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Por qué no escribo sobre mi hijo
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Juan Soto Ivars

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Por qué no escribo sobre mi hijo

Tampoco estoy escribiendo ahora mismo sobre Alejandro, sino acerca de mi incapacidad, mientras avanzan las primeras horas del 1 de diciembre de 2021 y fantaseo con la forma en que brillará su rostro cuando lo alumbre la vela de la tarta

Foto: Alejandro se echa la siesta con su león. (Juan Soto Ivars)
Alejandro se echa la siesta con su león. (Juan Soto Ivars)

Me preguntaron por qué no escribo sobre mi hijo como hacen otros escritores, y me di cuenta de que respondía con la verdad mientras las palabras salían por mi boca, y también de que hasta ese momento no lo sabía. Había intentado escribir sobre Alejandro, no para publicar, sino para hacerle a él un regalo cuando sea mayor y se pregunte cómo fueron sus primeros días y el mundo al que llegó. Con esta intención compré un dietario y me propuse anotar cada día su vida. Parecía una buena idea hasta que descubrí que yo era inútil para la tarea.

Me vi enredado entre pañales y amor, entre llantos y sueño, entre planificaciones y desorden. Demasiado sobrecogido para escribir, todo lo que me salía sonaba a falso. Aprendí el significado de la palabra 'body', el uso correcto del cambiador, la gravitación del pecho materno. Aprendí a sujetar a un recién nacido sin miedo de matarlo y el significado auténtico de esa palabra que había empleado tantas veces sin notar el peso real de su sentido: papá. También traté de dilatar todo esto, bolígrafo en mano, y fracasé. No pasaron más de tres meses cuando, sin pensar, dejé el regalo para mi hijo a medio hacer, interrumpido.

Foto: Una familia en la playa de Incheon, en Corea del Sur. (Reuters/Kim Hong-Ji)

La intensidad de la vida de Alejandro era muda y tremenda, una luz mañanera en la que Andrea y yo buceábamos, asombrados, rematadamente felices y aterrorizados. Todo se recolocaba mientras el bebé aprendía a mirar, a agarrar, a enderezarse, a arrastrarse, a gatear, a parlotear, y el espectro de mi regalo se fue cubriendo de un polvo que se llama culpa. A veces miraba el cuaderno a medio escribir pero ya fatalmente interrumpido, y llegué a convencerme de que podría recuperar el ritmo más adelante y rellenar con la memoria lo que la existencia de Alejandro había devorado. Pero esto no era la voz de mi voluntad, sino la de mi cobardía.

No entendía por qué era incapaz de escribir sobre él en el cuaderno. Tampoco por qué, al terminar la baja, no había escrito tampoco un artículo sentido y bonito sobre mi hijo en el periódico, como sí hacen otros escritores. Pero cuando me preguntaron, yo respondí que no quiero ensuciar a mi hijo con mis palabras, y me di cuenta de que era verdad. A veces uno no sabe lo que le pasa hasta que lo dice en voz alta a otra persona. Esta es una de las cosas que me ha enseñado Andrea. Sospecho que es una de las cosas que las mujeres han intentado enseñar a los hombres siempre, desde que andamos por esta tierra.

Foto: Un grupo de escolares, a la entrada del colegio. (Note Thanun para Unsplash) Opinión

Dije que no quiero que quede escrito lo que yo veo cuando Alejandro existe porque me parece una traición a su biografía y a la verdad. No quiero que mis palabras interfieran con el blando cimiento inconsciente que forjamos en casa con nuestro amor y nuestros errores. No quiero escribirlo porque no quiero adornarlo, ni deformarlo, ni fabularlo, ni reducirlo a palabras que serán siempre una distorsión porque el lenguaje, por más exageraciones y vanaglorias que empleemos quienes nos ganamos la vida con él, no está preparado para alumbrar una vida como hacen una mujer, una cierva o un dios. No, al menos, mi lenguaje.

He aprendido que el personaje más vivo de la novela más profunda es un muñeco sin alma comparado con un niño cualquiera que transita el tiempo desmemoriado que va de su primera respiración al primer cumpleaños. Un minuto de un niño adormilado es más verdad que Don Quijote y Hamlet juntos. Mi lenguaje no sirve para decir la verdad, sino que intenta torpemente capturarla. Es una red inútil cuando me enfrento a la naturaleza salvaje que hay en un bebé arropado, a los infinitos, microscópicos matices de la vida de mi hijo. Ojalá supiera escribir yo algo tan preciso como su balbuceo inarticulado, como sus primeras sílabas de tanteo repletas de sentido universal.

Dije que no quiero que quede escrito lo que yo veo cuando Alejandro existe porque me parece una traición a su biografía y a la verdad

Por este motivo no he escrito más en el cuaderno, ni un artículo muy bonito y sentido sobre el niño. Los trescientos sesenta y cinco días que ha empleado en convertirse en la sustitución de todo lo que parecía tan importante quedan liberados de mi interpretación, del peso de las sugestivas metáforas a las que yo lo reduciría, de las justificaciones o explicaciones que, tratando de escribir algo interesante para los extraños, desparramaría sobre su existencia.

Foto: Una madre escribe en su ordenador con su bebé en brazos. (Pexels/Sarah Chai)

Por eso tampoco estoy escribiendo ahora mismo sobre Alejandro, sino que escribo acerca de mi incapacidad, mientras avanzan las primeras horas del día 1 de diciembre de 2021 y fantaseo con la forma en que brillará su rostro cuando lo alumbre la vela encima de la tarta. Será esta una de tantas imágenes que me negaré a clavar con los alfileres del verbo para disecarla en una página. Una imagen que puedo anotar ahora porque todavía no ha ocurrido. Porque no la traiciono por completo si la escribo antes de haberla visto.

En fin: no quiero encadenar al niño con los tentáculos de mi vanidad, y no hay forma de que escriba sobre él sin hacerlo. Como si me poseyera un diablo, escribiendo de Alejandro querría hacer un texto hermoso que rivalizara con su hermosura colosal, irreal de tan verdadera, incomprensible y, por lo tanto, sujeta a las leyes del amor, que son diferentes a las del idioma. Pero sí quería dejar aquí estos pensamientos, esta excusa, por si acaba él preguntándose por qué su padre, siendo escritor, se negó a escribir un cuaderno que diera fe de sus primeros días, o artículos muy bonitos y sentidos de su primer año de vida. Niño, tú eres demasiado para escribir.

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