Emprendedor, olvídate del dinero: lo importante es que seas feliz

Emprendedor, está bien que pienses en el dinero, pero, ¿dónde ha quedado ese niño interior cuyos sueños aún no has cumplido? ¿Eh? ¿Dónde?

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Emprendedor, déjame que te dé un solo consejo, que te diga una sola cosa:

“A menudo nos obsesionamos con el dinero. Con ganar más, y más, y cada vez más... y dejamos a un lado lo verdaderamente importante. Porque dime, emprendedor, ¿de qué te sirve tener la empresa más rentable del mundo si luego tú no eres feliz? ¿Para qué quieres ser el más rico del cementerio si no estás cumpliendo los sueños de tu niño interior? ¿No va siendo hora de que bajen los ingresos en tu empresa a cambio de que aumenten los ingresos en tus sonrisas?”.

Vale, que levante la mano quien piense que soy un gilipollas y que lo que acabo de escribir es una sarta de sandeces. Venga, sin miedo. Va, hombre, si nadie te está mirando. Venga, la levanto yo también.

Efectivamente, amigos. El párrafo que he soltado más arriba es una de las mejores colecciones de chorradas jamás escritas. Una de esas frases que quedan genial si las cuelgas en tu muro de Facebook, pero que en el mundo real no sirven absolutamente de nada.

Ojo, que nadie me malinterprete. Ni mucho menos estoy criticando que un emprendedor busque ser feliz, sobre todo si esa felicidad va a repercutir en unos empleados que no tengan que trabajar para el mayor caníbal de la historia.

Los charlatanes de las frases bonitas

Lo que critico es que en los últimos años, y al calor de la (posiblemente necesaria) moda emprendedora, el mundillo empresarial emergente se está viendo rodeado de una serie de charlatanes que, con una lista de frases hechas en una mano y una gran factura en la otra, se encargan de acudir a la burbuja emprendedora con la firme intención de sacar toda la tajada posible.

Todo esto no tendría nada de malo si no fuera porque la mayoría de esos cursos, charlas y motivaciones las ofrece gente que no ha montado en su vida

Porque la cosa no se queda en ser feliz, ojo. A diario, los emprendedores se ven asediados por un conjunto de vendedores de crecepelo que les dicen que lo de ganar dinero está muy bien, oye, pero que también tienes que contratar a un experto (ejem) para construir tu felicidad, cultivar tu liderazgo, dejar salir a tu niño interior... 

Y todo esto no tendría nada de malo si no fuera porque la mayoría de esos cursos, charlas y motivaciones las ofrece gente que no ha montado en su vida. Eso sí, son expertos en endulzarte la vida. Al final, entre unos y otros hemos edulcorado el mundo empresarial en unas dosis que harán que cualquier día de estos nuestros emprendedores mueran de diabetes sin que nos demos ni cuenta.

Del empresario al emprendedor

Pero, ¿de dónde viene tanto edulcorante? ¿Por qué ahora el mundo empresarial es el universo de las gominolas en vez de ser el ecosistema en el que un número de personas aspiran a construir una empresa y generar un modelo de negocio rentable?

En realidad, todo empezó en un cambio cosmético tan (aparentemente) insignificante como (a la postre) perjudicial: la eliminación de la palabra empresario y su sustitución por emprendedor.

Porque sí, en este debate podemos pensar que cada palabra significa una cosa distinta o que en realidad es absurdo establecer diferencias (y ambas tesis son válidas), pero es evidente que la sustitución léxica no tiene nada de casual.

La 'dulcificación' del empresario

Porque claro, con el tiempo la palabra empresario ha ido acumulando una serie de connotaciones negativas que, merecidas o no, provocaron la popularización de otra palabra más acorde que, a la vez que dulcificaba la imagen del que no merece ser dulcificado, añadía nuevos matices semánticos a toda esta nueva generación de gente joven que se anima a montar proyectos empresariales.

Con el tiempo la palabra empresario ha acumulado una serie de connotaciones negativas que provocaron la popularización de otra palabra más acorde

Y es cierto que esa nueva contextualización del concepto se ha hecho de manera muy eficaz, la verdad. Porque, así como el empresario es esa persona millonaria a la que imaginamos encendiéndose puros con la nómina de su empleado, el emprendedor es otra cosa: es el sufridor, el que lucha por sus sueños, el que no se da por vencido... 

El emprendedor es un pardillo

En otras palabras: el emprendedor no genera odio ni envidia porque, en términos muy generales, es un pardillete que lo mismo ni acaba ganando dinero. Y si lo gana, nos alegraremos por él, ya que ha luchado y las ha pasado putas por conseguirlo.

Al final, en vez de preguntarnos por qué los empresarios han acabado cogiendo tan mala fama y darnos cuenta de que esa imagen la han construido a pulso tanto los trabajadores (con razón o sin ella) como los propios empresarios (con razón o sin ella), hemos acabado optando por fomentar un término nuevo: emprendedor.

Y está muy bien que acuñemos términos nuevos, pero el problema viene cuando la dulcificación se vuelve excesiva y a los emprendedores acabamos metiéndoles tantos rollos macabeos en la cabeza que acaban olvidando que esto consiste en que creen un negocio rentable. Nada más... y nada menos.

#emprendedorfurioso

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