"Ni España ni la Iglesia tienen que pedir perdón", dice el subcomandante Moisés

Mirando atrás con resentimiento, gritando a los tataranietos por lo que sus tatarabuelos hicieron, estamos corriendo hacia un precipicio que debería resultarnos de lo más familiar

Foto: Una estatua de Colón en Bolivia, con carteles que piden su retirada. (EFE)
Una estatua de Colón en Bolivia, con carteles que piden su retirada. (EFE)

Doce de octubre. Hoy parece que el buen izquierdista a este lado del charco tiene que poner cara circunspecta y escribir en Twitter algún sucedáneo de “nada que celebrar”. Pero la tensión de la memoria, ese caramelo envenenado, no siempre es del gusto de los que están al otro lado. En la distorsión polarizada del presente, los mitos se convierten en armas arrojadizas y todo el mundo acude a la historia para que le dé la razón. Triunfan las visiones raciales, las guerras eternas y los resquemores de postureo. Pero hay voces disidentes.

Mientras los políticos populistas abogan por la trampa de revisionismo con el fin de alejar los ojos de la gente de sus verdaderos problemas y enfrentarlos por deudas fantasmagóricas que nadie puede saldar, aparecen focos de disenso. Frente a la óptica autocomplaciente y resentida que estudia la historia no con el deseo de comprender la complejidad que nos ha traído hasta el día de hoy, sino buscando de motivos para alimentar el resentimiento, surgen opiniones que por sí solas ya desplazan los términos del debate.

La placa pintada de la estatua de Cristóbal Colón localizada en el centro de la ciudad de Miami. (EFE)
La placa pintada de la estatua de Cristóbal Colón localizada en el centro de la ciudad de Miami. (EFE)

Os entrego una novedad para las trifulcas estériles de este año a los pies de las estatuas de Colón. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, grupo nada sospechoso de ser de derechas, reprochó que se ande exigiendo a España que pida perdón por la conquista de América. Para los zapatistas (y para este que escribe) se utilizan de forma perversa las tensiones de la memoria para desviar la atención de los problemas del presente, que en México son extremos.

Bajo el mandato de Andrés Manuel López Obrador, que reclama a España que pida perdón por los crímenes de los conquistadores, son brutales los feminicidos, la violencia, los megaproyectos faraónicos y la desigualdad. ¿Es sincera, al menos, la preocupación de AMLO por la cultura local? No. Los recortes que su administración han emprendido contra la cultura mexicana, y en particular contra los fondos de apoyo a la cultura indígena, son enormes, tal como recogía Gabriel Zaid en un extenso artículo en 'Letras Libres'.

En estas circunstancias, el subcomandante Moisés anunció una gira europea del Ejército Zapatista de Liberación Nacional para abril de 2021. En su comunicado se lee: “Hablaremos al pueblo español. No para amenazar, reprochar, insultar o exigir. No para demandarle que nos pida perdón. No para servirles ni para servirnos. Iremos a decirle al pueblo de España dos cosas sencillas. Uno: que no nos conquistaron. Que seguimos en resistencia y rebeldía. Dos: que no tienen por qué pedir que les perdonemos nada. Ya basta de jugar con el pasado lejano para justificar, con demagogia e hipocresía, los crímenes actuales y en curso”.

Me pregunto si en la CUP se lo habrán leído o si hoy, cuando se publica este artículo, volverán a la vieja cantinela de darse golpes de pecho en Twitter para vampirizar la historia y sacarle del cuello algo de esa superioridad moral del que se arrastra por los suelos cuando las cámaras están grabando. La Conquista es un hecho histórico lejano y complejo. Suscitó matanzas y destrucción, pero construyó algo tan valioso como Hispanoamérica. Nuestro vínculo de sangre es un mismo idioma a los dos lados del Atlántico, y hay por tanto un territorio sobre el que reconstruir. El subcomandante Moisés lo entiende así:

“¿De qué nos va a pedir perdón la España? ¿De haber parido a Cervantes? ¿A José Espronceda? ¿A León Felipe? ¿A Federico García Lorca? ¿A Manuel Vázquez Montalbán? ¿A Miguel Hernández? ¿A Pedro Salinas? ¿A Antonio Machado? ¿A Lope de Vega? ¿A Bécquer? ¿A Almudena Grandes? ¿A Panchito Varona, Ana Belén, Sabina, Serrat, Ibáñez, Llach, Amparanoia, Miguel Ríos, Paco de Lucía, Víctor Manuel, Aute? ¿A Buñuel, Almodóvar y Agrado, Saura, Fernán Gómez, Fernando León, Bardem? ¿A Dalí, Miró, Goya, Picasso, el Greco y Velázquez? ¿A algo de lo mejor del pensamiento crítico mundial, con el sello de la “A” libertaria? ¿A la república? ¿Al exilio? ¿Al hermano maya Gonzalo Guerrero?”

También tiene espacio en su comunicado para los eclesiásticos: “¿De qué nos va a pedir perdón la Iglesia Católica? ¿Del paso de Bartolomé de las Casas? ¿De don Samuel Ruiz García? ¿De Arturo Lona? ¿De Sergio Méndez Arceo? ¿De la hermana Chapis? ¿De los pasos de los sacerdotes, hermanas religiosas y seglares que han caminado al lado de los originarios sin dirigirlos ni suplantarlos? ¿De quienes arriesgan su libertad y vida por defender los derechos humanos?”

El comunicado es una tenue luz en medio del oscurantismo irracional tan de moda. Subraya una actitud que ya ha empezado a proliferar discreta bajo la propaganda, el revisionismo histórico y los individualismos gregarios y ensimismados: que los grandes problemas de la humanidad se proyectan hacia el futuro y no hacia el pasado. Sin embargo, no parece que esta visión sea demasiado popular. En España, hemos penetrado en un nuevo 12 de octubre tras varias semanas odiosas en las que las rencillas históricas han alcanzado un nivel vomitivo y delirante a cuenta de la memoria histérica.

“¿De qué nos va a pedir perdón la España? ¿De haber parido a Cervantes? ¿A José Espronceda?"

El texto del subcomandante Moisés contiene una apasionada defensa de la vida, la naturaleza, las mujeres y los pobres, y denuncia a los enemigos de la Ilustración. “La muerte que plantan, cultivan y cosechan no es solo la física; también incluye la extinción de la universalidad propia de la humanidad —la inteligencia—, sus avances y logros. Renacen o son creadas nuevas corrientes esotéricas, laicas y no, disfrazadas de modas intelectuales o pseudociencias; y las artes y las ciencias pretenden ser subyugadas a militancias políticas”.

Siempre se ha dicho que los pueblos que olvidan su propia historia están condenados a repetirla, pero ahora podemos intuir algo más: también parecen condenados a ello los que la convierten en un motivo para no pensar en el presente ni en el futuro. Mirando atrás con resentimiento, gritando a los tataranietos por lo que sus tatarabuelos hicieron, estamos corriendo ciegamente hacia un precipicio que debería resultarnos de lo más familiar.

España is not Spain
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