¿POR QUÉ LOS EMPRENDEDORES NO ACEPTAN CRÍTICAS?

El cazador que temía a los gatos

A veces no es cuestión de cuánta resistencia ofrece un contrincante, sino de la magnitud de fuerza que estás dispuesto a emplear contra él

Foto: El cazador que temía a los gatos

Tenía mi abuelo un amigo que le tenía miedo a los gatos. Se llama ailurofobia y, al parecer, es una afección común en la sociedad. Lo raro del caso es que el amigo de mi abuelo era cazador; no uno cualquiera, sino uno de esos que pasan más tiempo en África que en España. En su casa tenía cuernos de ciervo, patas de elefante e incluso la cabeza de un león que siempre presumía haber abatido de un tiro. Sin embargo, después del preceptivo repaso a los trofeos, encerraba a sus visitas en una habitación. "Es para que no entren los gatos". 

El gran cazador de leones le tenía un miedo atávico a las mascotas de sus hijos. Nunca olvidaré su explicación: "Si estoy en África y veo un león, doy un tiro al aire; si no huye y se acerca, le derribo sin pensármelo. A los gatos no les oigo venir, me pillan en pijama y, lo que más me jode, no puedo hacerles nada", decía apesadumbrado.

Salvando las distancias, el ejemplo me vino a la cabeza estos días reflexionando sobre el distinto rasero con el que informamos sobre las empresas. Me explico. Tomemos el ejemplo de Apple o Samsung. Ambas son multinacionales colosales, leones del sistema capitalista, que producen tecnología, para qué negarlo, de altísima calidad. Pueden gustarnos más o menos, pero al comprar su gama alta obtenemos una garantía de calidad imposible de encontrar en el mercado.

Y sin embargo disfrutamos criticando sus lanzamientos, de unos y de otros, porque son ricos, porque tienen las espaldas anchas, porque siempre se puede esperar más de ellos. Al contrario de la creencia popular, atacar a los grandes sale gratis, quizá por su costumbre a la hora de encajar los golpes o, sencillamente, porque les importa un pimiento. 

Crítica cero

Tan obvio es que a la prensa le gusta abatir leones como que teme a los gatos. Le insto a que se tome un descanso y busque en cualquier periódico un texto crítico con los emprendedores nacionales. ¿Se da cuenta? ¡No existen! De las startups sólo se glosa el éxito o, cuando menos, el potencial de una idea nacida para cambiarlo todo. La crítica es una rara avis sólo admitida en escenarios dantescos, como la estafa o el maltrato al cliente. Si alguien se atreve a cuestionar la hoja de méritos de un emprendedor, como hizo lúcidamente Analía Plaza con Pau García-Milá, el sector cierra filas con un reproche unánime. Sientes su ira en primera persona y, aunque sólo querías decir la verdad, no puedes evitarte sentirte como un traidor a la patria.

El cazador que temía a los gatos

No sólo con el ad hominem reaccionan: también cuando se habla elogiosamente de un competidor extranjero o se descarta informar sobre una ronda de financiación. Todo esto, junto a que nadie quiere perjudicar a unos chavales que están dejándose la piel por sacar adelante una idea, ha generado un clima acrítico -y asimétrico, que es aún peor- con los emprendedores. Desde fuera todo va bien, pese a que nuestra presencia en las listas de las mejores startups mundiales sea siempre anecdótica.

De modo que no importa cuántas propuestas ridículas me lleguen al mail cada mañana, que alguien tenga su plantilla repleta de falsos autónomos, que se plagien por sistema las propuestas norteamericanas o que La Nevera Roja tarde una hora y media en traerte la comida a casa, que la tarda; antes de escribir mal de una startup española se prefiere no hacerlo, porque los emprendedores nunca fracasan. "Sólo intentarlo ya es un éxito. ¿Qué has hecho tú?" o "en España nos gusta regodearnos con el fracaso, porque somos unos envidiosos", suelen decir ellos. Tanto hemos encumbrado el concepto del emprendedor que incluso los que sólo han cerrado empresas -a veces con créditos del estado- se permiten enseñar a los demás cómo funcionan los resortes del business.

El amigo de mi abuelo tenía razón: los gatos son más peligrosos, porque tan importante es el tamaño del contrincante como la fuerza que uno esté dispuesto a emplear contra él. Y nadie quiere disparar a un gato.

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