'Samiurais'

Delante de los Miuras, feos, sosos y poco bravos, de la 27ª corrida de San Isidro, solo algunos especialistas pueden salir con decoro

Foto: El diestro Pepe Moral, durante la vigésimo séptima corrida de la Feria de San Isidro. (EFE)
El diestro Pepe Moral, durante la vigésimo séptima corrida de la Feria de San Isidro. (EFE)

Plaza de toros de las Ventas, domingo 3 de de junio de 2018

27ª de feria. Lleno en tarde primaveral y agradable, pero con viento molesto para los toreros.

Seis toros de Miura, de entre 540 y 576 kilos, en el tipo de la casa, grandones, variados de pelaje y agalgados, algunos protestados de salida por no cumplir con las expectativas de tamaño y seriedad de una ganadería tan mítica. Bruscos y complicados, solo el segundo se dejó torear un poco. Toros con peligro y con nula condición para desarrollar el toreo que hoy exigen los tendidos.

Rafaelillo, de azul pavo y oro. Silencio y silencio.

Pepe Moral, de negro y plata. Ovación y silencio.

Román, de grana y oro. Silencio tras aviso y ovación.

Aire torero tienen esos guerreros japoneses apostados ante la muerte con sus vestidos complejos y su ética sufriente. Mística y reflexión ante la vida para no temer perderla por una causa que sea noble, justa o que lo parezca. Los samuráis fueron la élite de los guerreros gobernadores de un Japón medieval cuyo nombre, lejos de las interpretaciones cinematográficas modernas, significaba en realidad servir, o más concretamente, el que sirve o el que se entrega.

Disciplina, control, trabajo y perfeccionismo como origen de un espíritu de sacrificio en sus formas y de entrega en sus objetivos. Bella metáfora del amor incondicional y la profesión de torero, consistente en darlo todo, con sacrificio pleno, incluyendo la propia vida a cambio de casi nada. A cambio de intuirse necesario u oportuno para la tranquilidad o la felicidad ajena, para la paz social, familiar o propia.

Hombres entregados a la disciplina del 'bushido', el camino del guerrero, basado en la autodisciplina, el honor absoluto hacia los maestros, el comportamiento ético y el sumo respeto de uno mismo... Como cuando se es torero.

El diestro Román, durante la vigésimo séptima corrida de la Feria de San Isidro. (EFE)
El diestro Román, durante la vigésimo séptima corrida de la Feria de San Isidro. (EFE)

Y es que hoy, al acabar la corrida, me recordaba una amiga la implicación de Antonio Corbacho en figuras del toreo como Castella o José Tomás. Y retomábamos la reflexión de que ser torero es ser guerrero, asceta, generoso y samurái. Eso decía Antonio, que descanse en la paz de esos guerreros que le dieron la inspiración oportuna para forjar así toreros, cuando intentaba explicar la mística de ser figura. Cuando justificaba apasionado la entrega de la propia vida en cualquier batalla librada al final de un paseíllo.

Tienes así asumida la vida, como algo que tienes que entregar a cambio de casi nada, o no te anuncias en Madrid con una corrida de Miura. El haraquiri carteril salta a la vista. Toros altos, delgados y listos que lo único que saben de una muleta es que hay alguien detrás que es quien la mueve, toros que pasan la faena buscando desesperados quién es el que lo hace mientras no disimulan su inconformismo más absoluto con la supuesta condición de bravos de su histórico linaje. Toros que hoy ni siquiera han sido serios ni grandes. Toros de Miura que no necesitan toreros para triunfar, que necesitarían suicidas samuráis en realidad, para no dejar en evidencia su verdadera realidad, cercana a la mansedumbre.

Y es que hoy hemos tenido toreros un poco ascetas, generosos, samuráis cercanos a ser suicidas, como el buen Rafaelillo, que en su humildad y trayectoria lleva ya matadas unas cuantas corridas de las de Miura, una vez más delatada, fatal para los toreros y negada del todo para cualquier posibilidad de éxito. Fatal porque en realidad no embisten a los capotes, no se entregan ni repiten. No empujan a los caballos, no humillan a la muleta y no se dejan matar. Y negada para ningún éxito porque no recuerdo los años que llevan sin facilitar aquí triunfo de puerta grande. Bueno, que sí lo recuerdo, que fue Manili, hace exactamente 30 años, que son tres décadas sin suerte y muchos toros no bravos.

Pepe Moral, durante su primer toro en la vigésimo séptima corrida de la Feria de San Isidro. (EFE)
Pepe Moral, durante su primer toro en la vigésimo séptima corrida de la Feria de San Isidro. (EFE)


Toreros casi suicidas como Pepe Moral, con grandes formas y fondo, con voluntad y carisma, con valor y buenos modos, especialista en anunciarse con estos toros descritos, samurái con ese código de hacer soberano esfuerzo de intentar hacer las cosas como si fuera un Juan Pedro.

Y sobre todo Román, que parece, delante del toro, haber olvidado que un Miura te puede descoyuntar. Román que, en realidad, parece que esa facilidad de técnica alegre y despreocupada le da para solventar la tarde como una cualquiera.

Y delante de estos Miuras, feos, sosos y poco bravos, solo algunos especialistas pueden salir con decoro. Como Román, Rafaelillo o Moral... Como estos toreros de hoy que han estado a gran altura. Samuráis especialistas en solventar la aventura de hacerse el haraquiri con una corrida de Miura.

Feria de San Isidro

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