Justicia

Cuando acaba una faena, si la mitad más uno de los asistentes manifiestan su aquiescencia de premiar lo que pasara en la plaza, no hay Dios ni autoridad que permita privar del premio

Foto: VigÉsimo tercer festejo de san isidro
VigÉsimo tercer festejo de san isidro

Plaza de toros de las Ventas,

Miércoles, 5 de Junio de 2019

23ª de feria

Casi lleno en tarde primaveral pero con mucho viento, que dificulta la labor de los toreros como viene siendo habitual toda la feria y que se desató violento en el sexto. Presenció la corrida el rey emérito D. Juan Carlos.

Toros anunciados de Garcigrande, completados con el primero de Buenavista, sin transmisión, y el tercero de Domingo Hernandez, serios en general pero algo desiguales de presentación de entre 518 y 603 kilos, mejor el lote de Ginés Marín especialmente su colorado primero de Domingo Hernandez, el mejor hecho de la corrida, que galopó, embistió desde lejos y se entregó para culminar una gran faena, un toro verdaderamente importante y el sexto embistiendo con mucha transmisión, a más toda la lidia, también fue toro de triunfo. Sin opción Castella ni Alvaro Lorenzo en ninguno de sus toros.

Sebastián Castella de tabaco y oro, silencio y silencio

Alvaro Lorenzo de tabaco y oro, silencio y silencio

Ginés Marín de teja y plata, oreja y dos vueltas al ruedo tras petición unánime e incompresible no concesión desde el punto de vista reglamentario de la oreja por parte del presidente que le privó de una puerta grande más que merecida y reclamada por la gran mayoría del público.

Quiero empezar diciendo que dudo de que un pañuelo sea en sala judicial considerado un arma. Tengo amigos abogados capaces de convertir una duda en un axioma. Maestros del verbo y de los códigos, sean penales o civiles, capaces de hacer ver a un juez o a un jurado popular, blanco lo que es del todo negro y negro lo que es a todas luces blanco.

Un picador es derribado durante el vigésimo tercer festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)
Un picador es derribado durante el vigésimo tercer festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)

Sentencias absurdas, a los ojos de los legos, atragantan a diario la comida de millones de españoles que mantenemos la costumbre de ver el telediario, por más sangre que nos pongan, para tener la sensación de sentirnos informados.

Y entre col y pollo sorpresa por ver a un juez condenar a alejamiento a una madre que corrige con la zapatilla las malas formas de su hijo o considera culpable el desahucio conseguido de un humilde propietario que defiende con arrestos sus esenciales dominios.

Si aceptamos el icono, vigente desde los griegos, de una justicia ciega, contumaz e independiente, capaz siempre de abstraerse de elementos accesorios, convengamos que hoy no siempre ese fiel de la balanza que marca ese punto exacto donde poner lo correcto nos pone de acuerdo a todos. Son estos tiempos confusos de opiniones infundadas, eufemismos por doquier, titulares demagógicos y buenismos coloquiales inundándonos a todos. Así que no creo del todo en la perfección de la justicia. Pero en la cultura española siempre ha existido un formato que no dejaba duda alguna de lo que es o no justo.

Una modalidad poco sujeta a interesadas influencias y prácticamente impermeable a troleos y opiniones. Por fin, en territorio latino, un reglamento bien claro que no deja espacio ninguno a interpretación ni rodeos: en una plaza de toros, matado el toro en su tiempo, si pide con sus pañuelos la oreja la mayoría, el designado para concederlo debe, sin ninguna excusa, exponer el suyo propio como concesión de un trofeo.

O dicho de cualquier otro modo, si cuando acaba una faena la mitad más uno de los que asisten a la plaza manifiestan su aquiescencia de premiar con un trofeo lo que pasara en la plaza, no hay Dios ni autoridad, ni cualquier otro criterio, que permitiera privar al actuante del premio. En un país como el nuestro en el que interpretar es oficio que me diga D. José Magán, Alonso por más apellidos y hoy infausto presidente, como cojones se lee el artículo 82 del reglamento taurino, vigente y al que se debe.

Artículo fundamental y que dice claramente que si existiera mayoría en la petición de una oreja su función es concederla esté o no esté él de acuerdo, que absolutamente a nadie le interesa en qué extrañas mierdas está basando su criterio. La segunda es otra cosa. En ese mismo artículo se ningunea al pueblo y se le otorga, autocrática, la decisión al madero. Madero porque durante años la figura de presidente la desarrollaba un comisario, porque de ahí para abajo no se consideraba en tiempos de dictadura, ni autoridad ni cargo eficazmente suficiente para controlar al pueblo. Vendrán tiempos tecnológicos que democraticen pronto también el resto de trofeos: Una app, un pulsador, un whatssap, un qué sé yo…. Algo que sea más justo.

El diestro Ginés Marín. (EFE)
El diestro Ginés Marín. (EFE)

Pero es que la primera oreja nunca pudo tener dudas, siempre fue premio del público que es el que paga esto. A su entrada me refiero, y con eso a los toreros, a los toros, areneros, médicos y presidentes... Y el pueblo era soberano hasta en los tiempos de Franco. Mitad más uno de pañuelos y premio para el anunciado. Y nunca hubo un presidente, así pasaran cien años, capaz al margen de su cargo de llevar la contraria al sufrido y siempre buen pagador populacho. Podrían ser tiempos sin urnas, sin partidos, sin congresos, sin poder manifestarte, sin opiniones o sin prensa alternativa, pero llegaban la mitad más uno de los asistentes, decidían que la faena merecía una aurícula de premio y podía ser el presidente comisario vaticano que sacaba su pañuelo, premiaba al de la coleta y contentaba a casi todos los que habían pagado. Luego se iba a su casa y en la intimidad de su predio manifestaba opiniones y matizaba los premios. Pero lo hacía discreto y en el fondo satisfecho de cumplir bien con su oficio y respetar el reglamento.

Pero hoy no pasa eso. No sé el ofició de Magán, no sé en qué régimen vive. No sé si sabe leer, no sé qué le motive… No sé si el problema es no ver el blanco por los tendidos que inundaron esta plaza cuando Marín, tras pinchazo y monumental estocada, remató faena de oreja a criterio de este público. Yo ni siquiera me meto de si los pases fueron buenos, que lo fueron, la faena rematada, que a mí me resultó completa, y la estocada perfecta, de eso no puede haber duda, después de un breve pinchazo.

Pero tras rodar el sexto toro y todo el mundo pedirla, el presidente decidió en un atentado al reglamento y un desacato aritmético, privar de la puerta grande a un entregado y alegre torero que se ganó con coraje un premio que podría haberle arreglado la vida. No sé si se considera un arma un inofensivo pañuelo pero hoy este Magán ha matado a un buen torero, ojalá no su futuro.

Porque para el pobre Ginés de salir por la puerta grande a dar dos vueltas al ruedo quizá le cambie la vida por contratos y por méritos. Que siendo el toreo un arte se vende por resultados y triunfar en San Isidro es garantía de algo. Lástima de puerta grande pedida con toda justicia. Lástima de presidentes que no respeten la biblia de un reglamento antiguo, pero que hacía de esto la fiesta más democrática de todo el orbe festivo.

Feria de San Isidro
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