Apuñalada por llevar la camiseta de 'Charlie Hebdo' (y lo que diría Moratín)
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Juan Soto Ivars

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Apuñalada por llevar la camiseta de 'Charlie Hebdo' (y lo que diría Moratín)

A la predicadora Haun Tash la han apuñalado en el Speaker's Corner de Londres, ese rincón en que cualquiera puede dar sermones o discursos políticos casi con total impunidad

placeholder Foto: Detenido mientras trata de hablar en la Speakers' Corner de Londres. (Reuters)
Detenido mientras trata de hablar en la Speakers' Corner de Londres. (Reuters)

A la predicadora Haun Tash la han apuñalado en el Speaker's Corner de Londres, ese rincón de Hyde Park donde cualquiera puede dar sermones o discursos políticos casi con total impunidad. Esta zona franca se ha convertido en un símbolo internacional del debate y la libertad de expresión. Allí dieron arengas Karl Marx, Vladímir Lenin, George Orwell o William Morris. Allí se produjeron importantes revueltas y protestas sociales. Allí anuncian el Apocalipsis cada mañana los pirados habituales, y allí es donde esta activista cristiana intenta convertir a musulmanes a la fe evangélica y discute acaloradamente con ellos sobre el Corán y la Biblia.

El Speaker's Corner no es un sitio donde uno pueda quejarse si algo de lo que oye le hace sentir ofendido. Es la antítesis de los espacios seguros de las universidades o de los espectáculos de comedia para estómagos sensibles: un lugar donde todas las sogas se mencionan sin importar que haya presentes familiares de ahorcados, y donde el respeto a las ideas ajenas brilla por su ausencia. A la manera británica, condensada en las tanganas legendarias de la Cámara de los Lores, en el Speaker's Corner se levanta la voz y se usa lenguaje duro mientras oradores y público discuten sin piedad sobre lo más sagrado.

¿Qué pudo ocurrir en un lugar como este para que una predicadora habitual haya sido apuñalada? Por lo que cuentan los medios británicos, es bastante simple: Haun Tash llevaba puesta una camiseta con las caricaturas de 'Charlie Hebdo'. La policía todavía investiga si hay alguna otra causa, pero por el momento la camiseta es la previsible. No es la primera vez que el poder encerrado en ese dibujo desencadena una agresión. El otoño pasado, el profesor Samuel Paty fue asesinado y decapitado por enseñarla en clase, en Francia. Y no es necesario recordar qué ocurrió en 2015 con la redacción del semanario francés.

Foto: Manifestación en París en rechazo del asesinato del profesor Samuel Paty. (EFE)

Como siempre, aparece en el pasto del fanatismo el rebaño de los justificadores papanatas. Haun Tash es catalogada rápidamente como una fundamentalista cristiana y esto parece disculpar un poco al fanático del cuchillo. Se emplea la etiqueta 'islamofobia' para ella, tanto por su camiseta como por su tendencia a discutir la fe de los musulmanes y sus faltas de respeto en las arengas de Hyde Park, capturadas en YouTube. Y se discute si lo progresista es callar para evitar ofender a una minoría o tratar a todo el mundo como a un igual. Es tan tedioso que por un momento me planteo dejar de escribir este artículo.

He gastado mucha tinta con las caricaturas de Mahoma, con las caricaturas en general y con el castigo que se desata cuando alguien transgrede ese tabú pavoroso, pero nada respetable, de los fundamentalistas islámicos en Occidente. Que una persona no pueda llevar una camiseta ofensiva en un país democrático es deprimente, y que cualquier pirado se tome la justicia por su mano, un peligro real. No dedicaré una palabra más a los imbéciles que justifican el apuñalamiento por el fanatismo cristiano de la predicadora, pero da la casualidad de que esto sucede mientras releo a Leandro Fernández de Moratín.

Si los escritos de Leandro Fernández de Moratín no se leen hoy, no es por su oscuridad, sino por la nuestra

De este literato español se sabe poco hoy. Que tiene una calle llena de bares en Madrid, que escribió 'El sí de las niñas' y que el grueso de su carrera pertenece a ese siglo tan poco celebrado de la literatura española, el XVIII. Pero Moratín poseía una mente espectacular y sorprendente, era un observador fino y un comentarista agudo. Si sus escritos no se leen hoy, no es por su oscuridad, sino por la nuestra. Y para demostrarlo, voy a usar sus palabras. Volver atrás en el tiempo cuando se trata de un asunto tan polémico como las caricaturas es razonable, para ver qué pensaban las mejores mentes liberales de hace dos siglos y medio. Moratín visitó Gran Bretaña en 1792 y esto es lo que dijo de la tradición británica de caricaturizar:

"Las caricaturas inglesas son muy divertidas: hay tiendas en Londres que pueden llamarse almacenes de ellas, tal es su abundancia. Todo es asunto acomodado para estas obras: la literatura, la moral y sobre todo la política prestan amplia materia a los artífices de este género grotesco, para sacar todos los días nuevas invenciones. ¿Se quiere ridiculizar a un escritor, por más sabio, por más respetable que sea? No hay sino valerse de uno de estos mamarrachistas, que con cuatro líneas y un poco de color le pondrá en ridículo, le presentará al público, y no habrá quien pase por la calle que no suelte la risa al verle de tan lastimosa figura. Muchas veces una caricatura suple, y aun excede, a la crítica o la sátira más amarga.

He visto en estas estampas ridiculizadas las modas de todas las naciones, sus costumbres, y aun sus virtudes: la gravedad de los magistrados de Inglaterra, la afectación de las señoritas, el verdor de las viejas, la vanidad de los nobles, la bajeza de los cortesanos; en una palabra, todos los vicios del hombre en sociedad, expuestos a la risa y al escarnio público. Los debates del Parlamento, los proyectos de los ministros, las resoluciones del Gobierno, los acaecimientos políticos, nacionales o extranjeros, se ven igualmente representados en ellas, unas veces por medio de la alegoría, y otras en composición historial.

placeholder Una persona sobre una plataforma en la Speakers' Corner de Hyde Park. (EFE)
Una persona sobre una plataforma en la Speakers' Corner de Hyde Park. (EFE)

En unas está el Rey de Inglaterra cagando en un bacín, y celebrando al mismo tiempo consejo privado con sus ministros, representados en figuras de lobos, garduñas, zorras y aves de rapiña. En otras le están estos metiendo proyectos por el culo con una jeringa; y al paso que los recibe por detrás, los va vomitando encima del Parlamento, que está en cuclillas, recibiendo con grande humildad cuanto el Rey le envía. En otras está el Príncipe de Gales saltando de un birlocho que va disparado, y se le pinta en actitud de caer sobre su querida lady Fitz-Herbert, que está ya en el suelo, panza arriba, con las piernas abiertas para recibirle.

En otras hay un besaculos general, empezando por el Rey, a quien siguen los ministros, el Parlamento, el Clero, el lord Corregidor y el pueblo de Londres, que es el último; y a este, en vez de besársele, se le azotan cruelmente unos sayones, que le gritan al mismo tiempo: "¡libertad, prosperidad! ¡Viva la Constitución!". Si así tratan a su Rey y a sus ministros, no hay que esperar que sean más contenidos con las demás naciones: jamás he visto más abatida la majestad, que en las caricaturas inglesas; ni hay soberano de Europa, por más temido y poderoso que pueda ser, que haya escapado de hacer papel de botarga en ellas, y de haber servido de diversión por dos o tres reales al populacho de Londres.

Foto: Guillermo Martínez-Vela, director de 'El Jueves'. (Álvaro Rincón) Opinión

El ridículo de las caricaturas consiste en tres cosas: 1.º en el modo satírico con que se presenta el asunto, que equivale a la fábula en la comedia; 2.º en las actitudes de los personajes, que equivalen a las situaciones del teatro; 3.º en lo recargado de los gestos, que es lo mismo que la expresión de los caracteres risibles que se introducen en un drama. Una caricatura es, respecto del diseño en el género agradable, lo que una farsa respecto de la buena comedia. Entre las muchas obras de esta especie que diariamente se publican, hay algunas de bastante mérito; y como en la pintura ha habido autores célebres, también en este género grotesco y recargado, que es un ramo de ella, los ha habido y los hay".

Bien. Si un hombre como Moratín, criado en el absolutismo, atado a la fe devota de la época y, según todos los parámetros contemporáneos del presente, obsoleto, viejuno y anacrónico; si un temperamento liberal como el suyo podía comprender entonces, de esta forma cristalina, cuál es el sentido las caricaturas, ¿en qué lugar nos deja esto a nosotros y a nuestro progresismo?

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