Yo viví en Sevilla la caída de Susana Díaz
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Juan Soto Ivars

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Yo viví en Sevilla la caída de Susana Díaz

La derrota de Susana Díaz es risible, discreta, un asunto devorado por el fútbol y los suecos, por las cañas y el calor, por la vida que sigue

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Susana Díaz. (EFE)

Fue por casualidad. Y la verdad, esperaba más. Esperaba el suelo abriéndose bajo nuestros pies y las fauces del demonio que vive bajo Hispalis devorando a los inscritos. El poder mordiendo los tobillos, matanzas, cuchillos traicioneros, barroco. Y no. Es verdad que coincidían varios eventos. Susana Díaz se jugaba la vida y la perdía, pero también había Eurocopa, y Manuel Clavero (café para todos) había muerto, y venía el Rey a recoger una medalla, y venía también Manuel Jabois a presentar 'Miss Marte', y también Sergio del Molino a presentar 'Contra la España vacía'. Muchos actos. Pero yo hubiera creído que la caída de un Nerón siempre acapara atenciones. Y no.

La noche del 13, mientras las votaciones se abrían camino como la lepra por el cuerpo de Susana, yo cenaba con periodistas de derechas en Sevilla. Uno de ellos —barriga prominente, carné de socio en el Garlochí, hernia inguinal— me dijo que nunca hablaría mal de Susana porque la expresidenta era uno de los 100.000 mejores políticos en activo de España. Otro señaló a una bola de mendigos que pasaba y me aseguró que eran la ejecutiva del aparato del PSOE. Y otro dijo que lo único negativo que podía decirse de Susana es que alguien tan mediocre como Sánchez había demostrado ser mejor que ella. En Sevilla, la ironía es la moneda de curso legal, como el bitcoin en Salvador. Y yo pensaba que el poder, si se tiene que defender con tanto esfuerzo, es porque no es poder, sino resistencia.

Foto: El ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, José Luis Ábalos. (EFE)

Creo que se ha estado hablando de un imperio inexistente: el susanato. Y que, como dice Caraballo, el poder socialista andaluz siempre se ha caracterizado por devorarse a sí mismo, con lo que no hay novedad en estas noches de los cuchillos militantes. El dilema, si lo he entendido bien, era si había que alegrarse o no, si ganaba o perdía el aparato, si se dirimía la victoria o la derrota de Sánchez, o de Díaz, o de quién. Y preguntaba yo a los sevillanos si se sabía algo y me decían que no. Pero no era difícil suponer que, en realidad, se la sudaba.

Ante la mayor debacle del poder andaluz desde que el PSOE perdió la Junta, el ambiente en Sevilla no era tenso, ni preocupado ni noticioso. El rebujito no piensa en política socialista y la calle tampoco. Según me aseguraban hay hoy, en toda Andalucía, solo 40.000 enchufados jugándose el sustento: puestos a dedo temblando cuando el dedo se quiebra y se retira, y 'más na'. Y mientras esperábamos el resultado de la votación, riadas de suecos de la Eurocopa. Eso sí que es algo digno de ver. Un río de suecos mientras la sangre del susanato corre camino del Guadalquivir.

Foto: El alcalde de Sevilla, Juan Espadas. (EFE)

La raza sueca ha perdido mucho desde que Alfredo Landa perseguía a esas mujeres. Montones de chatarra ambulante, barrigones sin médula, cascarones vestidos de amarillo, esqueletos con un mapache a la chepa. Los suecos ya no son vikingos y las suecas ya no son diosas medulares, y lo mismo pasa con el poder socialista de Andalucía. Si antaño hubo aquí poder para fabricar pesebres y alimentar a las mulas, hoy tiembla la iglesia ante el desinterés medio de la ciudadanía.

No hay grandeza en el derrumbamiento. La distancia entre los titulares y las calles es paralela a la de los cálculos de los 'spin doctors' y la historia de la literatura. Del sucesor de Díaz, de su verdugo, solo se valora que parezca una espada sin filo, un Griñán gris e inofensivo. Ni los taxistas ni los camareros temen hoy al PSOE de Andalucía. Así que yo me pregunto por qué tanto esfuerzo, tanta lucha, tanta batalla en el aparato socialista. Dónde queda la grandeza de las grandes gestas, el poder del susanato, su temible martillo.

Hoy no queda en Sevilla ni rastro de lo que tuvo el poder para apartar a 'perdidistas' de su puesto, o al menos no tiene la misma apariencia

El poder, decía el enano de 'Juego de tronos', es un acuerdo entre el pueblo y los que están arriba. Los de abajo temen y hoy no queda en Sevilla ni rastro de lo que tuvo el poder para apartar a 'perdidistas' de su puesto, o al menos no tiene la misma apariencia. La derrota de Susana Díaz es risible, discreta, un asunto devorado por el fútbol y los suecos, por las cañas y el calor, por la vida que sigue. Ante mis preguntas insistentes, un amigo sevillano responde tajante: "Juan, a nadie le importa esta derrota porque ya no tiene más que repartir".

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