Cataluña: del 'procés' al 'recés'

No es que el 'procés' se haya terminado: estamos en un 'recés'. Mientras Borràs se queda con el ruido estéril, en ERC no han renunciado a su arcadia, sino que han comprendido que el Estado hay que debilitarlo desde dentro

Foto: Ilustración: Raúl Arias.
Ilustración: Raúl Arias.

Lo que se disputa en Cataluña hoy es el mármol de dos palacios en ruinas: el del 'procés' y el de Ciudadanos. Son dos templos inmensos y codiciados por los bárbaros que han penetrado en Barcelona dispuestos al saqueo. Por el mármol de las ruinas del 'procés' pelearán a cuchillazos la ERC pragmática de hoy, los zombis políticos del viejo pujolismo convergente (Marta Pascal y Àngels Chacó) y esa curiosa hidra de dos cabezas, Borràs la puigdemoníaca y la CUP, que sigue con la matraca revolucionaria, una en el idioma de las 'tietas', los otros en el idioma de los sobrinitos de las 'tietas'.

Las ruinas de Ciudadanos, salvo lo que conserve este partido declinante, se las disputará un PP enriquecido con diputadas naranjas, un Vox con muchas papeletas de rentabilizar el voto españolista más levantisco y un PSC que, tal como van las cosas, podría convertirse en la peor pesadilla de Waterloo. Porque, como decía Nacho Cardero en un artículo reciente, existe una posibilidad de Gobierno híbrido. No es fácil, pero aun así es más probable que el advenimiento de una república catalana, y mirad si aquella quimera movió votos.

Los de ERC llevan hoy chaquetas de piel de cordero. Aferrados a la petición de indultos y a su inmenso poder de influencia sobre el Gobierno de España, recargan las pilas en la pose del pragmatismo. El mismo partido que la lio con las monedas de plata de Rufián ahora cuenta billetes en la negociación con el Estado. Para la Generalitat, venden 'gestión' en el cuerpo hueco de Aragonès, y esta es también la palabra clave de Illa, otro cuerpo hueco, por increíble que pueda parecer después de su desempeño al frente de Sanidad.

Gestión es una palabra con definiciones distintas en el diccionario de la RAE y en las elecciones. Los mismos políticos que demuestran su ineficacia al frente de una institución pueden venderse como gestores infalibles por el mero hecho de ser personas aburridas dispuestas al amansamiento de las aguas. Es decir: el mejor gestor de España sería (en lenguaje electoral) Ángel Gabilondo. Y esto es lo que se vende hoy para Cataluña desde las dos candidaturas templadas de Illa y Aragonès. Algo muy valioso por escaso: sangre de horchata.

Oriol Junqueras, en TV3, defendía la postura del acercamiento y en las calles de Barcelona empezó a oírse a gritos la palabra 'botifler'. La pregunta de oro es cuántos nacionalistas están hartos de gritar cosas por la calle. Esta es la piedra angular de las elecciones, por encima del coronavirus y todo lo demás. Es decir, cuántos electores negarán el voto al nuevo muñeco accionado por control remoto de Puigdemont (Laura Borràs), cuyo único mensaje es la cháchara del contestador automático de Waterloo.

De regreso a la amable caricatura de Berlanga, los de ERC han vendido ya un montón de porteros automáticos en la cacería de Madrid. Antes de las elecciones, han conseguido para Cataluña más cosas que Mas, Puigdemont y Torra juntos. El catalán está blindado por la ley Celaá, se discute cómo suavizar el delito de sedición y se habla de unos indultos que pondrían a la derecha española a trinar recogiendo firmas, como en tiempos del Estatut. Si los nacionalistas catalanes valoran lo material por encima de lo espectral, premiarán a ERC.

Lo cual es dudoso. Hace unos días, cerca de Sagrada Familia, había un tenderete del partido de Puigdemont, que irónicamente se llama Junts, con unas colas de 'tietas' bastante largas. Pese a que se ven muy pocas esteladas en los balcones y los lazos amarillos no están tan de moda como hace un año, Laura Borràs ha demostrado ser una experta en sacar tensión de los cadáveres. Tratará de crispar cuanto pueda, con ayuda de Vox, para que las banderas vuelvan a flamear por encima de los pactos y las vacunas.

En mi opinión, no es que el 'procés' se haya terminado: estamos en un 'recés'. Mientras Borràs se queda con el ruido estéril, en ERC no han renunciado a su arcadia, sino que han comprendido que el Estado hay que debilitarlo desde dentro. Hoy saben que el muro que les separa de su república es tan alto como el de la cárcel de Lledoners, pero también que liberar a los presos y colocar cargas explosivas en el delito de sedición haría algo menos traumática la próxima vuelta, “quan ho tornin a fer”.

Porque lo volverán a hacer. No sé cuándo, pero todo receso termina.

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