Mirar, probar y 'tirar': los 'wearables' no convencen, ni siquiera el Apple Watch

¿Una pulsera para medir tu actividad? ¿Un Apple Watch? Los pruebas y al cabo de un tiempo pasa lo inevitable: dejas el cacharrito abandonado en un cajón.

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¿Una pulsera para medir tu actividad diaria? La idea al principio parece seductora. La pruebas y al cabo de un tiempo pasa lo inevitable: dejas el cacharrito abandonado en un cajón. Es la decisión que muchos están tomando con las famosas pulseras de 'fitness' que miden tus pasos, calorías quemadas, horas de sueño y hasta hábitos de alimentación, o incluso con equipos más apreciados como el Apple Watch. Doy fe. Semanas después de llevar encima una Fitbit o un 'smartwatch' siempre he acabado haciendo lo mismo: quitármelo como quien se quita un peso de encima para vivir más feliz. Y parece que se está convirtiendo en una tendencia. Fitbit se derrumba en Bolsa ante los malos augurios de futuro y el Apple Watch no despega como se esperaba. ¿Qué está pasando?

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Está ocurriendo lo que se veía venir: ni las pulseras deportivas ni los relojes inteligentes han conseguido traspasar la frontera de sus usuarios más fieles, los 'runners' y los 'nerds'. Están en ello, pero si gigantes como Apple o Samsung no han logrado hasta ahora llegar al corazón del consumidor de a pie, es que algo falla. Y fallan muchas cosas. 

Fitbit es un buen ejemplo. La compañía apostó antes que nadie por los 'wearables', por la idea de hacernos llevar una pulsera como la Flex o la Charge (o ahora un reloj deportivo como el Blaze) para medir cada paso que damos. Arrancó en 2007 y el mensaje tardó un tiempo en calar. Pero lo hizo. Su éxito inicial, sumado a los rumores de que Apple se uniría a la fiesta con un 'iWatch", hizo que surgiera toda una industria especulativa en torno a un objetivo: adelantarse a Apple por si estábamos ante el siguiente gran negocio después de los 'smartphones'. Nadie quería perdérselo.

El Apple Watch se hizo de rogar, por lo que hubo tiempo para probar la primera hornada de pulseras y relojes, y hasta la segunda. Y el resultado fue agridulce. Recuerdo mi primer mes una Fitbit Flex. Al comienzo me lo tomé muy en serio. Establecía objetivos de pasos diarios; miraba a cada minuto la pantalla; entraba varias veces al día en la 'app' para ver mi evolución y la de mis amigos... La Flex tenía fallos (no medía tu actividad subiendo y bajando escaleras o si ibas en bici, y funcionaba con pocos móviles Android) pero era una idea curiosa. El problema: al final me acabé sintiendo atado a un 'gadget' más, uno que, por mucho que lo intentara, no servía para modificar mis hábitos de vida ni para hacerme correr más o comer mejor. Era un pasatiempo que me robaba más tiempo del que me hacía ahorrar. Fue quitarme la pulsera y olvidarme de ella para siempre.

Mucha gente que prueba ahora uno de estos equipos, incluso tras las sucesivas mejoras, reconoce que le pasa algo parecido: se acaban aburriendo, no le encuentran utilidad. Para los deportistas de verdad, aparatos especializados como pulsómetros dedicados (de cinta o pulseras) y relojes GPS acaban siendo la mejor opción; para el resto de mortales, un 'wearable' como la Fitbit Charge HR, la Garmin VivoFit o la Sony Smartband no resuelven ningún problema, todo lo contrario: son una necesidad creada. Eso no quiere decir que no haya mercado. Lo hay. Solo que no tan inmenso como se esperaba (frente a los casi 1.500 millones de 'smartphones' vendidos el año pasado, se vendieron solo 78 millones de 'wearables')

Fitbit es, de nuevo, la prueba. La compañía presentó esta semana resultados trimestrales y, pese a ingresar más de 500 millones de dólares (un 50% más respecto al año pasado) y vender 4,8 millones de equipos, su beneficio cayó a 11 millones de dólares y su acción se desplomó casi un 20% a mínimos históricos. ¿Por qué? Cada vez menos inversores creen que Fitbit vaya a ser un negocio redondo capaz de soportar la competencia de Apple. Entre otras cosas porque ni la mismísima Apple está teniendo suerte con su Watch.

Un año después de su lanzamiento, la compañía no ha publicado aún cifras de ventas, una señal de que no va a ser el éxito mundial que fue el iPod o el iPhone. Según la consultura IDC, Apple está vendiendo unos 4 millones de relojes por trimestre. No está mal, pero es calderilla comparado con los 50 millones de iPhones o 10 millones de iPads vendidos en el último trimestre, el peor en 13 años.

Los motivos por los que el Apple Watch es, de momento, una decepción (problemas de usabilidad y rendimiento aparte) son muy parecidos a los que hacen que te olvides tu pulsera de 'fitness' en el cajón. Nadie en su sano juicio necesita estar atado a un aparato que no deja de vomitar notificaciones y vibraciones - para eso ya tenemos el móvil. Y la diferencia de segundos entre sacar el teléfono o mirar el reloj no justifica desembolsar 400 euros para la inmensa mayoría de usuarios; nadie en su sano juicio quiere responder WhatsApps ni ver fotos en una pantalla diminuta - y menos hablar a la muñeca.

Quizás con la segunda o la tercera generación del reloj, Apple consiga arañar un puñado adicional de millones de unidades vendidas cada trimestre. Y con él todo el sector. Por ahora toca practicar otro deporte con los 'wearables': mirar, probar y 'tirar'. 

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