La paradoja de la censura: prohíbeles hablar y los harás más fuertes
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Juan Soto Ivars

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La paradoja de la censura: prohíbeles hablar y los harás más fuertes

Leo artículos alabando las mordazas de las grandes tecnológicas contra la ultraderecha y el giro de ultracorrección con que Biden pretende neutralizar las malas pasiones, y me asombro

Foto: Una horda furiosa en Karachi, Pakistán. (EFE)
Una horda furiosa en Karachi, Pakistán. (EFE)

El deseo de censurar es viejo como el Levítico. Conforma una historia dentro de la Historia y, si nos atenemos a sus episodios desde la Antigüedad hasta el presente, deducimos con rapidez que la mordaza es el método de control más ineficaz de la humanidad. Sirve para mantener a raya unas ideas durante un periodo de tiempo y mientras tanto provoca el efecto de una olla a presión: cuando la válvula libera el vapor, nada de lo que se censuró se queda en el fondo. Por eso el afán por enmudecer disidentes ha fracasado siempre, incluso cuando el disidente era exterminado.

Mi biblioteca está llena de libros escritos por autores incordiados, encarcelados, perseguidos e incluso asesinados en dictaduras y también en democracias. Deja anotado uno de ellos, Mijail Bulgákov, que los manuscritos no arden y esa es la verdad. La novela en la que escribió esta máxima ('El maestro y Margarita') llegó hasta nosotros en los años sesenta gracias precisamente a sus censores, que habían robado el manuscrito al escritor y lo guardaron en lo más profundo de los archivos de la Lubianka creyendo que nunca saldría de ahí.

Foto: Imagen de Dimitris Vetsikas en Pixabay. Opinión

Pero vaya si salió. Siempre acaban saliendo. De hecho, poco queda en las bibliotecas de los mamotretos teóricos firmados por Stalin y seguimos leyendo a sus víctimas, igual que es difícil encontrar hoy los textos de los grandes inquisidores, pero basta dar una patada a una lata para que aparezcan los de sus herejes. Al día siguiente a la caída del Muro de Berlín, todos los esfuerzos persecutorios de la Stasi se habían demostrado estériles, y lo mismo pasó tras el fin del experimento soviético. ¿Qué quedaba del nuevo hombre socialista al día siguiente de la caída de la URSS? ¿De qué habían servido 80 años de censura y adoctrinamiento masivos? De nada.

Esto no ocurre solamente con las ideas buenas, por supuesto, sino también con las malas pasiones. Por decirlo de manera sencilla, el 'Mein Kampf' seguirá imprimiéndose en Alemania por mucho que las leyes lo prohíban, de la misma forma que seguirán existiendo adúlteras en un país que las encarcela, como Pakistán. ¿Por qué? Porque el ser humano lleva milenios demostrando que no asume prohibiciones que no tiene completamente interiorizadas y entiende como justas. Y he aquí el problema de la censura: nunca es justa.

Foto: Imagen de 2015 de manifestantes ante el Congreso de los Diputados, en Madrid, para protestar contra la Ley Mordaza. (EFE) Opinión

Antisistemas de derechas

Estos días, leo artículos y más artículos alabando las mordazas de las grandes tecnológicas contra la ultraderecha y el giro de ultracorrección con que la Administración Biden pretende neutralizar las malas pasiones, y me asombro. ¿De qué creen que servirá? ¿No sacaron ninguna conclusión de lo que ocurrió en 2016? Trump sedujo a la misma gente a la que hoy intentan callar con la promesa de que el tiempo de la corrección política había terminado. Redoblar la apuesta por la mordaza y la reprimenda moralista no es solo un atentado contra la libertad, sino una táctica contraproducente. A Trump, recordemos, le ha votado más gente en 2020 que en 2016.

Ni siquiera con unas estructuras represivas impropias de una democracia ha conseguido un régimen que el silencio se mantenga mucho tiempo. El inquisidor suponía que había ganado la batalla cuando obligó a Galileo a repudiar su propio descubrimiento y se equivocaba. También Franco estaba convencido de haber dejado el país atado y bien atado, y 5 años después de su muerte los exiliados estaban otra vez en casa, el Partido Comunista era legal y se imprimían periódicos y libros prohibidos. En Cataluña y el País Vasco, que fueron el objeto de la máxima represión cultural de su dictadura, los idiomas que el régimen había detestado no solo no se habían muerto, sino que se impartían en todas las escuelas. Repito: los manuscritos no arden.

Foto: Karl Popper. (Wikipedia)

Suponer ahora que vas a terminar con los antisistema de derechas por medio de la censura es tan ingenuo como creer que el punk ha muerto si prohíbes a La Polla Records tocar en tu pueblo. Para acabar con el discurso de odio, primero hay que entender qué lo hace posible: no prende en una sociedad sana, sino en una tensa, insegura y desigual. Atajar los sentimientos repulsivos con represión es como taparse un estornudo con las manos: ni cura la enfermedad ni alivia los síntomas, sino que genera conductos subterráneos de odio y resentimiento. Al que está descontento con el rumbo de su país siempre hay que permitirle expresarse, incluso cuando emita mensajes repugnantes para la mayoría. De hecho, la única esperanza es que sean repugnantes para la mayoría, y la censura los hace mucho más atrayentes. Todos queremos saber lo que otros no quieren que sepamos.

Por eso los papanatas que te salen con "la paradoja de la tolerancia de Popper" que han visto en una viñeta (no se atreverían a emplear a Popper como pretexto para la censura si lo hubieran leído) están equivocados. Debieran tener en cuenta esta otra, la paradoja de la censura, que suena así: cualquier idea débil y nociva, cualquier sentimiento ominoso, cualquier pasión humana que amenace la estabilidad de la sociedad quedará legitimada si el poder de esa sociedad decide aplastarla mediante la represión, y la gente no tiene asumida esta represión como justa. Por el contrario, permitir los excesos de la expresión, los desahogos e incluso los mensajes odiosos refuerza la democracia. Thomas Jefferson entendió esto muy bien, y no me parece casual que hoy derriben sus estatuas.

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