Fiestas para infectarse de covid, las favoritas de Darwin
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Juan Soto Ivars

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Fiestas para infectarse de covid, las favoritas de Darwin

Entre ser bobo e infectarse de coronavirus a posta teniendo vacuna, hay un abismo. Hace falta ser bobísimo y, además, muy arrogante

Foto: Una discoteca de Londres, este verano. (Getty/Rob Pinney)
Una discoteca de Londres, este verano. (Getty/Rob Pinney)

En Italia, Alemania y Austria (que se sepa) se celebran 'fiestas covid': eventos en clubes donde el invitado de honor es un infectado, y donde los jóvenes se contagian, creyendo que no les afectará demasiado a la salud, para alcanzar la inmunidad. Alguna de estas hubo en España, donde obviamente sufrimos las consecuencias de la fuga de cerebros. Leo también que venden en Holanda una aberración llamada 'kit corona', que consiste en un frasquito con “líquido infectado” (¿lapos?) que los indigentes mentales pueden pincharse para alcanzar, mediante la ruleta rusa de la infección, lo mismo que las vacunas proporcionan con un nivel de riesgo casi nulo.

Leyendo estas cosas uno se pregunta qué falla. Desde luego, no es la información, pues a poco que uno haya vivido fuera de una cueva durante los últimos dos años estará al tanto de las consecuencias del virus. Desde luego, no es la educación, pues poco más se puede hacer en Europa para sacarnos de la burricie. Cierto que la resistencia al conocimiento del personal ha demostrado como ingenuas las ideas del siglo XIX sobre el avance que supondría para la humanidad la plena escolarización, pero, entre ser bobo e infectarse de coronavirus a posta teniendo vacuna, hay un abismo. Hace falta ser bobísimo y, además, muy arrogante.

Foto: La eurodiputada María Eugenia Rodríguez Palop. (EFE)

Algunos amigos tengo que están emperrados en no vacunarse. Uno dice que ya pasó el covid y está empeñado en que eso le da inmunidad de sobra, aunque no sea cierto. Otro dice que no se vacuna “todavía”: el cabrón prefiere comprobar si la vacuna nos ha jodido el sistema inmune a los demás. ¡Muy solidario! Yo ya no discuto estas cosas. ¿No quieres vacunarte? ¿Nos dejas al resto el marrón de protegerte? Muchas gracias. Luego no me pidas dinero prestado, que no llevo suelto. Y a mi casa no vienes, lo siento. Nos vemos en una terraza, aunque llueva.

Sin caer en el delirio de las falacias conspiracionistas y rematadamente antivacunas, pongamos que uno, para no pincharse esta cosa, se agarra a los efectos adversos leves que alguna gente experimenta tras la inyección, o a los efectos moderados en una parte minúscula de los vacunados o, incluso, en un giro hipocondríaco, a los efectos graves anecdóticos. Vale. No te vacunas por cualquiera de estas razones. Pero ¿enfermar sí? ¡Demonio! ¡Es tan estúpido que ni siquiera me entra en la cabeza!

La vacunación contiene los ingresos hospitalarios mientras ascienden los contagios

Demos por válido el argumento (muy discutible) de que la vacuna, por las prisas, podría dar alguna sorpresa en unos años. Ok, pero ¿qué hay del covid? Sin necesidad de recurrir a las fotos de tíos entubados o los depósitos de cadáveres desbordados en el negro abril de 2020, ¿han oído hablar de las secuelas de larga duración, de los problemas cerebrales, de las fatigas crónicas que los médicos todavía no son capaces de explicar, y mucho menos de curar? ¿Saben la cantidad de gente que no puede concentrarse en tareas intelectuales un año después de un covid sin síntomas? Quizás sea esto lo que busca el medio bobo, volverse bobo completo gracias al virus.

No me entra en la cabeza que alguien prefiera infectarse de un virus que la ciencia todavía no comprende, y que puede afectar misteriosamente al cerebro, al corazón, a los pulmones y a otros órganos, en lugar de pincharse una cosa testada por los científicos, por mucho que las aprobaciones hayan sido ciertamente apresuradas. Si uno no quiere vacunarse y no es idiota, como mínimo tendrá que extremar las precauciones. Si bebe virus voluntariamente, merece encontrarse al fantasma de Darwin a la vuelta de la esquina.

Foto: Vista de una calle de la Parte Vieja donostiarra. (EFE/Juan Herrero)

Para ponerlo claro, si el covid fuera un fármaco y tuviera prospecto, se podrían empapelar con él las paredes de una habitación. Sería peor que el prospecto del antidepresivo más nefasto, ¡incluso peor que el prospecto de la heroína, si hubieran hecho caso al pobre Antonio Escohotado y fuera legal, y se vendiera en farmacias! Si el covid fuera un fármaco, el prospecto se lo tendrían que encargar a Stephen King.

En fin, frente a esto, existe un producto cuya efectividad es limitada, decepcionante para quien crea en los milagros, pero suficiente para que España, con una tasa de vacunación altísima, se mantenga entre los pocos países europeos donde la nueva ola no obliga todavía a nuevas restricciones. Los vacunados, por cierto, estamos tan pichis. Yo todavía no pillo wifi con el chip, ni mi salud se ha resentido, y llevo las dos banderillas de Pfizer.

Foto: Foto: EFE.

Este producto proporciona un bajo grado de inmunidad individualmente, pero un grado de control de la epidemia aceptable en grandes poblaciones. Si los que quedan por vacunarse en España lo hicieran, posiblemente tendríamos al virus contra las cuerdas en la próxima navidad. Además, pese a todas sus imperfecciones, la vacuna ha demostrado que reduce la gravedad de la enfermedad, lo que significa que tú puedes morirte de covid con la vacuna puesta, pero que es muchísimo más fácil que palmes sin la vacuna. Infectarte con la vacuna es relativamente fácil, pero extremadamente preferible a infectarte sin la vacuna.

En fin. Me gustaría tener respuestas al enigma de por qué hay gilipollas que prefieren la infección al fármaco, pero no alcanzo a comprender. Me pregunto si es por egocentrismo narcisista, por la creencia mema de que el individuo está por encima de todo consenso, por la desconfianza patológica en la autoridad intelectual y las instituciones, pero solo llego a la conclusión, deprimente, de que lo que pasa en este mundo es que hay mucho tonto sin diagnosticar.

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