¿No pasarán? Un plebiscito con moño en Madrid
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Juan Soto Ivars

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¿No pasarán? Un plebiscito con moño en Madrid

Las ideas de bombero de Iglesias regalan a Ayuso un adversario al que arrasar sin el más mínimo esfuerzo y sin la más mínima posibilidad de hacerse daño en la pelea

placeholder Foto: Pablo Iglesias, en su primera entrevista tras anunciar su candidatura a la Comunidad de Madrid. (Dani Gago)
Pablo Iglesias, en su primera entrevista tras anunciar su candidatura a la Comunidad de Madrid. (Dani Gago)

Ayuso ya tenía las elecciones prácticamente ganadas según todas las encuestas. Su oposición a cerrar la hostelería pareció en su momento un suicidio sanitario, pero con las cifras en la mano no le ha salido tan mal. Los contagios y decesos de la epidemia en Madrid son malos, pero no demasiado malos en términos relativos a su tamaño, e incluso buenos si tenemos en cuenta que los bares y restaurantes no han cerrado. ¿Acertó Ayuso por estar muy bien asesorada o por kamikaze? Va a importar muy poco cuando llegue la hora de votar. Ya le están haciendo campaña gratis en muchos bares de Madrid.

Sin embargo, la campaña ni siquiera puede plantearse en estos términos ligeramente realistas. A juzgar por la propaganda política, los madrileños eligen entre arruinase por el cierre de sus negocios o permitir que violen a sus hijas por la calle sin que el juez las crea; entre un escuadrón de okupas penetrando en sus viviendas o verse desahuciados por un banco y durmiendo en el cajero; entre morir de hambre debido al desabastecimiento bolivariano o a la explotación neoliberal. Los madrileños no parecen elegir entre un Gobierno autonómico u otro, sino entre todo y nada.

Foto: Edmundo Bal. (EFE)

Comunismo o libertad, democracia o fascismo. Los plebiscitos de hoy suenan como los de los años 30, aunque ya no tengan dientes, sino moño. Gritos para envalentonar a la tribu y embarrar la trinchera. Con esto, cualquier gobernante falto de ideas tiene un regalo. Arrastrados por el falso dilema del infierno y la arcadia, miles de ciudadanos juegan a un juego que solo beneficia a la banca de crispadores. Entre la independencia o el sometimiento, entre la patria o la muerte, se malogran las opciones pragmáticas.

¿Quien se lo juega todo? Dado que la extinción política de Ciudadanos parece asegurada, en estas elecciones solo hay alguien en el dilema de vivir o perder los pantalones: Pablo Iglesias y Podemos. Su desembarco en Madrid responde a ello y es un movimiento que busca superar el 5%. Ha sido bendecido por Isabel Díaz Ayuso como la mayor amenaza para la democracia porque con Iglesias en liza ya no es necesario rendir cuentas por su gestión o combatir a un pragmático desapasionado como Ángel Gabilondo, su principal rival.

El presidente del Gobierno se vuelca con su soso, serio, pero formal candidato para Madrid.

Veamos qué supone el 'efecto Iglesias': primero, eclipsar a Gabilondo y sobre todo a Más Madrid en la campaña y sacarlos de un buen número de titulares. Segundo, aumentar la tensión entre ellos, puesto que ninguno querrá trabajar con Iglesias vistos los resultados en el Gobierno central. Así que, tercero, Iglesias aumenta la competencia interna y obliga al PSOE y Más Madrid a desperdiciar una energía preciosa en parar los pies al pirómano del moño. Esto en lo tocante a las izquierdas, porque para las derechas el 'efecto Iglesias' es una alfombra roja a la propaganda más chabacana que se pueda imaginar.

Y ahí la tenemos. Desde el momento en que Iglesias comunicó su decisión de pelear Madrid tenía un protagonismo que no le correspondía. Ayuso, tan contenta. Ha establecido un diálogo de tú a tú con ella pese a que su única opción es salvar los muebles y ha desplazado fuera del foco mediático a una candidata de izquierdas más peligrosa por convincente: Mónica García. Las ideas de bombero de Iglesias regalan a Ayuso un adversario al que arrasar sin el más mínimo esfuerzo y sin la más mínima posibilidad de hacerse daño en la pelea. Como un topo en las líneas enemigas, debilita a los principales adversarios de la derecha en Madrid.

Foto: Pablo Iglesias en el vídeo en el que anunció que dejaba la Vicepresidencia del Gobierno y se presentaba a las elecciones madrileñas. (EFE) Opinión

Iglesias alimenta el plebiscito. Oiremos hablar de temas como Paracuellos del Jarama o los 20 millones de rojos que querían fusilar los militares del chat; de Franco y de Azaña; de 'chekas' y paredones; de la Unión Soviética y el Chile de Pinochet. Todos los monstruos del pasado y los países remotos pasarán, momificados, por las lenguas de los agitadores. Las voces templadas serán engullidas por la polarización, y esto tendrá un efecto más populista todavía en la política nacional y un efecto homeopático en las elecciones madrileñas.

En Cataluña hemos aprendido que la lógica plebiscitaria es imposible de combatir. O entras en el dilema o desapareces del foco. Cuando los líderes te plantean que hay solo dos opciones te mienten. Sin embargo, los seres humanos estamos programados para el maniqueísmo. El psiquiatra Jonathan Haidt lo argumentó en 'La mente de los justos' (Deusto) y ofreció una desoladora explicación neurológica a esta tendencia nuestra a tomar partido entre dos extremos.

Sin caer en el determinismo, esta inercia ya se ha hecho notar en Madrid. No es especialmente grave ni diferente a lo que venía pasando, pero es desolador constatar cómo todos participamos de ella, incluso cuando la criticamos. Porque, siendo honestos ¿no soy yo el primero en caer en esta trampa por dedicar el tiempo a criticarla? Como he dicho más arriba, la trampa de los plebiscitos es que no te dejan escapar.

Ayuso ya tenía las elecciones prácticamente ganadas según todas las encuestas. Su oposición a cerrar la hostelería pareció en su momento un suicidio sanitario, pero con las cifras en la mano no le ha salido tan mal. Los contagios y decesos de la epidemia en Madrid son malos, pero no demasiado malos en términos relativos a su tamaño, e incluso buenos si tenemos en cuenta que los bares y restaurantes no han cerrado. ¿Acertó Ayuso por estar muy bien asesorada o por kamikaze? Va a importar muy poco cuando llegue la hora de votar. Ya le están haciendo campaña gratis en muchos bares de Madrid.

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