Que la realidad no estropee este asesinato machista
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Juan Soto Ivars

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Que la realidad no estropee este asesinato machista

Se han contabilizado dos casos de violencia machista. Los dos parecen tener implicaciones sociales diferntes a las relaciones desiguales entre los sexos

Foto: Dramatización sobre la violencia de género. (EFE)
Dramatización sobre la violencia de género. (EFE)
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En enero (estamos a 27) se han contabilizado en la prensa dos asesinatos machistas. Sobre el primero, cometido por un octogenario contra su esposa en Vallecas, salió la ministra Montero a decir que teníamos al primer presunto asesino machista del año y que la lacra del patriarcado sigue vigente y que un abrazo a esa familia rota (a la que no preguntó), mientras la prensa titulaba que ya se había inaugurado el marcador macabro. Una de las nietas del matrimonio gritaba por las redes sociales que de crimen machista nada, pero ni caso.

Sobre el segundo, no salió a decir nada la ministra, quizá porque la cosa ya clamaba al cielo, pero sí Meritxell Budó, que tildó de “feminicidio” el asunto sin explicar un detalle clave: la muerte la había causado presuntamente un hijo contra su madre, de 94 años. Debido a la redacción de la ley y a la interpretación que hace el Consejo General del Poder Judicial a partir de ella, ambas muertes podrían achacarse al odio que algunos hombres sienten por las mujeres. Sin embargo, ¿podemos decir nosotros lo mismo con la mano en el corazón?

'El Español' publicó una crónica extensa del primer caso. Marcharon a hablar con los vecinos del matrimonio en Vallecas y aquello sonaba más bien como el desenlace de 'Amour', de Haneke, pero dirigido por Fernando León de Aranoa en un ambiente barrial y deprimido de España. Los vecinos hablan de dos ancianos tristes, pobres y desesperados hasta el límite de sus fuerzas, a los que la ambulancia tarda mucho en ir a visitar cuando la llaman. Ella, impedida, lleva dos años sin salir de casa. Había una canción de Los Suaves con esta historia.

Foto: Un agente de Policía Nacional. (iStock)

Vecinos del desgraciado matrimonio aseguran a los periodistas que la pareja se amaba y que no tenían ayuda, salvo de la gente del barrio y los hijos, que podían venir poco. Gente que asegura haber ido a visitarlos en los últimos días informa de que los viejos habían dicho que no querían seguir viviendo. Nadie puede ver a través de las paredes, y hay asesinos machistas que se hacen pasar con éxito por gente simpática y amantísima de su familia, pero aquí lo que dicen los vecinos (y la nieta) es que pactaron suicidarse juntos y que el marido, por falta de pericia, tras apuñalar a su mujer, falló al matarse a sí mismo.

Ahora está bajo custodia policial y se enfrenta al cargo de violencia de género, y también al estigma social de aparecer en la prensa como un asesino de mujeres. Desde las asociaciones feministas, la prensa y el ministerio, se habla en términos de presunto asesino, pero no de presunta víctima, así que lo que huele a tragedia, a pobreza y amor en vez de a machismo y odio, se trivializa y pasa por caja. Tendrá que ser la Justicia la que lo aclare, pero partimos de la base de que para la ley vigente no hay complejidad en la conducta humana, sino un lema.

El segundo caso es todavía más extraño. Si preguntáramos a los machistas más irredentos qué piensan de las mujeres, nos dirían que son todas unas putas menos su madre y su hermana. Pues bien: pasa que un hombre de 42 mata presuntamente a su madre de 94, pasa que las noticias hablan de posible trastorno mental, pero lo que nos cuentan es que ya tenemos dos asesinatos machistas. Es escalofriante leer estas noticias, porque parecen escritas por una máquina. El planteamiento cuenta un matricidio y la conclusión, además del titular, violencia de género.

Foto: Foto: EFE.

¿Puede que el caso de los ancianos sea violencia machista? Puede. ¿Podría haber matado ese hijo a su madre movido por su odio visceral contra el sexo femenino? Es posible. Pero lo que es innegable, lo que es seguro, es que ambos casos han sido ya catalogados y computados por la prensa y el feminismo institucional, y que el próximo cerdo que asesine a su esposa no será el primero del año, sino el tercero. Hay algo aberrante y odioso en este redondeo al alza.

Si estos dos casos no fueran asesinatos por violencia de género, como parece plausible, enero podría terminar siendo un mes sin ningún asesinato de este tipo (faltan tres días). Sería una buena noticia solo en parte, porque esto no significaría que no se hubieran cometido crímenes, abusos, violaciones y violencias contra las mujeres. En Málaga, por ejemplo, un desgraciado arrojó ácido a su exnovia y una amiga, ambas en estado muy grave. Sin embargo, en la avidez por sumar dígitos a la cifra del asesinato, hay algo muy sospechoso. Podría deberse a la inercia sistémica en que se le ponen palabras a la realidad antes de pararse a mirarla, o algo mucho peor: la necesidad propagandística de sumar casos, pase lo que pase.

No es la primera vez que se computa en la cifra lo que no pertenece a ella y se ponen pancartas y lazos, y se escriben los tuits y los artículos, donde no tocaba. El año pasado, ocurrió que los políticos y la prensa salieron a condenar en tropel un caso de violencia de género y después Fernando Grande-Marlaska tuvo que pedir perdón por haber llamado asesino a un hombre que intentó salvar a su mujer, que trataba de tirarse por la ventana y finalmente lo consiguió. Los medios y los políticos habían convertido a este viudo roto en asesino y terrorista de género ante la opinión pública.

Los dos casos reseñados en este artículo parecen tener implicaciones sociales diferentes a las relaciones desiguales entre los sexos

Los dos casos reseñados en este artículo parecen tener implicaciones sociales diferentes a las relaciones desiguales entre los sexos. Por mucho que el feminismo institucional insista en que todo hombre que mata a una mujer lo hace por una sola causa, es falso. A simple vista, las dos historias reseñadas me hacen pensar antes en la soledad, el aislamiento, la pobreza y la enfermedad que en el heteropatriarcado opresor de los carteles del 8 de marzo. Si los servidores públicos se interesaran más por la complejidad de la vida humana y menos por la propaganda, quizás estaríamos hablando de crímenes hijos de la desesperación, la escasez o quién sabe qué otros ámbitos necesitados de dinero y políticas activas del Gobierno. Ya digo: es un suponer. Como es un suponer achacarlos a la violencia machista, y esto lo hacen sin despeinarse.

En fin. Durante 2020, hubo 43 casos mortales de violencia de género y se denunciaron miles de violaciones y maltratos físicos y psicológicos. El marcador se mueve por sí solo, sin ayuda, de modo que forzarlo para vender un relato y obtener beneficios políticos no solo causa dolor entre los implicados e indeterminación, sino también el descrédito de la lucha feminista. Ellos sabrán.

En enero (estamos a 27) se han contabilizado en la prensa dos asesinatos machistas. Sobre el primero, cometido por un octogenario contra su esposa en Vallecas, salió la ministra Montero a decir que teníamos al primer presunto asesino machista del año y que la lacra del patriarcado sigue vigente y que un abrazo a esa familia rota (a la que no preguntó), mientras la prensa titulaba que ya se había inaugurado el marcador macabro. Una de las nietas del matrimonio gritaba por las redes sociales que de crimen machista nada, pero ni caso.

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