Lorca votaría a Vox y Muñoz Seca a Podemos
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Juan Soto Ivars

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Lorca votaría a Vox y Muñoz Seca a Podemos

Uno no puede evitar la carcajada cuando oye a una diputada de Vox, Mireia Borrás, afirmar con rotundidad que Lorca hubiera votado a Vox

placeholder Foto: Representación de "La casa de Bernarda Alba".
Representación de "La casa de Bernarda Alba".

Uno no puede evitar la carcajada cuando oye a una diputada de Vox, Mireia Borrás, afirmar con rotundidad que Federico García Lorca hubiera votado a Vox porque amaba España. Es tan loco como decir que Muñoz Seca votaría a Podemos porque amaba el enredo. Pero cuando las carcajadas empiezan a desvanecerse entre toses y ahogos, resurgen como una bola de gatos disparados con una catapulta gracias la réplica de Txema Guijarro, que acusó a Vox de asesinar al poeta. Uno escribe en cuadernos, servilletas y márgenes sin suponer que lo van a fusilar por ello, pero ni en el más asombroso delirio poético hubiera podido elucubrar Lorca una escena como la que nos brindó la programación veraniega del Congreso de los Diputados.

Y eso que Lorca está curado de espanto. Habían usado un fotomontaje en el que se le veía en brazos de Dalí, habiéndose borrado a Gala, desde la cuenta de Twitter de la Dirección General de Diversidad Sexual y Derechos LGTBI del Gobierno. Y además habían añadido unos versos que no eran exactamente los de Lorca, sino de la versión de Camarón para cantarlos. No se extrañen: la carroña poética es un combustible oscuro, semejante a la turba, que se lanzará a las llamas del horno de la propaganda sin el más mínimo cuidado. Son los gajes de la eternidad. A Lorca, al menos, se lo disputan, pero pregunte usted otros diez nombres de poetas muertos a su diputado de referencia, a ver si este consigue decirle tres. Ya le adelanto que no.

Pregunte usted otros diez nombres de poetas muertos a su diputado de referencia, a ver si este consigue decirle tres

Lorca importa mucho a los dos extremos de España. Pero no por su poesía o su teatro, sino porque lo fusilaron. Como dice Gibson, el paradero de Lorca es el paradero de España: ninguna parte. Losa en la conciencia de la derecha, el mismo Franco anduvo intentando sacudirse la responsabilidad del asesinato toda su vida. En los primeros años cincuenta el Régimen trató de apropiarse del poeta colocando versos suyos en los pabellones de la trienal de diseño de Milán. Fue en aquella misma época, bajo la influencia del oro estadounidense, cuando Aguilar publicó la primera edición franquista de las obras del granadino, prohibidas hasta entonces, en una colección de lujo. Prueba de que los poetas muertos son inofensivos.

En la izquierda salieron ampollas con la boutade de Vox, destinada como siempre a epatar a los apasionados activistas de Twitter. Todo aquel ruido yermo dio pie a una serie de debates sin sentido, porque la gente quería saber qué votaría Lorca hoy en día. Sin güija, la respuesta es fácil. De no haber sido fusilado por los fascistas en la provincia de Granada, Lorca no votaría a Vox, y tampoco votaría a Podemos, ni al PP, ni al PSOE, y tampoco votaría a Esquerra Republicana o Ciudadanos. Porque habría muerto en la cama unos cuantos años antes, quién sabe si convertido en un viejo cascarrabias, en un conservador o en un ángel progresista sin arrugas. El caso es que los poetas muertos no votan.

Y por eso cualquier político, de izquierda o derecha, puede citarlos, celebrarlos, apropiárselos e incluso —esto es mucho menos frecuente— leerlos. La poesía está ahí para eso: no es un arma cargada de futuro, sino de usos e interpretaciones. Lo mismo que cada cual enaltece lo que se le antoja o es negacionista de lo que le conviene, la obra de los grandes poetas de España es pública y está disponible para todos, abierta de par en par para los enemigos del poeta lo mismo que para sus aliados, despojada y solitaria, abrumada por el olvido: tanto, que se contentará con que la lea cualquiera, hasta el mismísimo nieto de su verdugo.

De hecho, si uno lo piensa, el mejor destino imaginable para los versos de Lorca es que la gente de derechas, e incluso de ultraderecha, los lea y los celebre. Si ellos disfrutan de la poesía de Lorca, eso significa que Lorca ha ganado, de la misma forma que sería glorioso (una victoria) que entre la gente de izquierdas proliferara el gusto por algunos escritores fachas como Rosales, Panero padre, Jardiel Poncela o Muñoz Seca, de cuyo asesinato se habla con menos insistencia porque tuvo lugar en Paracuellos. Muñoz Seca, de hecho, hizo un gran favor a unos y otros, puesto que inventó el término "astracanada", que a todos les sienta muy bien.

El caso: estaba yo pensando que lo único que vuelve a matar a los escritores muertos es la ideología presente, que anima a determinadas personas, de uno y otro bando, a no leer al enemigo, pese a que las musas suelen ser apolíticas, y se dejan ver con cualquiera.

Uno no puede evitar la carcajada cuando oye a una diputada de Vox, Mireia Borrás, afirmar con rotundidad que Federico García Lorca hubiera votado a Vox porque amaba España. Es tan loco como decir que Muñoz Seca votaría a Podemos porque amaba el enredo. Pero cuando las carcajadas empiezan a desvanecerse entre toses y ahogos, resurgen como una bola de gatos disparados con una catapulta gracias la réplica de Txema Guijarro, que acusó a Vox de asesinar al poeta. Uno escribe en cuadernos, servilletas y márgenes sin suponer que lo van a fusilar por ello, pero ni en el más asombroso delirio poético hubiera podido elucubrar Lorca una escena como la que nos brindó la programación veraniega del Congreso de los Diputados.

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