ya que mi impresión es una locura. Por supuesto que está contagiado, mucha gente en su equipo lo está también. Pero creo que mi primera incredulidad, que comparten muchos amigos, es algo interesante sobre lo que escribir.

La incredulidad puede conducirnos a la paranoia si la seguimos ciegamente, o a un análisis interesante si la estudiamos críticamente. ¿Por qué no me lo creí? ¿Cuáles son los mecanismos de mi reacción? Veámoslo: hay una puerta, basta empujarla con la mano.

Hay dos fuentes para la incredulidad: el escepticismo y la paranoia. Se parecen mucho, pero son el día y la noche. El escepticismo es una desconfianza hacia lo irracional y una búsqueda apasionada de las pruebas que conducen a la verdad; la paranoia funciona de la misma forma, pero no acepta ninguna prueba de su propio error. El paranoico es un escéptico que no ha conseguido ser escéptico consigo mismo, con sus propias intuiciones.

Puede usar el método científico para cualquier cosa que no sea derribar sus mitos.

"Trump ha sido gasolina para los paranoicos. No ha tenido el más mínimo respeto por la verdad. Ha mentido sobre el virus y sobre los tratamientos"

El ejemplo más clamoroso son los terraplanistas: están dispuestos a realizar toda clase de experimentos empíricos para demostrar que el planeta es un disco, como en las novelas de Terry Pratchett, pero ninguna de las pruebas que cosechan de que es realmente un globo les satisface. Lo mismo que les pasa a los antivacunas o los negacionistas del cambio climático: se agarran a la minoría de estudios preliminares que arrojan dudas y desprecian cínicamente el 99% restante, el consenso.

Bien: pensar en la situación de los Estados Unidos es un desafío al escepticismo y una invitación a la paranoia. Corre uno el riesgo del contagio. El pensamiento mágico ha alcanzado allí un peso crítico y se ha convertido en un problema nacional, de manera que antes de penetrar en aquellos derroteros es preciso ponerse una vacuna y tener mucho cuidado con los síntomas. Es fácil quedar engatusado por cualquiera de las visiones irracionales del mundo que allí se están disputando la hegemonía, la autoridad moral.

Por una parte, el presidente estadounidense ha sido gasolina para los paranoicos. No ha tenido el más mínimo respeto por la verdad. Ha mentido sobre el virus, sobre los tratamientos y ha sembrado la duda incluso sobre los futuros resultados de las elecciones. A la sombra de sus 'bullshits' ha surgido una de las teorías de la conspiración más locas de los últimos años, QAnon, cuyos creyentes interpretan mensajes cifrados en foros de internet y creen que el presidente les está hablando en código. Una secta paranoica alrededor de un mesías secular, que diría Steiner.

QAnon asusta a la izquierda estadounidense. La ven como una enfermedad social, sin darse cuenta de que solo es un síntoma, y de que ellos también lo están manifestando. Mientras los creyentes de QAnon interpretan que si Trump dice en un mitin el número 17 les está dando apoyo (la 'q' es la letra número 17 del alfabeto), leo en 'The Atlantic' que los activistas de izquierdas logran despedir a un profesor porque dijo en clase la palabra china 'ni-gé', que se parece a la palabra americana 'nigger': un tabú tan poderoso que ha contagiado incluso las palabras que fonéticamente se le acercan.

Fijaos bien, porque los dos hechos están muy relacionados. En Estados Unidos, ciertas palabras ya no son mensajes unívocos, sino más bien conjuros mágicos que activan fuerzas oscuras e incontrolables. Pueden hacerte creer que el mesías está dirigiéndose personalmente a ti sin que nadie más se entere, o que un profesor está agrediéndote por pronunciar un sonido chino que recuerda la palabra que no debe ser escrita, ni siquiera para citarla. Son dos manifestaciones de la irracionalidad y del narcisismo de las tribus.

Como nos recuerda Kwame Anthony Appiah, toda sociedad se sostiene sobre mitos comunes, es decir, sobre mentiras que nos unen a fuerza de considerarlas verdades asumidas. Así funcionan los mitos nacionales, las religiones y las ideologías. Versiones que solo funcionan como aglutinante si todo el mundo decide creérselas, o más bien si la mayoría no se plantea discutirlas. Pero el proceso en Estados Unidos es, desde hace años, la destrucción de esos mitos.

Ahora solo tienen mentiras que les dividen. Múltiples facciones de paranoicos lanzan su enmienda a la totalidad de la democracia estadounidense. Unos dicen que no creerán en el resultado electoral si su mesías pierde, y otros derriban estatuas de George Washington y lanzan un diagnóstico lunático en el que la convivencia es imposible porque todo ha sido una gran estafa para los negros, los gais y las mujeres. Este será el legado de Trump y también el de los demócratas: dos paranoias irreconciliables, la destrucción de los cimientos comunes de la sociedad.

¿Está Trump enfermo? Por supuesto que lo está. Pero no está tan enfermo como su país. El pensamiento mágico ha sustituido la discusión racional, y hay demasiados temas sembrados de minas en todas partes, demasiados puntos en los que quebrarse en tribus guerrilleras. Cualquiera que haya leído suficientes libros de historia sabe que allí tienen ya todos los elementos que hacen posible un enfrentamiento abierto.

Ignoro si ahora soy escéptico o paranoico, pero creo que en los próximos meses vamos a ver allí cosas alucinantes. Después de todo, en España tenemos el laboratorio de Cataluña para estudiar hasta qué punto puede el pensamiento mágico corroer los cimientos de una sociedad.

España is not Spain
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