Contra el espíritu mediocre de la Ley Celaá (y la Ley Wert)

La reforma educativa no hace más que seguir el camino hacia el vaciamiento cultural de las futuras generaciones ante la tecnoutopía. Una entrega de los niños al horno de su época

Foto: La ministra de Educación, Isabel Celaá. (EFE)
La ministra de Educación, Isabel Celaá. (EFE)

Competencias e incompetencias

La escuela ha de ser un lugar de resistencia, decía Diego S. Garrocho en un artículo estupendo, como lo ha dicho antes Gregorio Luri, y Andreu Navarra, y cualquiera que conserve los pies en el suelo: miles de maestros y profesores lo saben, lo dicen, lo repiten sin que nadie les escuche. Principalmente porque son los profesores quienes representan la resistencia de la escuela: contra la mediocridad de los sistemas educativos, contra la burocracia que les roba horas de sueño y de enseñanza, contra la masificación, contra los padres bestias, contra la tendencia natural de los niños y adolescentes a no saber, a vaguear, a despistarse.

Si le dieran a elegir, cualquier niño optaría por no estudiar nada, por faltar a clase, por quemar la escuela. Pero los profesores saben más que los alumnos. De entrada, saben que la escuela es el escudo de los niños para defenderlos de sí mismos y de todos los que intentarán engañarlos. Es triste que los profesores tengan que defender también a los alumnos del sistema educativo, que debería estar diseñado por la misma comunidad educativa que hace posible la enseñanza y no por iluminados, gurús, asesores y pedagogos de moda. Sin un sistema educativo estable, el trabajo de los profesores es más ingrato y el futuro de los niños más dudoso.

El niño llega pobre, sin nada, a la escuela. El sistema educativo se ha propuesto que salga con competencias pero sin conocimientos profundos. La carga de asignaturas es elevada y la ambición pasa por tocar todos los palos con ligereza para dar buenos ratios en el informe PISA, poco más. En consecuencia, se educa en competencias, pero tampoco salen competentes. Sabemos, porque lo dicen los profesores, que los niños abandonan hoy el colegio sin saber leer ni redactar, con enormes dificultades para el cálculo, la retención, el pensamiento analítico y la expresión oral. Eso sí, hacen unos vídeos cojonudos de Tik Tok, y ninguna generación ha sido tan hábil para el dibujo.

¿El motivo? Las competencias que adquieren los niños son las que la sociedad tecnológica brinda sin necesidad de abrir los colegios. En este sentido, la Ley Celaá no hace más que seguir el camino de la Ley Wert: hacia el vaciamiento cultural de las futuras generaciones ante el altar de la tecnoutopía. ¿Para qué desarrollar la memoria si ahora tienen tanta información al alcance de los pulgares en Google? ¿Para qué aprender a escribir si pueden dictar ante la cámara y subirlo a Youtube? ¿Para qué aprender a pensar cuando el mundo les exige ganar más likes que el adversario en un debate cabreante y superficial? Es lo que Andreu Navarra ha llamado “devaluación continua”. Una entrega de los niños al horno de su época.

La filosofía de fondo quiere evitar a toda costa que los alumnos se conviertan en personas cultas, porque los políticos de todos los partidos prefieren producir androides a seres pensantes. Esta es una cuestión de supervivencia del populismo: la mediocridad de la élite requiere ciudadanos mediocres. La fuerza de esta ola, de esta ideología, tiene una fuerza abrumadora: muchos han terminado seducidos por el canto de sirena populista, antielitista, que presupone que toda persona culta es sospechosa.

Memorizar no mata

En su artículo, Diego S. Garrocho proponía el ejercicio de comparar el grosor de cualquier libro de COU con el de un curso análogo de hoy. La diferencia de páginas y densidad entre uno y otro es evidente, y Garrocho señalaba que esta pérdida de grosor es la de la armadura que se entrega a los alumnos para la batalla de la vida adulta: un robo en toda regla que les deja vulnerables. Sobre todo a los que son pobres o no tienen unos padres cultos y curiosos que puedan suplir, con la televisión apagada y una buena biblioteca, las carencias sistémicas.

El ejercicio mental duro tiene muy mala prensa, lo cual tiene sentido si la escuela es solo eso, un potro de tortura donde se hincan codos como para una oposición, con alumnos que memorizan frases sin sentido, las vomitan en el examen y después de obtener la nota ya pueden olvidar. Es cierto que la escuela no debe volver a lo que fue en el pasado: la lista de los reyes Godos y los golpetazos de regla. Pero el pasado también es aprendizaje sedimentado, cultura, el resultado de mentes geniales produciendo durante siglos. Lo antiguo no es despreciable. Sin rendirse a la complacencia, hay mucho bueno que sacar de la forma antigua de hacer las cosas.

Soy el primero que considera que los planes de estudio de literatura, por ejemplo, no deberían ser cronológicos, porque hace falta mucha madurez para disfrutar del cancionero medieval o El buscón de Quevedo. Soy favorable a que se enseñe primero a leer a los niños con textos que ellos puedan disfrutar, que se les enganche en la escuela al placer de la lectura en lugar de obligarles a memorizar fragmentos de 'La Regenta'. La educación primaria debiera ser la forja de personas capaces de entender los textos y disfrutarlos, y la secundaria y el bachillerato un primer contacto con la grandeza de la cultura de la que ellos son parte.

La ministra de Educación, Isabel Celaá durante su intervención en la sesión de control al Gobierno. (EFE)
La ministra de Educación, Isabel Celaá durante su intervención en la sesión de control al Gobierno. (EFE)

Sin embargo, ahora, ni se divierten ni aprenden. Para disfrutar con “Guerra y paz” hace falta antes haber aprendido a gozar, pero también un entrenamiento duro, como pasa con los músicos que improvisan jazz al clarinete. No se puede apostar todo a la improvisación y el disfrute, a la elección del alumno, que no es libre si el alumno no sabe nada. Los sistemas educativos llevan décadas fracasando en su defensa del entusiasmo. En un intento de combatir el abandono y el fracaso escolar han terminado lanzando invitaciones que nadie acepta. El afán de convertir a los alumnos en cómplices de su educación ha fallado. Y sin embargo, las reformas educativas siguen en esa dirección.

El cuerpo se entrena con ejercicios desagradables de gimnasia y el cerebro joven e inmaduro requiere, también, cierto sufrimiento para desarrollarse. El aburrimiento, la memorización y la exigencia no deben ser la única vía, pero no olvidemos que fertilizan la mente. Nuestra época es una invitación constante al entretenimiento, al placer rápido, el olvido y la dispersión. Si la escuela es un lugar de resistencia ha de cultivar todos los valores que la sociedad desprecia: la memoria, la exigencia, el esfuerzo y la guía.

Mi impresión es que hay un tufo antielitista en los planes educativos totalmente desnortado, porque la escuela es la única puerta de acceso universal a esa élite intelectual que es la formación y la cultura. Mi profesor Pedro Fraile, en el primer día de clase, lo expresó con estas palabras: “ustedes entran aquí como lacayos y yo soy el monarca absoluto, pero gracias a lo que aprenderán durante este curso terminarán siendo aristócratas como yo, así que esfuércense en aprender y estén atentos”. Sólo los más burros, los más pagados de sí mismos, se cabrearon aquel día.

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