Los pilares del toreo

La emoción de la vigésimo novena de San Isidro llegó con un bravísimo toro de Valdellán, un ejemplar para el recuerdo con el que Cristian Escribano no pudo

Foto: Iván Vicente. (EFE)
Iván Vicente. (EFE)

Plaza de toros de las Ventas, martes, 11 de junio de 2019.

29ª jornada de feria. Algo más de un tercio de plaza, posiblemente la peor entrada de la feria, en tarde agradable, pero con viento muy molesto para los toreros.

Seis toros de Valdellán, que debutaba con corrida completa en Madrid y por tanto tomaba antigüedad en esta plaza, de entre 526 y 656 kilos, tres de ellos cinqueños, desiguales de presentación y feos de hechuras en general, siendo el tercero el mejor y más armónico. Con peso, pero sin ese trapío del toro serio y bien hecho, sin cuello y sin clase, no dieron ninguna oportunidad a los toreros, que vieron complicadas sus actuaciones con el fuerte viento reinante. Toros bruscos y violentos, con más genio que bravura, excepto el tercero, que humilló con cierta condición y repitió con codicia, incansable y con transmisión y que fue muy aplaudido en el arrastre. Valorados por el público también cuarto y quinto, no terminaron de desarrollar buena condición para el toreo ortodoxo y exigido para el triunfo en esta plaza.

Fernando Robleño, de corintio y azabache, silencio y palmas.

Iván Vicente, de grosella y oro, silencio y silencio.

Cristian Escribano, de azul pavo y oro, silencio tras dos avisos y silencio.

Gran tercio de banderillas de Jesús Alonso en el tercer toro y Raúl Cervantes e Ignacio Alonso en el sexto.

Pilar hoy me ha vuelto loco. Sobre todo, defendiendo la condición de espantapájaros de José Tomás por los ruedos. Me vi envuelto en la polémica con el sabiondo de atrás, que se cruzó a pitón contrario en la improvisada charleta que con el espacio que había hoy disponible por la plaza surgió después de un par de toros fruto del aburrimiento con la que resultó ser finalmente una simpática paisana. No deja de sorprenderme, vaya por donde vaya, lo que cunde Guadalajara tierra de densidad siberiana. Charla que comenzó explicando por parte de la alcarreña que no le gustaba José Tomás, que prefería a Pepín Liria. Y el sabiondo de detrás, ni interpelado ni invitado, defendiendo torería, estoicismo y una época, casi que la increpó desde el atril de su abono dejándome en el medio de la física y de la incómoda polémica.

Con el corazón partido entre el nacionalismo alcarreño y la evidencia de un fenómeno que ha hecho hito en la tauromaquia, confieso que me despisté del juego de los seis toros y de los méritos de los tres jóvenes toreros que tuvieron que lidiarlos. Porque estando yo, por desgracia, y justo, entre las dos concepciones de lo que es el toreo, no conseguía concentrarme en lo que ocurría en el ruedo ni tampoco en explicar que todo lo que uno haga con conocimiento y respeto al final no solo es bello, es que tiene mucho mérito.

Y que conste que entiendo bien a quien le guste José Tomás como ese clavo clavado en el mero centro del ruedo, que no lo mueve ni Dios, ni tuerce el gesto en el intento y al que además acompaña su misterio adicional, pero es que también entiendo a la expresiva sacedonera, gentilicio de Sacedón, tierra de gente sincera, que dice que dejarse coger en vez de poder evitarlo no es ni fiesta ni toreo, que eso es un circo romano.

Cristian Escribano. (EFE)
Cristian Escribano. (EFE)

Esa confrontación es uno de los pilares del toreo. La grandeza de los gustos, de la percepción del riesgo y las distintas preferencias de los distintos modelos.

Otra de las Pilares presentes hoy en la grada lucía chaqueta blanca tres cuartos almidonada y pantalón de lunares, combinando diadema de imitación a plata, gafas de pasta transparente de estética ya despistada y zapatos de ante rojos que te arrojan al abismo de una composición que evidencia que no hay Zara o similar por esa Alcarria profunda, o ni siquiera un Primark por poblaciones cercanas.

Sola en esa fila dos, nerviosa y muy expresiva, no conseguí comprender la base de su afición hasta que declaró en voz alta que no vería a José Tomás ni aunque tuviera la entrada y mozo que de su brazo se brindara a acompañarla. Aplaudía el primer toro, feo como un camaleón de proporciones hercúleas, protestó la disposición de Robleño ante el engendro, se despistó con el móvil mientras toreaba Iván Vicente y lo mismo soltaba oles que protestas con el cárdeno que embistió como un poseso la muleta de Escribano. Protestaba lo descompuesto de ese orden de la lidia, imposible de controlar con estos toros y el viento. Y soltaba grititos varios de irreproducible gramática, e imposible onomatopeya, que igual citaban al toro como si fuera de ella que recordaba progenitores de la gente con capote con inquina y verborrea.

Estando ella ubicada en la localidad de un conocido, rompí mi usual prudencia repicando delicado con mi mano su chaqueta, acolchada por los hombros haciendo honor a su década. Y me miró sorprendida detrás de la pasta y las gafas con esos ojillos inquietos que igual veían un buen pase que un toro muy descompuesto o un banderillero cobarde, da igual lo que en realidad pasara de verdad en el ruedo. Me miró con ese rímel colorido que pasa del azul al verde en la base de sus ojos y remarca que en su época los ‘blogs’ de las ‘influencers’ no llegaban a sus tierras ni por el ‘Telva’ ni el ‘Pronto’. Y ya que me había mirado después de mi atrevimiento, le pregunté sonrojado qué pensaba de estos toros y de esta extraña corrida que ambos estábamos viendo.

Fernando Robleño. (EFE)
Fernando Robleño. (EFE)

Y como gritaba de miedo con las embestidas violentas y muy bruscas de los toros, entendía de ese gesto su comprensión de la lidia. Pero es que a la vez protestaba con convicción castellana que el torero no ponía la muleta ni tan plana ni tan firme como, según su heredado concepto, en Madrid se debería. Y aunque no me dijo nada y acabé muy distraído, entendí que en esta fiesta uno de sus pilares es que cada uno ve una cosa y actúa con sus palmas, sus pañuelos o sus pitos en coherente consecuencia.

Y allí estaba yo, manteniendo mi despiste y mi obvia reflexión, en medio del que no entendió que pueda gustarte más otro toreo menos expuesto y de riesgo que el de José Tomás Román y esa Pilar solitaria, que me recordaba a mi madre defendiendo sus criterios, que igual sufría por las coladas de los toros de Valdellán que protestaba inconsciente que no se cruzara Iván.

Y con el ruido y con el viento, con Pilar y el de detrás, apenas pude apreciar si el tercero fue tan bueno como quisieron celebrar los que ningunean a los toreros que no son del grupo especial. Y eso no es un eufemismo, que ser del grupo especial es torear en un año más de 43 festejos y a esos no les puedes valorar como valoras a estos.

Mucho valor y muchas ganas en tarde de confusiones, porque los toros pasaban pero no lo suficiente, el viento no dejó jugar las muñecas salvadoras para este tipo de toros y ni el público ni Pilar valoraron las complicaciones de una ganadería nueva que debe mejorar sin duda sus embestidas y condiciones.

Pilares son del toreo diferentes opiniones, tardes de toros confusos, toreros con pocas corridas, paisanas y discusiones.

Feria de San Isidro
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