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Esas dos cosas que cayeron por el balcón con una madre que sufría
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Juan Soto Ivars

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Juan Soto Ivars

Esas dos cosas que cayeron por el balcón con una madre que sufría

Una mujer saltó con sus dos hijos, gemelos de tres años, desde un décimo piso. Ella está muerta, los pequeños no. Se hace un nudo en

Foto: Una mujer se precipitó el pasado sábado con sus dos hijos desde un décimo piso en Madrid. (EFE)
Una mujer se precipitó el pasado sábado con sus dos hijos desde un décimo piso en Madrid. (EFE)
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Una mujer saltó con sus dos hijos, gemelos de tres años, desde un décimo piso. Ella está muerta, los pequeños no. Se hace un nudo en el estómago al leer la noticia, pero te tranquilizan: “Fuentes de la investigación descartan un episodio de violencia de género y apuntan a un suicidio de la mujer”.

La circunstancia debe ser extremadamente relevante para que la destaquen en las entradillas en medios tan distintos como El Mundo, elDiario.es o La Ser o la usen para cerrar un reportaje extenso de El País.

En el intento de comprender lo que hubiera sido fácil de explicar en caso de hacerlo un hombre con sus hijos, el reportaje de El País utiliza comentarios de los vecinos. Los manuales de deontología insisten desde 2004 en que no se debe jamás hablar con los vecinos de un crimen machista, pues no es relevante lo que digan. Pero, al descartarse aquí la violencia de género, vuelve a ser interesante preguntar.

Cuentan que la mujer se había mudado hace poco, que era normal aunque solitaria, que no había padre y que los dos niños eran preciosos y majísimos y los veían en el parque. Ahora esa mujer está muerta y los dos niños gravemente heridos, y esto deja sola a esa mujer muerta, no con su responsabilidad, sino con un extraño protagonismo.

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Repito que hay dos niños gravísimos en dos hospitales diferentes, dos niños que han experimentado algo que nos sume en el terror más absoluto, dos niños de tres años que sobreviven en un mundo que siempre estará calcinado para ellos, dos niños a los que su madre ha intentado matar como último gesto, pero había que aclarar a toda prisa el mayor enigma, el foco de la angustia social.

Como se descarta la violencia de género, hemos de distraernos en los meandros de la condición humana y la psiquiatría. Parece que lo interesante sea la madre, y no los niños. Se llega incluso a esbozar una disculpa.

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El penúltimo párrafo del reportaje de El País nos informa: “el suicidio es, según la Organización Mundial de la Salud, un problema de salud pública que no depende de una sola causa, sino en el que influyen múltiples factores: sociales, culturales, biológicos, psicológicos y ambientales. La persona que se suicida no quiere acabar con su vida, sino con el sufrimiento que padece”.

Pero aquí no hablamos de un suicidio. Hablamos de un doble intento de filicidio. Hablamos de la cosa más vulnerable del mundo (dos niños) arrojada al vacío junto con la madre que, en un acto cruel de la voluntad, quiere que todo desaparezca con ella.

Si miramos compasivamente a una madre que ha hecho esta atrocidad, entonces tendremos que mirar compasivamente a todos los asesinos. Preguntar a los vecinos, esbozar disculpas, plantearnos que no siempre mata el malo, sino que mata el que no sabe cómo salir de un sufrimiento.

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Sin embargo, todos sabemos que no es necesario. La condición humana está escindida hasta el punto de que esos niños aparecen como personajes secundarios en la tragedia de sus vidas. La mujer que se ha tirado por la ventana con ellos ha convertido, con ayuda de la prensa, a esos niños en prolongaciones de su dolor, en calibradores de su desconsuelo. La prensa habla de ellos como si fueran piezas de la madre.

Esto es siniestro, porque encaja con otras piezas. Ya he contado muchas veces que en España no se lleva hace años el recuento de los hijos asesinados por sus madres, sino que el Poder Judicial nos proporciona la cifra de los que son asesinados por sus padres. Las noticias de madres que asesinan suelen aparecer como sucesos incomprensibles, mientras que los de padres que hacen lo mismo vienen predeterminadas por una narrativa.

Tal vez tendríamos que mirar el horror como si el horror siempre fuera nuevo. Pero desde luego tendríamos que ser capaces de distinguir un suicidio de un intento doble de asesinato. Cuando una madre saca una pierna por la barandilla con sus dos criaturas agarradas deja de ser el centro de la noticia.

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Esta forma de ver el mundo desintegra a los niños. Pero yo no dejo de pensar en dos niños de tres años, gravísimos, en el útero de dos hospitales y a las puertas de una vida monstruosa. No puedo dejar de pensar en esos niños y ya no entiendo una sola noticia.

Una mujer saltó con sus dos hijos, gemelos de tres años, desde un décimo piso. Ella está muerta, los pequeños no. Se hace un nudo en el estómago al leer la noticia, pero te tranquilizan: “Fuentes de la investigación descartan un episodio de violencia de género y apuntan a un suicidio de la mujer”.

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