En estos tiempos nada es lo que parece.Compartes piso pasados los cuarenta, pero la economía va como un cohete. En la tele sale una señora bien, toda vestida de blanco, y resulta que es la ministra de Trabajo, y el yerno de un señor que regentaba prostíbulos dice que abolirá la prostitución, y en la calle te chilla una cosa ridícula, esquelética y pelada, pero no es una rata sino el perrito de una señora elegante.
Un lío. No puedes saber si hablas con un hombre o una mujer aunque tenga barba si no le preguntas cómo se siente esta mañana, ni debes apostar un euro por el Real Madrid aunque juegue con el Getafe, y los socialistas legislan para que los catalanes más ricos dejen de financiar a los extremeños más pobres, y el PP habla de igualdad, y tú ya no sabes ni lo que votaste la última vez.
Así las cosas, ¿cómo reconocer a una víctima? Los judíos bombardean palestinos, los palestinos no sueltan a los rehenes, los ricos se sienten perseguidos y los pobres son más de derechas que Abascal. Tienes a un reportero sistemáticamente despreciado por políticos, pero el abuso de poder va en dirección contraria: es la violencia del escuadrista, una amenaza contra la democracia.
Pues algo así está pasando con Elisa Mouliaá: nadie entiende lo que tiene delante. La valiente mujer que pasó una noche terrorífica con Íñigo Errejón se ha convertido en el objetivo de las críticas desde que El Confidencial publicó una ristra de audios que no hacen sino certificar lo que todo el mundo niega: que Mouliaá es una superviviente. Una mujer que ha sufrido como nadie el mordisco del patriarcado.
Se ha intentado explicar el concepto por activa y por pasiva, pero nada: no existe la víctima perfecta. La superviviente de una agresión sexual no tiene que llorar, ni sufrir, ni haber sufrido siquiera. Basta con que ella sepa, pasados los años, que le ocurrió una cosa terrorífica porque hay gente que lo dice en redes sociales. La víctima imperfecta no cobra conciencia cuando quiere, sino cuando oye hablar.
La primera que vimos fue Jenni Hermoso. De pronto, ante las cámaras, una jugadora de fútbol ganaba un Mundial, un calvo le metía un pico en el podio, todo el mundo se reía (ella incluida) y subían vídeos a Instagram, pero no: habíamos presenciado una escena de ultraviolencia camboyana. Luego vimos a la jugadora coronada en la revista Forbes, aplaudida por las masas, y dio las campanadas con Ramón García y todavía había gente que no era capaz de ver lo mucho que sufría.
Después llegó una ristra de víctimas imperfectasen un reportaje de El País contra Carlos Vermut: la primera había sufrido violencia terrible y siguió más de un año liándose con su agresor, cada vez que se encontraban. La segunda, cuando el agresor se le abalanzó encima, le hizo entender que no quería y el monstruo paró. A la tercera, de tan imperfecta que era, tuvieron que convencerla los periodistas de lo mucho que había estado sufriendo todos estos años.
Pues algo parecido pasa con Elisa Mouliaá. La víctima imperfecta puede perseguir a su ídolo, llevárselo de cañas, calentarlo hasta la casa donde unos conocidos que están de fiesta, sufrir el primer zarpazo agresivo con besos en el ascensor, seguir de fiesta con él como si nada, entrar con él a una habitación donde llega la segunda agresión sexual, seguir de fiesta tan contenta después de decirle que mejor en su casa, irse con él a casa, subir, y sufrir la tercera agresión sexual, y que el monstruo pare cuando ella se lo pide, y la deje escapar disculpándose.
Tras este atentado, puede la víctima imperfecta seguir hablando con él por redes sociales, tan pichi, y ponerle likes, y contarle a la gente del piso que jo tía fatal, un baboso, pero bueno, y años más tarde, al calor de un enjambre de denuncias anónimas, irse a la comisaría a denunciar y convocar a los periodistas, y dejarse mecer por las televisiones, y cobrar su dinerito, y comprarse un piso en el centro de Madrid para ponerlo en alquiler turístico, y dar versiones contradictorias.
Todo eso puede hacer la víctima imperfecta. Y al notar que se ha metido en un lío acojonante, porque ni ella misma considera que lo que le pasó fue un delito, presionar a la gente que estaba en aquel piso para que mienta un poquito a su favor, o cuando menos diga que recuerda cosas que no recuerda, o que ciertas cosas que la víctima dijo jamás fueron pronunciadas, cuando les llame el juez.
Porque no olvidemos que, entre los muchos problemas que tiene la víctima imperfecta, está el hecho de enfrentarse a la justicia patriarcal,que no entiende todavía que las cosas no son lo que parecen, sino lo que la víctima imperfecta dicen que son.
En estos tiempos nada es lo que parece.Compartes piso pasados los cuarenta, pero la economía va como un cohete. En la tele sale una señora bien, toda vestida de blanco, y resulta que es la ministra de Trabajo, y el yerno de un señor que regentaba prostíbulos dice que abolirá la prostitución, y en la calle te chilla una cosa ridícula, esquelética y pelada, pero no es una rata sino el perrito de una señora elegante.