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"Grítalo, grítalo". El carnaval escatológico de Juana y Paqui en Granada
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Juan Soto Ivars

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"Grítalo, grítalo". El carnaval escatológico de Juana y Paqui en Granada

O Arcuri engañó a los sistemas judiciales de dos países durante nueve años y Daniel se pasó su infancia mintiendo hasta esta mañana, o hemos presenciado en directo cómo la alienación parental revienta la cabeza de un crío

Foto: Juana Rivas (c-i), visiblemente afectada, a su llegada al punto de encuentro fijado por orden judicial para que su hijo menor se reencuentre con su padre. (EFE/Pepe Torres)
Juana Rivas (c-i), visiblemente afectada, a su llegada al punto de encuentro fijado por orden judicial para que su hijo menor se reencuentre con su padre. (EFE/Pepe Torres)
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Ayer vimos una teatralización horrenda, tristemente “made in Spain”. Era el patetismo de una Semana Santa sin santo ni piedad. A las nueve de la mañana, frente al anodino punto de encuentro en Granada, periodistas, sol y moscas, y algunas plañideras de Paqui Granados aguardando desde pronto. Mujeres maduras, una con el pelo azul, expresiones de espanto y consternación.

Entre las diez y las once tenía que pasar algo civilizado, suave y discreto: la entrega de un menor a su padre tras siete meses sin contacto con él, por orden judicial. Pero lo que ocurrió fue el esperpento. Granados y Rivas habían preparado uno de sus shows. No el primero, pero sí el más nefasto. A saber cómo ha sido -me preguntaba en mi butaca del teatro- la preparación de los actores, los ensayos.

Estaba todo en calma cuando entró Francesco Arcuri al punto de encuentro: un hombre de lo más reservado, tímido al extremo, que siempre ha dicho que no quiere meter a sus hijos en escándalos pese a estar acusado de los más terribles crímenes; un hombre al que la Justicia de dos países ha dado sistemáticamente la razón frente a las denuncias de la ex; un hombre que ha cuidado de sus hijos mientras se lo ha permitido Juana Rivas, buena parte del tiempo con custodia exclusiva; un hombre que luchó contra una sustracción internacional de menores y contra las instituciones de un país entero, que lo tildaban de maltratador; un hombre que vio cómo su hijo mayor asumía la versión de la madre y lo denunciaba y se enfrentaba a él; un hombre que vio cómo el país de su mujer, España, la indultaba tras una condena por pura politquería; un hombre que, pese a este precedente, cumplió y entregó el hijo pequeño a la madre en vacaciones, pero que al término de Navidad vio cómo se lo volvían a sustraer; un hombre con la custodia que vio cómo la madre escolarizaba al niño en Granada sin que Policía, Fiscalía de Menores o tribunales españoles actuasen de oficio pese a la evidente reincidencia; un hombre que ha pasado siete meses sabiendo que su hijo estaba allí donde todo el mundo dice que él, Francesco Arcuri, es un peligrosísimo maltratador; un hombre que demuestra que no existe presunción de inocencia en las cabezas, pues la excusa siempre es un proceso abierto por denuncias interminables.

En fin. Su entrada al punto de encuentro, ya digo, fue discreta. Dijo que tenía ganas de abrazar al crío. Pero el crío, semanas antes, ya había dado muestras inquietantes. Escribió una carta a la ministra de Infancia pidiendo auxilio. ¿Eran las palabras dictadas por Rivas y Granados? ¿Se disolvería el testimonio al ver a su padre tras siete meses de estricta incomunicación, de aislamiento en casa de Juana?

No. A las once menos cuarto, las cámaras se alborotaron como veletas bajo el huracán. Bajaba por la calle un sucedáneo de cortejo funerario decimonónico: Juana Rivas, Paqui Granados, el abogado y otras mujeres, entre aullidos, lamentos y gestos al cielo, con los niños delante. Rivas se abrazaba a Paqui y, escondida en sus brazos, empezó a caminar para atrás. Daba la espalda al terrible destino.

El niño iba por delante. Ha vivido desde que tenía tres años en Italia con su padre. Ha dicho siempre que su madre los obligaba, a él y al hermano, a mentir en apoyo a sus denuncias nunca probadas. Estuvo (como el hermano) bajo la estricta vigilancia de psicólogos y asistentes sociales en Italia, y todos los peritos dijeron que el padre no era un peligro, pero que la madre sí.

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Pues bien: ahora caminaba bajo el brazo de su hermano mayor, que empezó a decir que el padre quiere matarlos a los dos después de pasar un tiempo con la madre. Procesionaron entre empujones. Podían haberlo llevado en coche a la puerta para evitar líos, pero el espectáculo parecía ser la intención. A Juana Rivas se la llevó una ambulancia. Al niño, en vez de meterlo en el edificio, lo tuvieron un cuarto de hora en la puerta, ante el enjambre de plañideras y periodistas.

Estaba Paqui Granados a su lado. Daba órdenes a los cámaras, los recolocaba. Cuando le pareció que todo estaba en orden, la directora del circo preguntó al niño: “¿Qué quieres hacer, cielo?” Había mucho ruido. Varias mujeres del cortejo gritaron como un coro griego: “¡¿Qué quieres hacer, dilo, dilo?!”. Y el niño musitó algo, incomprensible, y otra mujer le ordenó: “¡Grítalo, grítalo!”

Lo gritó. El niño, de once años, envuelto en ruido, sumergido en lloros, habiendo visto a su madre subir a una ambulancia, rodeado, lo dijo al fin: “No me quiero ir. Me va a matar como vuelva. No puedo”. Satisfecha, Paqui Granados echó un barrido a los periodistas para asegurarse de que las cámaras captaban el dramatismo del momento. Y mandaron al crío para adentro con su hermano.

Foto: el-mail-la-denuncia-en-italia-y-el-delito-mediatico-por-que-la-dura-condena-a-rivas

Ha estado siete meses, repito, encerrado con esa gente. El padre no impedía el contacto del niño con la madre, pero la madre ha sido inflexible en romper toda vía de comunicación con el padre. Así, bajo el regazo de Rivas, Granados y quién sabe cuántas más personas del estilo pululando a su alrededor, oyendo siempre que su padre lo quiere matar, es posible que el niño realmente lo haya terminado creyendo.

Tras un rato en el punto de encuentro con su padre, psicólogas y su hermano, ha vuelto a casa de la madre hasta el viernes. Se supone que el viernes debe irse a Italia con su padre. La jueza ha dicho que se hará con discreción, de otra manera, pero es imposible confiar en que unas personas dispuestas a meter a un crío en semejante embolado vayan a actuar de forma prudente o cuidadosa.

Qué clase de madre mete a un niño de once años en este espectáculo: una desesperada que sabe que lo envía con un monstruo que ha engañado a todo el mundo, o una loca maléfica asesorada y amparada por otras cosas peores, como las instituciones políticas. Luego sólo hay dos opciones: o Arcuri engañó a los sistemas judiciales de dos países durante nueve años y Daniel se pasó toda su infancia mintiendo hasta esta mañana, o hemos presenciado en directo, en la televisión, cómo la alienación parental revienta la cabeza de un crío. Y qué clase de señoras la practican, al estilo de una secta.

Una de dos, ya digo. Pero ojo: porque si, con todos los indicios que existen, la clase política española, los medios y el activismo han decidido ponerse la venda hasta el punto de amparar que una maltratadora se quede con el crío, lo han puesto en peligro. Alguien capaz de lavar el cerebro de un niño no puede ser buena madre, como no lo puede ser un maltratador. Rivas ya huyó con ellos. Ahora no puede sin terminar encerrada. ¿Qué hará?

Lo que nos espera tras el clímax melodramático del martes es algo que preferiría no tener que averiguar. Pero lo sabremos. Por fortuna, a mí me va a pillar de vacaciones. Os lo tendrá que contar otro. Me despido de todos, hasta la última semana de agosto. Que descanséis.

Ayer vimos una teatralización horrenda, tristemente “made in Spain”. Era el patetismo de una Semana Santa sin santo ni piedad. A las nueve de la mañana, frente al anodino punto de encuentro en Granada, periodistas, sol y moscas, y algunas plañideras de Paqui Granados aguardando desde pronto. Mujeres maduras, una con el pelo azul, expresiones de espanto y consternación.

Caso Juana Rivas
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