Gabriel Rufián y el terraplanismo ideológico

Decir que no a Ciudadanos por cuestiones de ideología mientras te acuestas con Convergència y elevas el PNV​ a los altares simplemente no cuela

Foto: Ilustración: Raúl Arias.
Ilustración: Raúl Arias.

Gabriel Rufián habla con la cadencia de los recitales poéticos que se celebran en librerías del barrio de Gràcia, escenario de su juventud, a las siete de la tarde. Rivaliza con Sofía Castañón, que fue poeta antes de convertirse en dóberman, en el arte de aplicar a su propaganda el tono de un 'open mic' de la asociación Brujas Poetisas Aullando a la Luna. Quiere sonar fresco, erótico, hipnótico; sonar a Marwan en los oídos de las adolescentes, pero los años y las incongruencias pesan como michelines de plomo. Por mucho que recite, Rufián y su partido arrastran un historial tirando a prosaico.

'Nota benne': no votaría en mi vida a Rufián, pero me parece un personaje de lo más simpático. Si el parlamentarismo está podrido, no ha sido por su culpa: él ha aprovechado el clima de degeneración para introducir en el Congreso esposas de policía y una impresora. Como pasó con los ratones tras la extinción de los dinosaurios, se han dado las condiciones materiales óptimas para su desarrollo. Mi simpatía por él no es política, sino disoluta: no me cuesta imaginarlo en un 'after' de Madrid, por ejemplo el Jazz Club, apurando los últimos gramos de la noche antes de irse de empalmada a la sesión de control a tramitar su resaca.

En una entrevista que le hizo a Albert Pla en su programa de YouTube, el artista le preguntó a bocajarro a Rufián quién se droga en el Congreso. El diputado dijo que no lo sabía y Pla intentó sacárselo de todas formas arrastrando la charla mucho más allá de donde permite la corrección política. A las generaciones futuras les recomiendo el estudio de las expresiones que desfilaron por la cara de Rufián mientras intentaba zafarse con la sonrisa de picardía del que murmura “no sigas preguntando ahora, que te lo cuento luego”.

Me parece un 'bon vivant', vaya. Si la política independentista no se hubiera puesto tan de moda en Cataluña, Gabriel Rufián seguiría hoy por los bares, escuchando a Los Planetas o Els Pets, y alargando el síndrome de Peter Pan como tantos otros miembros de la 'nueva política': ese grupo de cuarentones, en general de izquierdas, a los que el apasionamiento indignado del 15-M arrancó de las dulces pistas del Razzmatazz y el Nasti para entregarlos a las fauces del Congreso. De ahí que a mí, que los he conocido por las noches, antes de las corbatas, me flipe tanto que se pasen la vida haciendo de guardianes de las esencias de la izquierda.

Terraplanismo ideológico

En una democracia popular, que es como se llamaban las dictaduras de la Guerra Fría, tanto Rufián como yo hubiéramos ido al gulag sin pasar por comisaría. Yo por tener libros prohibidos y por mi forma de peinarme; él por el historial del partido en que milita, que los soviéticos hubieran tachado en menos de 15 minutos como complot contrarrevolucionario. De hecho, en catalán, para la correcta dicción de ERC, se recomienda pronunciar la primera palabra de las siglas haciendo el gesto de comillas con los dedos.

Pero nada, ni la realidad frena ese afán de apóstol de la 'hizquierda berdadera' de Gabriel Rufián. En el debate de los Presupuestos, lanzó la metáfora del “terraplanismo ideológico” para decir que es impensable que ERC pacte Presupuestos junto a Ciudadanos, pero la metáfora se le volvió en contra. De la misma forma que los terraplanistas creen que la tierra es plana porque no ven la curvatura en el horizonte, la ideología de ERC podría pasar por roja a simple vista. Pero un experimento ptolomeico simple revelará la verdad.

ERC ha gobernado el último lustro con la derecha ultranacionalista, cateta y neoliberal de Cataluña, con la casta altoburguesa que antes llamaban Convergència y que se niega a repartir los dividendos no solo entre las clases sociales, sino entre las comunidades autónomas. A medida que nos remontamos en las hemerotecas, hasta llegar a los tiempos de Pujol y el encubrimiento del escándalo de Banca Catalana, van saliendo cosas. Suficientes para que la coartada 'ideológica' de Rufián suene a poemita de Instagram.

Los pactos son imposibles entre partidos de izquierdas y derechas, como dice Rufián, pero todo pueden arreglarlo unos sentimientos nacionales

En 2014, cuando arreciaba la crisis anterior pero se empezaba a ver la luz al final de las gráficas, los de Oriol Junqueras votaron a favor de un recorte adicional de 60 millones que Artur Mas metió a la sanidad catalana y además salvaron al 'president' de acudir a la comisión Pujol. La tendencia de ERC ha sido, además, clara: permitir que las banderas engulleran las reivindicaciones de las clases populares catalanas, depauperadas por el 'crash', intentando idiotizar al personal con promesas de una Arcadia feliz que nunca llega.

ERC ha sido una parte fundamental en la revolución de las élites catalanas, de manera que el 'terraplanismo' es su seña de identidad. Los pactos son imposibles entre partidos de izquierdas y derechas, como dice Rufián, pero todo pueden arreglarlo unos sentimientos nacionales. Así que decir que no a Ciudadanos por cuestiones de ideología mientras te acuestas con Convergència y elevas el PNV a los altares simplemente no cuela. Como no cuela decir, al día siguiente de una farra, "te juro que dejo de salir".

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