SU PAPEL DIFICULTA LA LLEGADA DE NUEVOS MODELOS

Urge sacar de circulación a las discográficas

Representantes de un modelo obsoleto, la existencia de las 'majors' de la música no tiene otra justificación que la de encarecer el producto a base de intermediación

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Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados, de la carrera de la edad cansados, por quien caduca ya su valentía.

Ayer, mientras leía sobre las nuevas presiones de las discográficas a Spotify para que limite la música gratuita (que no lo es, sino que se financia con publicidad), me planteé una pregunta inocente. ¿Para qué sirve una discográfica en estos tiempos? Llamé a un par de amigos músicos, de los que viven de su arte, y la conclusión fue más o menos esta: un sello discográfico sirve para editar un disco, promocionarlo y llevarlo a las tiendas.

"Antes eran necesarias; hoy se escogen por pura comodidad. Grabar y producir un disco con la máxima calidad cuesta en torno a 7.000 euros, y eso que nosotros incluso nos fuimos a un estudio en Oslo en busca de un productor concreto. Te hablo de un disco que suene profesional. Luego la promoción... no te la asegura nadie. Quizá si tienes a Sony detrás se te abran más puertas, pero a nosotros nos ha bastado con un chaval que nos lleva la comunicación", me explica uno de ellos.

De acuerdo. Si dos de de las tres funciones de las discográficas son reemplazables, cabe pensar que la última, el canal de distribución, ni siquiera admite debate en tanto que el negocio de la música se traslada rápidamente a internet. En un mundo ideal la llegada de nuevos actores, como Spotify o iTunes, serviría para garantizar un acceso más democrático a los lineales musicales, pero en el nuestro las tres grandes discográficas (Universal, Sony y Warner) no van a dejar que esto suceda. Los nuevos tiempos les han sacado de la cadena, pero se han agarrado al último eslabón de la cadena y no van a soltarlo fácilmente.

Distribución de los ingresos digitales de música en España durante 2014 (Promusicae)
Distribución de los ingresos digitales de música en España durante 2014 (Promusicae)

Para ello han tomado posiciones en Spotify. Entre las tres suman un 14,4% de la compañía lo que, sumado a que proveen la mayor parte de los catálogos musicales, es una garantía de que su voz será escuchada. La compañía sueca posee 60 millones de usuarios, de los cuales 15 son clientes de pago. De los 1.003 millones que ingresaron en 2014 (270 por el freemium y 733 por suscripciones), 702 fueron a parar directamente a las majors de la música. Esto es, un 70% de los ingresos de una plataforma  externa acaban en sus arcas y, no contentos con ello, jalean a los artistas para que clamen contra la empresa sueca. ¡Si son ellos los que deciden cuánto de ese porcentaje va para sus músicos! 

Con semejante panorama, ahora las discográficas sostienen la necesidad de "acelerar el proceso de suscriptores de pago" en Spotify, sin duda la compañía que mayor tasa de conversión de usuarios a suscriptores de la industria, con tasas en torno al 20%. El método, por supuesto, no es innovador, sino que pasa por reclamar la limitación de la música financiada con publicidad. Aducen que los servicios de streaming socavan las descargas de canciones, olvidando que, gracias a Spotify, el gasto medio en música de sus usuarios en EEUU ha pasado de 55 a 120 dólares anuales, o que han incrementado un 75% su facturación digital sin mover un dedo.

Precisamente el modelo de Spotify destaca por su inteligencia. Han introducido con sumo cuidado la inserción publicitaria para que resulte suficientemente molesta como para alentar al pago, pero no tanto como para abandonarlo asqueado. Variar esta proporción por las presiones puede desembocar en la mellla de su base potencial de suscriptores que, como bien saben, están a un sólo click de YouTube. Y a Google las majors no le van a toser.

Con todo, lo peor no es el tira y afloja de márgenes, sino la relevancia inmerecida de un actor, las discográficas, que es un vestigio del pasado. Su valor en la cadena de producción tiende a cero. Se han convertido en un obstáculo entre los músicos y el consumidor, que no debe renunciar a la posibilidad de consumir música transversalmente, con independencia de cuántas canciones lleva un disco o quién lo ha editado. Spotify, por su parte, tiene por delante la labor de facilitar el acceso a los artistas independientes con una retribución que no dependa del volumen relativo de reproducciones, donde jamás podrán competir con las estrellas del pop, sino de sus clicks.

Nos encontramos ante una industria lastrada por la vileza del intermediario, incapaz de asumir, como Quevedo, que lo que tiene delante no son más que ruinas. Spotify pactó con ellas por pura necesidad pero, si quiere mantenerse con vida, urge que las saque de circulación cuanto antes.

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