el mercado negro de las redes sociales

Por qué me ofrecieron 6.000 dólares por mi cuenta de Instagram... y los rechacé

Fui de los primeros en aterrizar en esta red social, y elegí un nombre que terminó siendo muy popular. Durante años he recibido decenas de ofertas por mi cuenta, algunas de ellas sorprendentes

Foto: Por qué me ofrecieron 6.000 dólares por mi cuenta de Instagram... y los rechacé

Nos situamos a finales de 2010. Un servidor se enfrenta al placer diario de contar desde su perspectiva lo que acontece en el mundo de la tecnología desde estas líneas, y en aquellas fechas, un nuevo proyecto iba tímidamente despuntando entre la maraña de startups que poco a poco se van abriendo camino. Nos referimos a Instagram.

Lo que hoy es sin duda una de las redes sociales más influyentes y con un mayor número de usuarios, por aquel entonces era sólo una promesa, pero como diría Arguiñano, una “con fundamento”. ¿Triunfaría o fracasaría? Difícil de aventurar en aquel momento, pero la única manera de conocer a fondo ese proyecto era abrir una cuenta. Y lo hice.

Lo bueno de ser de los primeros que accede a una red social es tener carta blanca para escoger el nombre de usuario. Hoy nos vemos obligados a emplear extrañas combinaciones numéricas como “jose1654” o semejantes, pero no, “jose” estaba libre y lo registré. Sin más ambiciones y sin excesivo entusiasmo, ya que a fin de cuentas aquello podría ser flor de un día. Pero no. Instagram se convirtió con el paso del tiempo en un fenómeno de masas y mi “jose” en un codiciado objeto de deseo, hasta el punto que en plena Semana Santa me sobresaltaron con una oferta de 6.000 dólares por la cuenta. Tal cual.

Instagram se convirtió con el paso del tiempo en un fenómeno de masas y mi “jose” en un codiciado objeto de deseo

La verdad sea dicha, Instagram me cautivó desde el primer momento y convertí en hábito aquello de ir subiendo fotos de paisajes, el perro, comida… Era divertido, para qué engañarse. Pasó el tiempo y mis estampas apenas acumulaban algún “me gusta” de los amiguetes, pero poco más. Pero de pronto, algo sucedió.

Comencé a recibir a diario y de forma consistente peticiones de cambio de contraseña, ya se sabe, de esas que uno solicita cuando ha perdido la suya. No parecía que la cuenta estuviese en peligro o al menos eso me confirmaron en el soporte de Instagram, pero estaba claro que había usuarios intentando usurpar la cuenta. Las peticiones llegaban de todos los puntos del globo, y lo sé por el idioma del mensaje automatizado, y lo que parecía una anécdota se convirtió en un problema: tuve que crear un filtro en Gmail para que desviara todos estos mensajes a la papelera.

¿Qué estaba sucediendo? Un amigo me puso al corriente: “¿te has dado cuenta de que tienes 3.000 seguidores en Instagram?” ¿3.000? Debía tratarse de un error. Entré en la cuenta y en efecto, ahí estaban todos.

El oscuro mercado de los nombres de usuario

Y aquella cifra de seguidores no paró de crecer hasta llegar a los casi 9.000 actuales. De cartón piedra la mayoría, eso sí, atraídos sin duda por un nombre corto, común y popular. Digo que el grueso de ellos son de atrezzo porque no se corresponde ni de lejos con el número de “me gusta” que obtiene cada foto publicada con el monto de seguidores. Un engagement penoso si lo quisiéramos ver desde un punto de vista de marketing. Pero si lo de la contraseña y el éxito fulgurante de la cuenta eran hechos sorprendentes, pronto comenzaría otro fenómeno al que terminé por dedicar excesivo tiempo: el asedio por la titularidad de la cuenta.

Instagram se fue convirtiendo poco a poco en un fenómeno con especial gancho entre los más jóvenes y los “josés” de medio mundo usuarios de la red social decidieron que no contaba con ningún mérito para ostentar esa cuenta. La lluvia de mensajes en forma de mención fue constante, hasta el punto en el que perdí el control de las notificaciones (ya no sabía si era un amigo quien me había escrito o un perseguidor-acosador de la marca). Vi ofertas de todo tipo, desde los que pedían la cuenta porque sí, hasta los que me ofrecían sus seguidores, contactos influyentes… En poco tiempo aquello daba para escribir un libro.

Al principio me tomé la molestia en responder uno a uno, pero vi que era un sinsentido dedicar ya demasiado tiempo a decir que no, que gracias, pero mi cuenta era mía. Siendo sinceros, nunca me había preocupado en exceso el nombre de usuario, pero si lo había obtenido era por estar ahí antes que el resto, y qué carajo, era mía. Pero pronto comenzaron a llegar planteamientos más serios. Una celebrity del mundo de la comunicación en Latinoamérica me la pidió amablemente ofreciendo sus miles de seguidores, y amablemente decliné la propuesta.

No tardé en recibir ofertas económicas, lo que ya disparó mi curiosidad sobre qué se estaba moviendo realmente en torno a las marcas en redes sociales. La primera cuestión era saber si se podía vender o no la cuenta. La red social zanja el debate: en su punto 3 de las condiciones de uso deja patente que no se permite la venta de las cuentas, y sin embargo, indagando en la red descubrí la existencia de todo un mercado en torno a los nombres de usuario, en especial sobre los llamados vanity names. Ya se sabe, de los que comprarían los mismos que personalizan la matrícula del coche.

En mi investigación no tardé mucho en contactar con un usuario que se presentaba a sí mismo como broker de identidades en redes sociales que me confirmó que se movía mucho dinero con los nombres de usuarios en redes sociales, en especial con aquellos susceptibles de generar tráfico. Que Instagram era un filón potencial ya lo sabíamos. La clave era tener la habilidad de monetizar la cuenta, como hizo este fotógrafo aficionado.

El submundo del tráfico de cuentas me llevó a encontrar hasta anuncios en eBay y múltiples foros en los que se asesoraba con consejos a los que querían vender su cuenta. Para no aburrirles con las tácticas, la estrategia consiste en engordar el pavo ¿hasta cuánto? Algunos sugieren esperar a llegar a los 500.000 usuarios, y a partir de ahí, hacerse querer. Y las normas de uso no parecen evitar este mercado persa de cuentas. Que se lo cuenten si no al gobierno de Israel que no dudó en extender la chequera y rubricar una cifra con excesivos ceros para hacerse con la cuenta de Twitter @Israel, como atestigua The Guardian. También está la alternativa altruista, la de ceder el nombre sin ánimo de lucro, como hizo el famoso limpiabotas de Málaga con @riodejaneiro y @japan…

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