Vitorear a una madre
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Juan José Cercadillo

Feria de San Isidro

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Vitorear a una madre

Iba un poco receloso. Por si el formato elegido, la fecha incrustada, la falta de continuidad de festejos, el público tan escogido… Tarde de vitorear, más que de ver torear, pensaba

placeholder Foto: El novillero Guillermo García. (EFE)
El novillero Guillermo García. (EFE)

Domingo, 2 de mayo de 2021, Plaza de las Ventas.

Día de la Madre y de la Comunidad de Madrid.

Festival Taurino con Picadores organizado por el Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid a beneficio de la Fundación Toro de Lidia.
6.000 espectadores (máximo aforo permitido) en tarde primaveral, pero fría según avanzaba el festejo.

Siete toros de distintas ganaderías, en general muy bien presentados, destacando el cuarto de Victoriano del Río.

1º de El Capea, bravo y colaborador con el caballo. 2º de Juan Pedro Domecq, devuelto y sustituido por otro de la misma ganadería que a su vez fue devuelto por otro de El Capea, con dificultades y de más a menos. 3º de Garcigrande, bravo en la muleta, embistió incansable con el morro por el suelo resultando ovacionado en el arrastre. 4º de Victoriano del Río, con muchísimo cuajo y muchas complicaciones, un toro difícil que transmitía peligro constante, también ovacionado. 5º de Fuente Ymbro, noble y con temple. 6º de Jandilla, soso en su embestida. Y 7º novillo de El Parralejo, que fue noble, pero se paró al final de la faena.

Diego Ventura, dos orejas. Enrique Ponce, ovación tras aviso. Julián López 'El Juli', dos orejas. José María Manzanares, oreja. Miguel Ángel Perera, oreja tras aviso. Paco Ureña, silencio tras aviso. Y el novillero de la Escuela Yiyo Guillermo García, una oreja.

Foto: El novillero Guillermo García torea en la reapertura de Las Ventas. (EFE)

Vi torear de muy pequeño. Una tarde de sol en La Chata. La plaza de Vistalegre cuando, de bajita que era, aún así la llamaban. Recuerdo como en nebulosa, colorida y variopinta, figuras vestidas de luces, caballos, pañuelos blancos, gritos, pipas, gente gritando, emoción, incertidumbres… Pero, sobre todas las cosas, recuerdo que fui con mi madre. Me llevó, y fue una fiesta, andando desde la casa en Carabanchel de mi abuela. Recuerdo pasar calor y correr por los tendidos. Aún siento el pescozón, de esos de madre coraje, que sin dudar un segundo me encasquetó —no hubo arbitraje— al caer, claramente por mi culpa, al suelo su bocadillo.

Sentí confort aquel día, no era habitual el lance. Ni el de ir a los toros, que estoy seguro fue mi primero, ni el de ver sonreír y disfrutar a mi madre. Creo que fue también la primera vez que vi su cara feliz, olvidada del trabajo, del esfuerzo permanente al que le obligaba su vida. Primero una infancia de campo, de trabajo sin medida. Luego madre adolescente y al demasiado poco tiempo esposa sacrificada e injustamente a la sombra. Quizá fuera esa sonrisa, esa sensación de calma, que mi madre ese día transmitía, la que me aficionó al toro. Quizás hoy me he dado cuenta. Puede que con cinco o seis años que yo tenía por entonces no se fijaran en mi mente del todo las expresiones del arte, las emociones del miedo, la trascendencia de la muerte o lo grandioso de la gloria que derrocha este espectáculo cada vez que se celebra. Pero la mezcla de tanta grandeza, la de los toros y la de mi madre, quedó dormitando muy dentro esperando su momento. Unos 10 años después, con la adolescencia a cuestas, la cercanía de un toro detrás de una talanquera hizo de despertador y me levantó de la siesta. Al cabo de muy poco tiempo, volví a sentarme en una plaza de toros y, con el terreno abonado, la expresión de aquella tarde, también al lado de mi madre, me caló hasta los huesos, conquistó mi alma entera, abrió de par en par a mis ojos y me explicó, a su manera, en apenas un par de horas, que la vida es muchísimas cosas, incluyendo que es pelea.

En el paseíllo, con la emoción del regreso, tomé conciencia de que podemos vivir sin toros, pero es demasiado lo mucho que nos perdemos

En esta festividad, coincidente el homenaje, gracias a la casualidad de celebrar al tiempo maternidad y tauromaquia, déjenme pontificar gritando a mayúscula pelada: ¡VIVAN MI MADRE Y LOS TOROS! Y reedito, con ocasión de haberles echado tanto de menos a ambos, mi compromiso de por vida de honrarlos, quererlos, cuidarlos. Casi dos años de toros se me han hecho mucho tiempo, pero no lo había pensado hasta volver a Las Ventas. Hoy, en el paseíllo, con la emoción del regreso, fue cuando tomé conciencia de que es verdad que podemos vivir sin toros, pero que también es demasiado lo mucho que nos perdemos.

Iba un poco receloso, lo confieso. Por si el formato elegido, la fecha ahí incrustada, la falta de continuidad de festejos en Las Ventas, el público tan escogido… Tarde de vitorear, más que de ver torear, pensaba. De hecho, llevaba la socarrona intención de contar con disciplina pitagórica los vítores que iba a escuchar, más a diestro que a siniestro, en apoyo a cualquier cosa. Así fue desde el primer momento, a unos 20 "¡vivas!" la hora. Teniendo en cuenta que devolvieron los dos primeros toros de a pie, a la muerte del segundo, casi hora y media después de acabar el paseíllo, debíamos llevar no menos de 40 gritos de esos de dar generosa y metafóricamente la vida. Iban como por rachas y se encadenaron algunos que se me hicieron graciosos. Destaco el de "¡vivan las madres!" que despertó mi nostalgia.

Perdí mi cuenta al tiempo que salió el toro tercero. Un burraco de Garcigrande que embistió con tal talento que ralentizó a El Juli. Vi torear hoy por derecho, con cadencia y con gran gusto. Vi a Julián inspirado enseñándose por dentro. Disfrutamos su capote, jaleamos su muleta y celebramos su espada. Dos orejas a un torero que le queda tanto dentro que aunque solo fuera por él tendríamos que pelearnos mejor y preservar la tauromaquia por mucho, mucho tiempo.

Foto: La infanta Cristina y sus hijos llegando a las Ventas. (Limited Pictures)

Vi torear a Manzanares con el aplomo de un héroe. Ni escenificaciones, ni concesiones ni alharacas, solo, y en grandes dosis, lo que es la verdad del toreo. Un tremendo toro de Victoriano del Río que con puntas y a plena feria hubiera hecho mucho ruido. Tremendo valor y compromiso, para mí hasta desproporcionado, de Jose María esta tarde. Sublime la estocada, en momento y sitio precisos, para rematar una faena que me va a hacer verle todas las tardes del año que tenga a bien anunciarse.

Vi torear a Perera con su sello característico de hacer parecer sencillo lo de hincarse de rodillas en el mismo centro del ruedo y medir tranquilo el galope de un toro de Fuente Ymbro. Y cambiarle sin levantarse la embestida hacia tu espalda. Dos o tres o cuatro veces, las veces que le hagan falta, para centrar la atención y hasta el final no soltarla. Luego, entre los pitones, las diabluras de siempre que confirman que hasta el espacio se dobla para que pasen los toros si son él o su muleta quienes la línea trazan.

Tarde de tomar conciencia y tarde de rencuentros. Tarde de vitorear. Tarde de altos sentimientos. Tarde de ver torear, ¡por fin, que vuelvan pronto!

Vi torear a caballo a Diego Ventura primero. Luego vi a un caballo toreando por sus fueros, que lo hizo sin cabezada, ni riendas, casi sin nada. 'Bronce' se llama el torero de cuatro patas que he visto. Vi hoy torear a Ureña quizás en el lado de la fiesta que sale más aburrido; cuando el toro no coopera, está casi todo dicho. Vi torear, como se debe de torear al principio, al novillero elegido de esa escuela que fue El Yiyo que sigue encauzando valores, buenos temples y estilismos.

Tarde de tomar conciencia y tarde de reencuentros. Tarde de vitorear. Tarde de altos sentimientos. Tarde de ver torear, ¡por fin, que vuelvan pronto! Tarde se nos está haciendo.

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