Nos están invadiendo milicias (de mamarrachos)

Puedo entender que la gente de Vox sea insensible a las imágenes de la tragedia que azota Canarias, pero no acepto que traduzcan "catástrofe humanitaria" por "invasión"

Foto: Manifestación en coche promovida por Vox en Granada. (EFE)
Manifestación en coche promovida por Vox en Granada. (EFE)

El almirante en jefe de Estado Mayor de la Armada, Teodoro López Calderón, atizó un zasca que solo puede definirse como carga de artillería pesada contra la emanación trumpiana que soltó Vox en su cuenta de Twitter. Decían sobre la catástrofe migratoria que “más de 17.000 invasores (sic) ya han asaltado (sic) Canarias desde África y decenas de miles más lo harán si no se moviliza al Ejército”. Respondió el almirante López Calderón que, en el caso de que cualquiera de los barcos militares españoles encontrase pateras en el mar, lo que harían sería rescatar a sus ocupantes por imperativo moral y legal.

Inciso: seguramente este sea mi último artículo en El Confidencial antes de convertirme en padre. La paternidad me tiene un poco irascible con las licencias que la ultraderecha se permite con la humanidad, y también con la blanda ceguera hipócrita de la izquierda en un tema tan grave como la crisis migratoria. Es pura cuestión de potra que Alejandro, mi hijo, nazca en un sitio del que no salimos en patera, sino en un país al que llegan. Esta arbitrariedad, esta inmensa suerte de la que no es consciente mi hijo (y de la que me encargaré de informarle) es lo único que nos distingue a nosotros de los inmigrantes ilegales.

Yo puedo entender que la gente de Vox sea insensible a las imágenes de la tragedia que azota Canarias, pero no acepto que traduzcan "catástrofe humanitaria" por "invasión". Puedo entender que donde cualquiera ve gente más pobre que nosotros ellos vean un peligro, pero no que los acusen de ser milicias dispuestas a disolver las esencias de la cristiandad. También puedo entender que aprovechen el vacío que el buenismo políticamente correcto deja cuando se niega a enfrentar los problemas de la inmigración, pero no dejo de pensar que, con otra suerte de los dados, seríamos mi hijo y yo los que emprenderíamos el viaje.

Y en tal caso yo no tendría voz para defenderme de las calumnias que el Vox de turno vertiera sobre mí. De manera que me toca escribir estas palabritas antes de cerrar la persiana con la baja por paternidad.

1. Muera el anuncio de Benetton

Tendré que repetirlo: considerar a los de Vox unos cromañones con el tema migratorio no implica que comparta la ceguera de la izquierda blandurria. La actitud de dejar pasar a todo Dios y esperar que el Estado haga magia para que no terminen en guetos o en la indigencia demuestra una vagancia mental que roza la molicie. En determinados ambientes progres, envenenados de corrección política, es un tabú señalar los problemas intrínsecos a la inmigración ilegal. Los niegan y, como se sientan amenazados, se calzan un velo cual calamares echando un chorro de tinta y exhiben su inmensa virtud en Instagram.

Dejar pasar a todo Dios y esperar que el Estado haga magia para que no terminen en guetos demuestra una vagancia mental que roza la molicie

Ocurre así, por ejemplo, que tras los atentados de París y Austria, se pasa de puntillas sobre la evidencia de que una inmigración islámica mal absorbida, concentrada en guetos, termina siendo una comunidad regida por las ideas de sus propios integristas. Los valientes que rompen con esta cadena medieval se encuentran a menudo expulsados de su comunidad, solos, abandonados. Y son pocos, porque en condiciones de marginación, todo el mundo tiende a refugiarse con los suyos.

Pese a que muchos intelectuales de origen musulmán, y en particular mujeres, llevan años intentando despertar la izquierda europea de su letargo ideológico a bofetadas, la izquierda identitaria considera pecado que un moro deje de parecer moro, en una nauseabunda afinidad con lo que piensan los imanes salafistas. Nuestro enemigo común es el integrismo, pero asumirlo requiere abandonar el anuncio de Benetton, y hay que ver lo bonitos que quedan los muñequitos con velo en los carteles del Ayuntamiento de Barcelona.

En estas circunstancias, se quema el campo por el que podrían desfilar los musulmanes europeos para alejarse de sus dragones, se da la espalda a los que abandonan su comunidad o rompen con la mezquita, y a la mora que decida lucir melena y apostatar, de forma que despierte la izquierda identitaria de su siesta, le espera la acusación de islamofobia. Esto les pasó a Mimunt Hamido y a Nao, a las que entrevisté aquí y aquí. Y así no hay manera de construir una multiculturalidad homologable a los derechos humanos, oigan.

2. Competición de servidumbre

Eso, por la parte de la cultura. Pero está la parte del trabajo. Y aquí la izquierda vuelve a fallar. Nuestra sociedad ha terminado dando por bueno un axioma loco: que hay trabajos que son típicos de los inmigrantes. Puesto que buena parte de ellos llegan a Europa desde países pobres y se contentan con vivir un poco mejor que allí y mandar algo de dinero a casa, aparece un grave problema asociado a la migración y es la precarización de ciertos empleos. Con el paso de los años, este proceso se ha asentado y hemos acabado viendo como normal lo que no lo es.

La inmigración es, usando los términos del capitalismo globalizado, una forma de deslocalización sutil de los países. Dado que el campo no puede trasladarse a Bangladesh como se hace con las fábricas, es el inmigrante quien viene, quien 'disfruta' de puestos de trabajo inasumibles para los nativos, y termina convertido en herramienta de reducción de costes en suelo nacional. Es decir: el inmigrante termina deslocalizando la economía, solo que en dirección contraria a la fábrica que se marcha.

Me alucina que la izquierda no salte en pedazos al percibirlo. Aceptar que esto es normal implica haber digerido un derrotismo laboral absoluto

Dar por buena la anomalía de que existen trabajos 'para los de aquí' y trabajos 'para los de fuera', como si a un extraño fenómeno natural se debiera, es haber asumido que la nuestra es una sociedad de castas. Y de verdad: me alucina que la izquierda no salte en pedazos al percibirlo. Aceptar que esto es normal implica haber digerido un derrotismo laboral absoluto.

Esta extraña situación laboral lleva a un estado de confusión en el que, cuando un facha dice que los inmigrantes le roban el trabajo, la izquierda le recrimina que es él quien no quiere trabajar en el campo... ¡con las condiciones tercermundistas que suelen darse allí! Semejante respuesta solo es posible para quien se mantiene ajeno por completo a los problemas materiales, es decir, para quien dedica todo su activismo a encontrar racismo y xenofobia en las series de televisión. Pero Albert Camus formaba parte de una izquierda diferente, lúcida, materialista y humanística, y sabía que la semilla de la xenofobia está en la competición de la servidumbre. Subrayad desde aquí:

“El desempleo es el mal más temido. Ello explica que esos obreros que en la vida cotidiana eran siempre los más tolerantes de los hombres fuesen siempre xenófobos en cuestiones de trabajo, acusando sucesivamente a los italianos, los españoles, los judíos, los árabes y finalmente la tierra entera de robarles su empleo —actitud sin duda desconcertante para los intelectuales que escriben sobre la teoría del proletariado, y sin embargo muy humana y muy excusable—. Lo que esos nacionalistas inesperados disputaban a las otras nacionalidades no eran el dominio del mundo o los privilegios del dinero o el ocio, sino el privilegio de la servidumbre”. 'Parole' de Camus.

3. ¿Qué se les ofrece?

Llegados a este punto, aparece una pregunta. Esa pregunta es "¿qué se les ofrece?", y tiene dos direcciones opuestas. "¿Qué se les ofrece?" es lo que inquiere, desconfiado, el habitante de una casa a un grupo de desconocidos que llaman a su puerta en mitad de la noche. Esa es la inclinación que da a la pregunta la ultraderecha, que recela de forma tribal del que viene de los márgenes sin dejar claras sus intenciones. Pero la misma pregunta puede dirigirse a la gente que dice que tenemos que dejar que pasar a todo el mundo: ¿Qué se les ofrece? Es decir: ¿qué les estáis ofreciendo? ¿Trabajar como esclavos para que nuestra fruta sea competitiva? ¿Recoger chatarra? ¿Limpiar vuestros pisos?

La inmigración provoca de forma masiva dos reacciones igual de irracionales: el pavor tribal de la xenofobia y el deseo de limpiar la mala conciencia

A Europa llegan en patera refugiados huyendo de las masacres más abominables, gente que simplemente busca trabajo y suele viajar en avión, y unos pocos aventureros sin más voluntad que moverse por el mundo. Europa debe acoger a los primeros, pero es insensato que no se regule la inmigración que viene en busca de trabajo, o que se dé por bueno que hay trabajos tan miserables y mal pagados que solo son dignos de gente de fuera.

Mientras la ultraderecha trata de convertir a todas esas personas diferentes en una masa homogénea con una afilada punta de cuchillo en el extremo, mucha gente bienintencionada insiste en que es razonable abrir la puerta a quien no tienes nada que ofrecer salvo miseria. Así, la inmigración provoca de forma masiva dos reacciones igual de irracionales: a un lado, el pavor tribal de la xenofobia, y al otro, el deseo de limpiar la mala conciencia. Con esos sentimientos dominando el debate, estamos ante un problema sin solución.

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