Por qué vendí mi ordenador de sobremesa: el futuro es móvil
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José Mendiola

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Por qué vendí mi ordenador de sobremesa: el futuro es móvil

La irrupción y evolución de los portátiles propició una inquietante tendencia en el mercado: los sobremesa de toda la vida sufrieron el mordisco en carne propia

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Cada vez más finos y cada vez más portátiles... ¿Dónde está realmente el límite? Un servidor lleva utilizando ordenadores desde el mítico ZX Spectrum y con la perspectiva que otorga el tiempo, resulta fascinante ver cómo ha ido evolucionando el mercado. En este sentido, la irrupción de los portátiles y su posterior evolución propició una inquietante tendencia en el mercado: los sobremesa de toda la vida sufrieron el mordisco en carne propia por la eclosión de los portátiles debido a su abaratamiento y crecientes prestaciones.

Más potentes, más ligeros y con una pantalla lo suficientemente grande para quien lo quisiera, los sobremesa fueron quedándose arrinconados en casa como reducto multimedia permaneciendo siempre encendidos o como centro de ocio para los amantes de los videojuegos. En mi caso, mi situación era similar: un iMac para el trabajo más pesado, un portátil para las frecuentes salidas y un iPad mini omnipresente como navaja suiza para todo.

En este status quo todo parecía equilibrado: el sobremesa ofrecía una generosa pantalla y prestaciones suficientes como herramienta de trabajo pese a sacrificar la movilidad, y por otro lado, trabajando eminentemente en la nube gracias a Dropbox y Evernote, no había mayor inconveniente en dejar algo a medias en el iMac para luego seguir en el portátil o tablet.

El portátil que utilizo habitualmente es un MacBook Pro con pantalla Retina de 15,4 pulgadas. Una bestia en prestaciones, sobrado de batería y con una pantalla con la resolución suficiente como para olvidarse realmente uno de que está trabajando con un ordenador portátil. El equipo es lo suficientemente compacto como para llevarlo en los viajes con comodidad, pero con el peso y dimensiones lo bastante elevados como para dejarlo en el despacho en los trayectos cortos.

La llegada de Surface

Sin embargo, todo cambió con la llegada del Surface 2. Aquel unicornio alado de Microsoft se resiste como gato panza arriba a los desoladores datos de ventas y en un producto lejos de alcanzar todavía el umbral de rentabilidad. Esto último realmente no tiene por qué ser determinante puesto que la casa podría perseguir un aumento de cuota en la venta de licencias, un negocio en el que está realmente curtida.

Tras la accidentada irrupción en el mercado del primer modelo y la precipitada salida de Sinofsky, su alma mater, uno podía pensar que aquello fue un experimento más que salió rana a la firma fundada por Bill Gates. Pero no. La casa decidió apostar fuerte por el producto con una fe renovada y consolidad con el nuevo liderazgo de Satya Nadella. Y había que probar el incalificable Surface.

¿Es un tablet? ¿Es un portátil? Pronto me di cuenta de que en realidad poco importaba el calificativo del equipo o a qué segmento se atribuyera. Coche o moto, lo importante es llegar al punto de destino. Los comienzos fueron extraños. La distribución del dispositivo haciendo equilibrios entre dos mundos y un sistema operativo camaleónico que funcionaba indistintamente con ratón y con el dedo hicieron, en un principio, más empinada la curva de aprendizaje.

Pero pronto salió a flote el verdadero valor del equipo y comprendí por qué Microsoft apostaba por él ciegamente: una batería inagotable y un tamaño y configuración propios de un tablet terminaron por seducirme y desestabilizar el equilibrio antes mencionado. Surface cuenta con todas las ventajas de un tablet mientras se lleva en el maletín o bajo el brazo, pero en un abrir y cerrar de ojos despliega todo su poderío al abrir su tapa-teclado.

El pequeño se transforma súbitamente en matón y sirve perfectamente como portátil, gracias sobre todo a su funda-teclado táctil que se beneficia también de lo mejor de los dos mundos con su texto predictivo y retroiluminación. El benjamín de los de Redmond pronto se hizo un fijo en los desplazamientos y provocó un inesperado movimiento de piezas: el MacBook pasó a ser el nuevo sobremesa y el iMac comenzó a acumular polvo sin llegar a encenderse en días, demasiados días.

¿Qué estaba sucediendo exactamente? Una doble derrota: Surface había invadido con contundencia el territorio portátil dejando al potentísimo MacBook Pro en la mesa del despacho. Pero aquí no terminaba el reparto de tortas: abrir la tapa y empezar a trabajar en aquella sensacional pantalla resultaba de repente más atractivo y rápido que encender el ahora descomunal sobremesa.

En unos pocos días uno se había acomodado en la inmediatez de lo móvil y a la gran virtud de poder llevar la oficina a cuestas en unas condiciones dignísimas sin dejarse el hombro en el intento. Fue en ese instante cuando comprendí el porqué del declive de los ordenadores de sobremesa y el futuro eminentemente móvil que nos espera.

¿Quiere esto decir que el portátil sea mejor que el desktop y que Surface sea mejor que el primero? No. Simplemente que la combinación de todos en beneficio propio puede cobrarse inesperadas piezas. Y con la pantalla cada vez más pequeña. Como me dijo un amigo en Twitter: "Que Dios te conserve la vista".

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