Ante un mensaje tan sorprendente y difícil de entender, el mundo podría haber callado un momento. El mundo podría haber parado hasta encontrar las preguntas correctas que pudieran dirigirse a unas respuestas de repente incomprensibles
Vista del exterior del chalet situado en la calle de la Jara. (EFE/Alberto Lozano)
En Alpedrete se produjo la otra noche un crimen terrorífico. Un hombre mató a puñaladas (cincuenta) a su mujer y se suicidó. En el mismo momento en que se conoció la noticia, se incrustó con toda su sangre en un molde que espera, no sin cierta indiferencia burocrática, a cualquier acto en que una mujer muera a manos de su pareja o expareja. El contador de las víctimas de la violencia de género subió un dígito.
De pronto salió el alcalde de Alpedrete (PP) y dijo, cariacontecido, que no le parecía un caso de violencia de género; que él conocía a la familia y se querían; dijo que esto era un problema de locura y que “el sistema” les había fallado. Este comentario produjo la tormenta previsible y debieron llamarlo de Génova porque el alcalde salió otra vez a decir que sí era violencia de género al poco rato.
Según la ley integral de 2004, violencia de género es el acto de un hombre que atente contra la dignidad, integridad física o psicológica de su pareja o expareja mujer, pero por el mero hecho de ser mujer; un acto por tanto no de pasión, locura o maldad, sino de discriminación, desigualdad y un abuso de poder. Podría pensarse entonces que, para etiquetar como violencia de género el asesinato, habría que probar si el asesino la mató por el hecho de ser mujer, puesto que, como nos recuerda Gemma Goldie, “no todo lo que le pasa a una mujer le pasa por ser mujer”.
Pero no. Según la jurisprudencia, esto en realidad no importa. El Tribunal Supremo dejó claro en una sentencia que cualquier acto violento o humillante de un hombre contra su pareja o expareja mujer debe ser considerado como violencia de género sin más averiguaciones, dado que el Código Penal se refiere a “todo acto”, y el “todo” tiene poco margen de interpretación.
De manera que se equivocó el alcalde: ese asesinato con cincuenta puñaladas del hombre de Alpedrete contra su mujer será violencia de género a efectos legales y de contabilidad de víctimas, y no importa la relación previa, ni los trastornos mentales del agresor, ni sus ideas sobre la igualdad entre los sexos. Da lo mismo que el hombre, en el rapto, haga lo que según sus principios morales no haría. Da lo mismo la motivación.
Hace unos años contabilizaron como violencia de género el homicidio de un anciano que mató a su mujer, enferma de alzhéimer. Ese hombre fue procesado por este delito pese a que el crimen recordaba más bien a la película 'Amour' de Haneke. Sin embargo, no fue por violencia de género la condena contra un hombre que se puso a pegar a mujeres al azar en la calle al grito de “sois todas unas putas”, por más que el tipo fuera un auténtico machista recalcitrante que agredía de viva voz por ese motivo, dado que entre el agresor y sus víctimas no había ninguna relación sentimental.
Quiero decir con esto que con la definición española de violencia de género luego pasan cosas así de raras. Son los meandros de un delito que habla en simultáneo de una intención y de una forma cavernícola de ver a la mujer, cuando la jurisprudencia ha disuelto esa intención o su ausencia en la irrelevancia. Esta brecha la abrió la distancia sideral entre el interés político de las cosas y el interés humano por comprenderlas.
Como sea, el discurso público en torno al crimen de Alpedrete, que había descarrilado con las palabras del alcalde, volvió al redil cuando el presidente Sánchez, la ministra de Igualdad y Radio Televisión Española (el ministerio de la verdad) salieron con una agilidad producto del entrenamiento y una batería de misiles apuntando al PP y su negacionismo. Pero sucedió algo todavía más inaudito.
Un comunicado de los dos hijos varones del matrimonio en que los huérfanos suplicaban que no se manchase el nombre de su padre para hablar de machismo, y que la gente respetara su dolor y los dejaran en paz. Bonita cosa. Explicaban lo mismo que el alcalde: un relato, francamente difícil de entender a la primera, en el que unos padres se quieren, se ayudan y respetan, hasta que la enfermedad y la falta de ayuda social desencadena un acto fatal del padre contra la madre y contra sí mismo.
Eran dos huérfanos, hijos del hombre que mató y de la mujer que recibió las puñaladas, pidiendo a la sociedad que no nombre lo que no conoce
El comunicado de los hijos helaba la sangre por la tristeza y el desamparo que traslucían las palabras. Yo no entendía nada. Eran dos hermanos huérfanos, hijos del hombre que mató y de la mujer que recibió las puñaladas, pidiendo a la sociedad que les deje tranquilos y que no nombre lo que no conoce. Describían, tanto al asesino como a la asesinada, como “buenos”. Repito que helaba la sangre el desamparo.
Ante un mensaje tan sorprendente y difícil de entender, el mundo podría haber callado un momento. El mundo podría haber parado hasta encontrar las preguntas correctas que pudieran dirigirse a unas respuestas de repente incomprensibles. Pero pasó lo previsible, y hordas de gente con todas las respuestas atribuyó al sexo de los dos hermanos sin padres el crimen de colaborar en el asesinato.
Se los despelleja desde el humanitarismo fingido a esos dos que han perdido a sus padres y piden clemencia a la máquina de poner etiquetas. Nadie para a respirar, son esos dos huérfanos el problema social, etcétera.
Qué sabrá la gente, qué puede saber la gente, si se han olvidado del verbo "preguntar" porque creen que ya lo saben todo
Lo peor es que derraman al mismo tiempo, como vómitos, una falsa compasión sobre la asesinada que parece importar en tanto que material para la cruzada. En fin. Qué sabrá la gente, qué puede saber la gente, si se han olvidado del verbo "preguntar" porque creen que ya lo saben todo. Yo, la verdad, tampoco entiendo nada. No comprendo cómo de una pareja como la descrita por esos dos pobres chavales puede brotar semejante final. Pero me cuidaría mucho de insultar a los hijos de lo que no entiendo.
Me cuidaría mucho de ladrar al paso de un misterio como algunos perros al paso de las motos por la calle.
En Alpedrete se produjo la otra noche un crimen terrorífico. Un hombre mató a puñaladas (cincuenta) a su mujer y se suicidó. En el mismo momento en que se conoció la noticia, se incrustó con toda su sangre en un molde que espera, no sin cierta indiferencia burocrática, a cualquier acto en que una mujer muera a manos de su pareja o expareja. El contador de las víctimas de la violencia de género subió un dígito.