Imanol Arias empezó a recordarme mucho a mi padre cuando los dos empezaban a pintar canas. Se lo decía a mi hermano: ¿tú has visto? ¡Cada vez son más parecidos! Tienen la misma forma de cabeza, el mismo corte de pelo, la misma piel. Mi padre, más grueso que Imanol, parece Antonio Alcántara cuando le tocan la moral.
Empecé a ver 'Cuéntame' con mi familia cuando era adolescente y mi hermano un niño. Parecíamos los personajes de 'Cuéntame' en un tiempo en que las familias todavía se reunían por la noche a ver la tele, como en el primer capítulo de la serie, cuando Antonio Alcántara trae a casa el primer televisor.
No conozco de nada a Imanol Arias, pero por estas cosas que digo siempre me ha caído muy bien. A veces desarrollamos cercanías familiares con gente que no conocemos de nada. Me pasa también con Ana Blanco o Jordi Hurtado. Esta familiaridad me ha hecho recibir con pena la noticia de su condena. Y su condena me va a servir para soltar unas cuantas cosas que llevo pensando de Hacienda desde hace tiempo.
El asesor fiscal con el que trabajaba, Fernando Peña, había sido inspector de Hacienda y construyó un entramado de sociedades para evadir el máximo de impuestos. Ofrecía este servicio a los famosos diciéndoles que todo era legal, y gracias a sus trucos y su prestigio acabó convertido en el asesor de muchos. Parecía un tipo de fiar.
No deja de ser irónico que al verdadero Imanol le haya pasado lo que a Antonio Alcántara cuando se dejaba liar por el sinvergüenza de don Pablo. Pero lo que más me recuerda a 'Cuéntame' no es esto, sino que Hacienda funciona, punto por punto, como si viviéramos en una dictadura.
El primer parecido entre Hacienda y una dictadura es la desproporción del castigo. Por mucho que Fernando Peña sea un chorizo de mil pares de narices, una condena de 80 años de prisión no te cae cuando matas a tu mujer o a tu hijo.Ana Julia Quezada le cayeron 25 años y a Txapote52 por el atentado frustrado en Cintruénigo. Lo digo por poner en perspectiva las cosas.
El segundo parecido entre Hacienda y una dictadura es el chantaje normalizado. Cuando te investigan por algo gordo, se presenta el fiscal y te dice que si aceptas todos los cargos y pagas lo que les salga de los cojones, te rebajarán la condena penal y te librarás de entrar en la cárcel, pero que si te pones gallito y vas a juicio puedes terminar en Alcatraz. Eso se llama extorsión y es incompatible con el Estado de derecho.
El tercer parecido es la opacidad. Se supone que no conocer la ley no te exime de cumplirla, pero pocos contribuyentes saben realmente lo que pueden y no pueden hacer, dónde está el límite entre el delito y el truco. Por eso la gente contrata a asesores: sacerdotes de la religión de Estado, conocedores de los arcanos, que con frecuencia pasmosa tampoco lo tienen claro.
El cuarto es la arbitrariedad. Cuando empezó el mambo, Ana Duato se defendió e Imanol se arrugó ante el chantaje de la Fiscalía y buscó una conformidad. Ahora Duato está absuelta y él, condenado. Es decir: no había una única salida por un hecho semejante, y ambos tomaron una decisión trascendental sin pensar, sometidos al chantaje, que ha dado lugar a que una no tenga antecedentes penales y el otro sí.
La Audiencia Nacional absuelve a Ana Duato y condena a Imanol Arias a dos años de cárcel
El quinto es la intromisión en la privacidad. Hacienda es el único estamento del Estado que conoce más información tuya que tú mismo, como el Gran Hermano. No puedes hacer una puñetera transferencia sin que salte algo, pero luego se hacen los tontos y te obligan a hacer la declaración de la renta. Quizás es porque les divierte verte correr de un lado para otro cuando no cuadra una factura de 230 euros.
El sexto es el absolutismo. La palabra de Hacienda va a misa, por más que se equivoque tan a menudo. Te llega una carta aterradora y amenazante, y después de volverte loco y remover Roma con Santiago descubres que el fallo lo están cometiendo ellos. No les pasa nada, pero si tú cometes un error del mismo tipo, la cagaste, porque ya eres un criminal, y nada de lo que alegues te salvará el culo.
El séptimo es la retroactividad. Hacienda es el único estamento del Estado donde un cambio de criterio, como el que tuvo Cristóbal Montoro, convierte de pronto en delito grave lo que tú hacías sin que lo fuera. Personas como Máximo Huerta lo perdieron todo por estos barridos hacia atrás. Y todavía tenían que aguantar que los llamasen insolidarios cuando aparecían en la prensa.
El octavo es la ausencia absoluta de presunción de inocencia. En los juicios con el fisco, el acusado tiene que demostrar su inocencia y desmontar, con tácticas de samurái, la presunción de veracidad del dedo acusador. Parece mentira que esto sea así desde hace tantos años y ningún partido político haya propuesto reformar a fondo la relación entre los pagadores y el saco.
Comportamientos como estos son impropios de un Estado de derecho, por no hablar de las frecuentes razzias en las que los inspectores eligen una profesión, un sector, y mandan una carta tipo criminalizadora a un montón de gente que trata de hacer las cosas bien, y que no sabe ni de lo que le están hablando. Hacienda se comporta como un dictador que considera que todo es suyo, incluidas las personas. Su funcionamiento no casa con la idea que uno tiene de una democracia, vaya.
De hecho, jamás se han subido los impuestos porque lo haya votado la gente. Ni tiene la gente demasiado que decir sobre la forma en que se gasta el dinero de los impuestos. Sanidad, educación, carreteras y MasterChef. Sacan el dinero con maneras dictatoriales y lo gestionan como María Antonieta.
En fin. Se dice que Hacienda somos todos, pero nadie tiene peor concepto de nosotros que Hacienda.
Imanol Arias empezó a recordarme mucho a mi padre cuando los dos empezaban a pintar canas. Se lo decía a mi hermano: ¿tú has visto? ¡Cada vez son más parecidos! Tienen la misma forma de cabeza, el mismo corte de pelo, la misma piel. Mi padre, más grueso que Imanol, parece Antonio Alcántara cuando le tocan la moral.