Elon Musk, el trilero interplanetario que supera a Donald Trump

Como Trump, Musk es un maestro de la trola y el troleo. No es tan estridente y, al contrario que el magnate de corchopán, es extremadamente inteligente

Foto: Elon Musk, fundador de Tesla y SpaceX. (EFE)
Elon Musk, fundador de Tesla y SpaceX. (EFE)

El segundo timador más grande de la historia de los Estados Unidos puede volver a ganar la Casa Blanca y yo sigo sin comprender cómo tantos primos siguen comprando sus 'feikniús' como si fueran barras de pan en un chino. De la Gran Muralla mexicana a los chutes de lejía anticovid, lo de este sociópata naranja es un desafío tal al sentido común que corremos el riesgo de sufrir una rotura en el tejido espacio-tiempo. O en el de mis calzoncillos, porque ahora mismo pongo la CNN y me voy de vientre como si fuera un AK-47.

La respuesta más sencilla es que nada es nuevo. Los sinvergüenzas y la falta de pensamiento crítico de una gran parte de la población han existido siempre. Da igual que sean de izquierda, de derecha o de centro interior, escalera B. Está en la naturaleza humana. Lo que pasa es que antes los caraduras psicópatas timaban a los pardillos subidos en una caja de manzanas, desde la tribuna del Zeppelinfeld en Nuremberg o por Radio Moscú, y ahora tenemos tuiteros e internetes. Millardos de tontos siguen pasándose el método científico por el forro, en nombre de su catecismo ideológico y el fanatismo ciego. El líder siempre tiene la razón, aunque los hechos demuestren todo lo contrario, se llame Donald Trump, Tim Cook, Pedro Sánchez o el marciano sudafricano.

Ese, ese último, sí que es el trilero más grande de la historia de los Estados Unidos.

Cada vez que ve a Elon Musk en la tele del bar, Paquito me dice que Musk es como Trump, pero con “cobetes y sin el Anasagasti”. Yo siempre le respondo que al menos la rata rubia de Trump es seminatural. La mata de Musk es de esqueje de turco o vietnamita, pelos implantados uno a uno en su cuero cabelludo, como si fuera un androide de 'Westworld'. O una Nancy.

Foto: Reuters.
Foto: Reuters.

Como Trump, Musk es un maestro de la trola y el troleo. No tan estridente y, al contrario que el magnate de corchopán, extremadamente inteligente. El tipo no es Tony Stark, pero se le acerca. Se graduó 'summa cum laude' como gánster de Silicon Valley vendiendo PayPal junto con su socio, el vampiro Peter Thiel. Después, Musk se gastó parte de su nueva fortuna en intentar hacer algo que en absoluto denota un narcisismo con delirios de grandeza galopante: salvar a la humanidad. Con dos diodos.

SpaceX, llamó a su primera nueva empresa. Y como no fue capaz de fichar un jefe de ingeniería de la NASA, Lockheed Martin o Boeing — porque todos se partían de risa cada vez que les contaba su idea de hacer vehículos espaciales reutilizables para ir a Marte —, él solito diseñó su primera nave después de visitar la biblioteca de su barrio y leerse 'Cómo hacer cohetes y otras manualidades', de Wernher von Braun (uno de los que hicieron de palmero al del bigotín en el infame Zeppelinfeld).

Y lo consiguió. SpaceX es hoy un éxito rotundo a pesar de sus incontables fallos, retrasos y promesas rotas. Como lo ha sido Tesla. Por lo menos por ahora, porque Musk acaba de admitir que estuvieron a un mes de la bancarrota por culpa del Model 3 —un coche que ha sufrido más retrasos que el AVE Madrid-Granada—.

Fábrica de Tesla. (Reuters)
Fábrica de Tesla. (Reuters)

Y ahí está precisamente el problema con Musk: es un trilero. Un trilero interplanetario. Unos días nos vende una burra que nunca llega. Otros nos hace el tocomocho, anunciando algo que luego no cumple con lo esperado. Y a veces suelta unas predicciones que hacen que Bill Gates y sus ‘640KB son más de lo que nadie necesitará jamás’ parezcan Nostradamus. Más que Tony Stark, hay días en que Musk parece el hijo secreto del profesor Bacterio y Rappel.

Un ejemplo: en 2014, dijo que la inteligencia artificial haría algo terrible en los cinco años siguientes. Vamos, que mataría a su primera Sarah Connor antes de que la Pedroche cantara el año 2020. Pero 2019 no nos trajo ni a Skynet ni a un robot asesino austriaco, excepto en un truño cinematográfico infumable.

Su miedo a las máquinas listillas, que muchos expertos tachan de absurdo, cristalizó en una compañía creada para convertirnos en cíborgs y sobrevivir al apocalipsis de la inteligencia artificial. Cuando anunció Neuralink en 2017, Musk declaró al 'Wall Street Journal' que en 2021 todos podríamos ponernos un chip en el cerebro para conectarnos a un PC. Y, aunque ese año todavía no ha llegado, lo único que ha enseñado por ahora son tres cerditos con un prototipo de chip que hace '¡bip!' cada vez que un puerco toca algo con la nariz. Cerdos con un Fitbit en el córtex y una posible infección cerebral. Morcillas y pancetas desperdiciadas a cascoporro.

"Musk podría hacer como el cofundador de Apple y solo anunciar cosas que funcionan cuando funcionen, en vez de dar la nota permanentemente"

También en 2017, Musk predijo que en 2019 tendríamos coches en los que el conductor podría dormir durante un viaje. En eso acertó: hoy en día, puedes dormirte tranquilamente al volante de un Seat Ibiza y pegarte exactamente la misma hostia contra la mediana que con un Tesla.

Y así podríamos seguir con su Hyperloop, el tren subterráneo que se iba a mover a velocidades casi supersónicas pero que se ha quedado permanentemente en la estación. O su versión descafeinada, los túneles futuristas de la Boring Company, que supuestamente iban a llevar coches en carritos para saltarse el tráfico pero que al final son solo eso, túneles como los del metro pero para coches. Próxima estación: a tomar viento. Por no hablar de otras cantadas que no tienen nada ver con la tecnología, como aquella vez que llamó pedófilo a un submarinista sin prueba alguna o su apoyo al cretino del marido de Kim Kardashian como candidato presidencial norteamericano.

La última es que probablemente aterrizaremos en Marte en cuatro años, algo que todos los expertos dicen que es imposible.

Elon Musk. (EFE)
Elon Musk. (EFE)

No sabemos si lo que suelta Musk son solo a) chorradas a chorrón dichas sin pensar, b) mentiras compulsivas a cascoporro, c) flipadas inducidas por la droga en el Cola Cao o d) todas las anteriores. Y no sabemos por qué lo hace cuando en realidad no lo necesita. Quizás es culpa de fumar grifa genéticamente alterada, de los revueltos de champiñones marcianos o del LSD, al que también le daba Steve Jobs con buenos resultados, pero Musk podría hacer como el cofundador de Apple y solo anunciar cosas que funcionan cuando funcionen, en vez de dar la nota permanentemente.

Pero al menos, timos del tocomocho o no, alguien sigue soñando en estos tiempos oscuros. Aunque sean sueños megalómanos. Así que dejadle que camele, que diría El Fari. Este hombre no necesita 'cobetes' reutilizables para viajar, Paco.

Hasta los diodos
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