Pienso que la misma gente que hoy se exhibe antifranquista cobrando del Estado habría sido franquista cuando tocaba cobrar del Estado por odiar a los rojos
El Carnaval de Redondela (Pontevedra) quema a Franco, "las dictaduras y el fascismo". (EFE/Salvador Sas)
Por
Juan Soto Ivars
EC EXCLUSIVO
El Gobierno anunció cien actos contra Franco y por ahora se han celebrado menos. Es una buena noticia para los hospitales y las carreteras. Un ahorro, y no será por falta de bocas que alimentar. Cada acto contra Franco es un chorro absurdo de pasta a la cuenta bancaria de gente que, o se lo ha ganado admirando a Sánchez, o se las ha arreglado para no meterse con Sánchez, o agradece la liquidez. En 2025, el único sentido que le queda a ser antifranquista es cobrar por ello.
En los 60, la misma postura suponía perderlo todo. Hablan mucho de eso en los actos: lo duro que era vivir contra Franco, mucho más duro que vivir contra Sánchez. Pero, es curioso, la sensación que yo tengo viendo esos actos es que el sanchista y el franquista no se parecen sólo en el ismo. Pienso que la misma gente que hoy se exhibe antifranquista cobrando del Estadohabría sido franquista cuando tocaba cobrar del Estado por odiar a los rojos. Suposiciones mías.
Porque los regímenes cambian, pero el dinero público de la propaganda siempre acaba en las mismas manos. Porque hay gente que cree en ideas, en abstracciones, y tiene principios. Y luego hay gente que sabe dónde está la ubre y la encuentra, aunque le cambien la vaca.
En fin. En el marco de la racha inversionista de antifranquismo, el pasado 26 de abril se celebró el acto 'Conquistas del pasado, derechos del presente', que versaba sobre el papel trascendental de los sindicatos en la muerte de Franco. No sé si es que le causaron ellos la célebre "diarrea en melena", esto no se explicó. Había entonces cantautores capaces de provocarla, no sé si eran sindicalistas clandestinos.
Es cierto que los sindicatos conquistaron derechos. Pedro Sánchez los ha subvencionado con el doble de dinero que Rajoy, y ahora mismo reciben tanto dinero que están dispuestos a decir que Yolanda Díaz es una gran ministra. Tanta pasta han recibido, de hecho, que hemos alcanzado ya la arcadia de los trabajadores. Por eso nadie sale a manifestarse el 1 de mayo. Ya no hace falta.
Como he pagado mi parte del acto, lo he visto entero. La estructura fue esta: Héctor de Miguel (Quequé) y Marina Lobo presentaban al estilo "Noche de fiesta" y leían chistes en unas chuletas. Tocó una canción Zahara y luego pusieron un vídeo de Yolanda Díaz, a la que Marina Lobo presentó como “la vice”, porque la ministra no había podido asistir. Luego apareció la comisionada de los actos contra Franco, una señora con el poder de enchufar de pasta a todos los demás, pavisosa, y dieron paso a una mesa redonda donde Unai Sordo y Pepe Álvarez recalcaron su propia importancia.
Hacía falta en ese momento comedia y actuaron dos cómicos de esos que ponen todo el rato la pose “soy la seño”. Daba risa que nadie se riera.
Para profundizar en el franquismo, salieron cuatro jóvenes, sindicalistas todos ellos, y hablaron sin autotune de la vida precaria, que es culpa de Ayuso. Me interesaba cero lo que decían, pero apunté todos sus nombres porque sé que todos presidirán empresas públicas o acabarán de ministros. Luego pasaron otro vídeo con fotos de gente en la cárcel y en manifestaciones, y después llegó la hora del fetiche.
La primera parte de la hora del fetiche fue la entrega de unas “declaraciones de reparación y reconocimiento personal” a personas que padecieron condenas o sanciones durante la dictadura por sindicalistas. Salieron estos entrañables vejetes a recoger diplomas, se les aplaudió, y la gente se sintió muy bien. La segunda parte de la hora del fetiche fue un coro de mineros asturianos, vestidos de mineros, de una mina que seguramente se cerró hace veinte años, porque la Democracia también ha jodido mineros a su manera. Santa Bárbara Bendita, tralará.
Hubiera sido éste un final apoteósico, incluso digno, pero llamaron a Óscar López para cerrar el acto. Que nadie piense que Óscar López ha trabajado en una mina, ni que sufrió la represión de Franco. Su destino es más triste y más oscuro, pues se presenta con el PSOE a la Comunidad de Madrid. Pese a su triste papel histórico, López tuvo palabras de ánimo para todos, la gente aplaudió mucho y, según la tradición de CCOO, se fueron todos a tomar un canapé.
Bien. Hasta aquí el acto. Ahora lo importante. Pablo Haro ha publicado la cuenta. El total fueron 138.617,42 euros (IVA incluido), lo que dividido por cuotas de autónomos da 412. Es decir: 412 autónomos han pagado su cuota de este mes para que 500 personas que cobran dinero público se metan en un teatro a aplaudir a gente que cobra dinero público por decir cosas antifranquistas y loar a los sindicatos.
Marina Lobo y Héctor de Miguel cobraron 18.148,79 € por presentar. Parece una cifra aleatoria, pero no: dividida por 1,21 (el IVA) nos da 14.999 €, que es el importe exacto para evitar la licitación pública y poder adjudicar a dedo. La cantante Zahara actuó cuatro minutos y cobró 16.94 0€, y el dúo de cómicos se llevó 4.235 € por un monólogo de cinco minutos y medio. Como hay gente que no se cree las cosas, Pablo Haro ha publicado el papel de transparencia.
Bien: en YouTube, el vídeo de la gala lleva ahora mismo 2.000 visualizaciones. Es una décima parte de lo que generamos Alberto Olmos y yo en cada capítulo del pódcast 'Lo más odiado'. 'Mutatis mutandis', si a nosotros nos pagasen en proporción a las visitas según el precio por minuto de ese acto, seríamos ahora tan ricos como los sindicalistas, trabajando lo mismo.
Pero no lo somos: tal vez nos falta antifranquismo. Deberíamos aprender de Alan Barroso, 'influencer' que cobró 3.000 euros de tu dinero por hacer dos vídeos de un minuto y medio contra Franco. Tiene motivos para detestar la dictadura, porque en el No-Do le hubieran pagado menos.
El Gobierno anunció cien actos contra Franco y por ahora se han celebrado menos. Es una buena noticia para los hospitales y las carreteras. Un ahorro, y no será por falta de bocas que alimentar. Cada acto contra Franco es un chorro absurdo de pasta a la cuenta bancaria de gente que, o se lo ha ganado admirando a Sánchez, o se las ha arreglado para no meterse con Sánchez, o agradece la liquidez. En 2025, el único sentido que le queda a ser antifranquista es cobrar por ello.