Objetar

Curiosa escena en Las Ventas con un toro que no ha hecho ni siquiera amago de embestir o presentar pelea

Foto: El diestro José Garrido, durante el séptimo festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)
El diestro José Garrido, durante el séptimo festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)

Plaza de toros de las Ventas, lunes 14 de mayo de 2018

7ª de feria.

Algo más de tres cuartos de entrada en tarde fría y con viento muy molesto en la plaza y en los tendidos.

Seis toros de Las Ramblas de entre 568 y 643 kilos. Muy grandes y muy serios, con grandes y astifinos pitones. Todos castaños o colorados. De juego variado y en general complicados en la muleta, pero con poder y transmisión, sobre todo los dos primeros. El cuarto fue devuelto al no embestir a los capotes y sustituido por un buen sobrero de José Cruz.

David Mora, de verde manzana y oro, ovación y silencio tras dos avisos.

Juan del Álamo, de blanco y plata, ovación tras aviso y silencio.

José Garrido, de verde botella y oro, silencio tras aviso y silencio.

Naces en familia de guerreros, de estirpe destacada y distinguida, condecorada mucha de ella en las grandes batallas de otros frentes. Te preparan con formación académica en estrategia y táctica, en técnicas de ataque y emboscadas, en incursiones, asaltos y escaramuzas. Forjan tu cuerpo con alimentación escogida de proteína natural y algarrobera. Cuidan tus armas naturales, potencian tu instinto agresivo, convives en perfecta disciplina con hermanos elegidos para heroico destino. Normalmente no conoces hembra, reservando de tu interior lo más preciado para conservar íntegra tu fiereza y poder morir tranquilo sin saber lo que es la siesta. Te alimentan, te cuidan, te veneran. Intentan darte gloria en vida preparándote para la pelea. Seleccionan tu unidad por aguerrida y te eligen entre muchos para el comando de élite de seis hermanos que este lunes se enfrentan a la batalla definitiva por la vida, por la fama y por la herencia.

Y sin saber bien qué pasa te sueltan el cuarto al ruedo y al ver el panorama de albero, capotes, gente, mucho frío y mucho viento, reflexionas sobre ancestros, condecoraciones y batallas y resuelves bien dispuesto que lo tuyo no es la guerra, que eso no tiene objeto. Pero no tiene objeto ni guerra, ni batalla, ni bronca, ni discusión, ni respuesta, ni siquiera una charleta, ni un mísero saludo, ni una mirada ni nada. Y tú con todo tu trapío, tu formación y tus armas, te declaras objetor en todo el medio de la plaza.

El diestro Juan del Álamo, durante el séptimo festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)
El diestro Juan del Álamo, durante el séptimo festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)

Y así se mostró Opaco, cuarto toro de Las Ramblas: objetor, desertor, insumiso, desobediente, rebelde y paria. Y es que salió por los toriles más fornido que un legionario, más armado que un marine, dando miedo —con razón— como el resto del comando, impresionante destacamento los seis de este lunes de Las Ramblas, todos con 600 kilos y dos cimitarras por barba.

Y no desmerecía Opaco en nada salvo por sus pacifistas entrañas, y se plantó en medio del ruedo, se paró clavando la mirada y le faltó desplegar una pancarta que anunciara que ese hijo de guerreros, ese hermano de marines, esa vida de entrenamiento, esa virginidad autoimpuesta, serviría solamente para consolidar el esfuerzo de no embestir ni un capote, de no responder al intento de todos los vestidos de luces persiguiéndole por el ruedo.

Imposible que embistiera, inútiles las provocaciones, desesperados los toreros y boquiabiertos los espectadores. Decidió el buen presidente sacar un pañuelo verde que resolviera la afrenta en frentes muy diferentes a los que supone una fiesta. Y el toro volvió a los corrales, donde morirá con pena, en la soledad y en la ignominia de no hacer gala de su aguerrida familia, de su seleccionada genética.

Salió por los toriles más fornido que un legionario, más armado que un marine, dando miedo —con razón— como el resto del comando

Curiosa escena este lunes en Las Ventas con un toro que no ha hecho ni siquiera amago de embestir o presentar pelea. Huidizo y acobardado, ha obligado al presidente a devolverle a los corrales sin siquiera dar un lance. Nada que objetar al menos por mi parte. Me ha parecido una decisión razonable y a favor del espectáculo. Es cierto que con el reglamento en la mano no procedía la devolución, pero no creo que el descabellado esperpento de ver perseguir a un toro para poder picarle o someterle a la tortura de matarlo en el ruedo dejando tan a las claras su falta de casta y bravura sea algo que la fiesta se pueda permitir ya a estas alturas. Y aun reconociendo el perjuicio económico para la empresa y la razón de los más radicales por ver cómo podrían desenvolverse las cuadrillas con semejante objetor, sin contar la alta posibilidad de un mal percance, creo que la decisión del presidente ha sido la justa y la correcta. Por mí, nada que objetar a la sentencia.

Poderosos se han mostrado sus hermanos, grandes, altos y astifinos. Todos en los 600 kilos encajados en volúmenes que han impedido un toreo ortodoxo y mucho menos fino. Entre el viento y la caja de semejantes tráileres bovinos, resultaba difícil estirarse, torear a la cadera, poner plana la muleta o rematar con donaire. Aun así, la terna de David Mora, Juan del Álamo y Garrido ha demostrado oficio y excepcionales cualidades que a otros toreros más fríos, menos duchos o entregados, semejante cargamento de carnes acastañadas les hubiera puesto en más de un compromiso arriesgado.

El diestro Juan del Álamo da un pase a su primer toro durante el séptimo festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)
El diestro Juan del Álamo da un pase a su primer toro durante el séptimo festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)

Menos mal que el sobrero de José Cruz embistió como los ángeles y nos deleitó bastante con una buena faena e infinidad de pases, y si no hubiera salido entre toros descomunales, lo que provocó protestas, a estas horas igual estaríamos celebrando puerta grande.

Y si a las cuatro toneladas de toro que son un reto les sumas el viento del norte que arrugaba las muletas, y a muchos espectadores, y te imaginas las caras y sobre todo los pitones que tenían que cruzar para acabar con esas fieras, se entenderá que la tarde fue de silencios y pinchazos, de toreros aguerridos y de toros objetores.

Feria de San Isidro

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