El Capitolio: un aviso para nosotros
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Juan Soto Ivars

España is not Spain

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El Capitolio: un aviso para nosotros

El asalto al Capitolio no hubiera sido posible sin que Trump sufriera el síndrome de Hitler en el búnker, pero hubiera podido ser un golpe de Estado real sin la fuerza de sus instituciones

placeholder Foto: La Guardia Nacional, en el exterior del Capitolio. (EFE)
La Guardia Nacional, en el exterior del Capitolio. (EFE)

Hordas de fanáticos trumpianos, seguidores de las teorías de la conspiración Qanon y 'rednecks' como recién escapados del salón del cómic asaltaron el Capitolio para impedir que la democracia estadounidense ponga fin al mandato del perdedor de las elecciones. La derrota de Trump no solo es cierta, sino que debido al sistema de electores (todo o nada en cada uno de los estados aunque sea por un voto de diferencia) es rotunda y apabullante. Al mismo tiempo, estas han sido las elecciones más reñidas, más traumáticas y fanatizadas de la historia de Estados Unidos. Para ambos grupos de votantes el resultado era gloria o muerte. Y este es el problema.

El asalto al Capitolio no hubiera sido posible sin que Trump se viera aquejado por el síndrome de Hitler en el búnker, pero hubiera podido ser un golpe de Estado real si las instituciones estadounidenses no tuvieran su fortaleza. Durante las últimas semanas Trump ha movido ejércitos imaginarios contra esas instituciones. Una tras otra han fracasado sus intentonas de subvertir el resultado tanto en los tribunales, que han desestimado todas sus locuras, como en los despachos, con la llamada filtrada al gobernador de Georgia como colofón.

Foto: La presidenta de la Cámara de Representantes de EEUU, Nancy Pelosi. (EFE)

Este es el mensaje: lo único que separa hoy Estados Unidos de una dictadura trumpiana es la fuerza y solidez de sus instituciones. El Capitolio puede asaltarse una tarde, pero al día siguiente se reanudarán las votaciones. Nada que los seguidores de Trump hagan puede cambiar esto. El Ejército está con la Constitución y los tribunales, buena parte de los republicanos también. Que Trump hubiera sido un dictador en un país con una democracia más débil es indiscutible. Pero el Presidente de los Estados Unidos está atado por la separación de poderes.

Digamos algo políticamente incorrecto ya que es la verdad: el asalto al Capitolio es la imagen especular de las algaradas de Black Lives Matter de 2020, con varias ciudades tomadas y la exigencia de los manifestantes de disolver las fuerzas del orden. ¿Quién, sino las fuerzas del orden, puede expulsar a los asaltantes del Capitolio en caso de que no quieran irse y salvar la democracia? Los movimientos tribales y populistas no comprenden que las instituciones (todas) deben ser reformadas, pero nunca destruidas. El Estado democrático es un mecanismo que necesita todas sus piezas para defenderse de los megalomaníacos sedientos de poder y de los movimientos populares revolucionarios, con su infame aspecto de horda.

Quienes defendemos las instituciones de la democracia y la separación de poderes ya sea en el asunto de Cataluña, en los de España o en la polémica del Consejo General del Poder Judicial, somos con frecuencia tildados de conservadores ajenos al sentir del pueblo. Cuando políticos sin escrúpulos tratan de atacar a los jueces, a la policía, al Ejército o a la prensa no faltan los fans del populista de turno que te acusen de minar las esperanzas y los sueños de las tribus oprimidas de las sociedad. Hay que repetir hoy, ante los hechos del Capitolio, el mismo mensaje de siempre: son las instituciones las que nos defienden de ESO.

Los que defendemos las instituciones democráticas y la separación de poderes somos con frecuencia tildados de conservadores ajenos al sentir popular

ESO puede tomar muchas formas y adornarse con discursos a medida. ESO puede gustar a la izquierda o a la derecha, a los amantes de una u otra bandera, a los conspiranoicos de cualquier teoría de la conspiración. ESO puede prometer la libertad o la seguridad, la paz o la batalla, la gloria o la destrucción. Pero ESO, sea lo que sea, jamás será otra cosa que la condensación de una minoría de individuos sedientos de poder. Lo vimos en Cataluña, lo vemos en el Congreso de los Diputados y se ha visto en Estados Unidos.

Nos enfrentamos a un peligro multiforme, agresivo e insaciable que solemos agrupar en el término populismo, pero que es más bien un narcisismo tribal. Tribus convencidas de que la sociedad las discrimina y las oprime quieren demoler un sistema imperfecto, necesitado de grandes reformas, pero el único que nos ha proporcionado algo parecido a paz, libertad, equidad y prosperidad durante más décadas de las que se habían visto jamás en la historia de la humanidad.

Hordas de fanáticos trumpianos, seguidores de las teorías de la conspiración Qanon y 'rednecks' como recién escapados del salón del cómic asaltaron el Capitolio para impedir que la democracia estadounidense ponga fin al mandato del perdedor de las elecciones. La derrota de Trump no solo es cierta, sino que debido al sistema de electores (todo o nada en cada uno de los estados aunque sea por un voto de diferencia) es rotunda y apabullante. Al mismo tiempo, estas han sido las elecciones más reñidas, más traumáticas y fanatizadas de la historia de Estados Unidos. Para ambos grupos de votantes el resultado era gloria o muerte. Y este es el problema.

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