El Gobierno peca de paternalista con la nueva ley que regulará el 'crowdfunding'
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El Gobierno peca de paternalista con la nueva ley que regulará el 'crowdfunding'

El modelo productivo en España debe cambiar en base al esfuerzo colectivo, y en ese cambio, la ley que propone el gobierno es paternalista y restrictiva

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España necesita crear mil empresas que facturen mil millones de euros cada una y esto solo es posible con emprendimiento de gran escala. ¿Bastará con encontrar mil buenas ideas? La respuesta es rotunda: no; no bastará con mil buenos emprendedores apasionados por mil buenas ideas que tengan la fortuna de acertar mil veces en sus decisiones encontrando mil veces la suerte a su favor.

Al contrario, España necesita promover una pirámide de emprendimiento: desde la amplia base del autoempleo hasta la estrecha cúspide mil veces mil millonaria: una obra faraónica, sí, pero imprescindible; también, una obra arriesgada, porque los recursos del país son limitados; una obra, por tanto, necesitada de arquitectos visionarios, comprometidos con el futuro, inteligentes y audaces.

Esa pirámide de emprendimiento no se crea desde los poderes públicos ni desde los organismos financieros: la crean las personas que tienen ideas, capacidad para desarrollarlas y pasión por alcanzar el éxito

¿Bastará con buenas leyes? De nuevo la respuesta es clara: no; pero serán necesarias leyes y políticas nuevas que promuevan y consoliden en la sociedad española un cambio cultural. Porque esa pirámide de emprendimiento no se crea desde los poderes públicos ni desde los organismos financieros: la crean las personas que tienen ideas, capacidad para desarrollarlas y pasión por alcanzar el éxito (e inteligencia para reconocer pronto el fracaso, evitando consumir recursos inútilmente), así como todas aquellas personas que les apoyan.

España, anclada en un modelo productivo obsoleto

España sigue anclada en un paradigma obsoleto: la cultura del trabajo seguro, la de la subvención, la del pelotazo especulativo y la del monstruo fiscal. Demasiadas actitudes, instituciones, normas y leyes se han quedado fuera de juego.

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Las familias no pueden ya orientar a sus retoños al trabajo seguro en la diputación o en la caja de ahorros (ya hemos visto que seguro no es); los poderes públicos no pueden ya basar su apoyo en la entrega de dinero (ya hemos visto demasiadas veces que ha resultado un gesto arbitrario y proclive al descarrilamiento); los inversores especulativos han caído en la trampa de otros especuladores más poderosos que ellos (ya hemos visto que la especulación crea falsa riqueza que no llega al pueblo y que se disipa con facilidad: la crisis financiera es también un movimiento especulativo) y, ahora más que nunca, entendemos que Hacienda somos todos (ya hemos visto que cuando su fuente escasea, la sequía nos embarga).

El faraónico esfuerzo de aquella pirámide de emprendimiento solo será posible en una nueva cultura; no sólo la cultura de lo que sé, sino la cultura de lo que hago y de la lúcida reflexión sobre sus resultados.

Napoleón decía que sólo se necesitaban tres cosas para ganar una guerra: dinero, dinero y dinero. El emprendedor podría decir lo mismo respecto de esas ideas de nuevos negocios que demuestran, cada día y en contraste con el mercado al que se dirigen, ser buenas ideas: necesita liquidez. En la España de hoy, los mecanismos de liquidez para proyectos de emprendimiento son inexistentes (el capital-riesgo de origen público sólo fluye cuando está avalado, es decir, cuando no hace falta, y los bancos no prestan y huyen ante el más mínimo riesgo) o sus condiciones exorbitadas (el capital-riesgo profesional pone en valor lo que aporta en esas condiciones en detrimento de quien lo recibe).

En una nueva cultura, son las personas las que cuentan; aquella pirámide de emprendimiento sólo se puede construir entre todos; tú y yo estamos llamados a ese esfuerzo: o damos ideas o ponemos nuestro esfuerzo de emprendedor o lo apoyamos con una parte menor de nuestro dinero

Pero, en una nueva cultura, son las personas las que cuentan; aquella pirámide de emprendimiento sólo se puede construir entre todos; tú y yo estamos llamados a ese esfuerzo: o damos ideas o ponemos nuestro esfuerzo de emprendedor o lo apoyamos con una parte menor de nuestro dinero. Esto último se llama crowdfunding: inversión colectiva. Una buena ley que lo regule cambiará al país entero. Una mala, como la que el Gobierno propone, lo mantendrá empobrecido a merced de los poderosos.

Escuché recientemente la parábola de la inversión colectiva hurtada al pueblo: “En un país remoto, el gobernador quiso regular la venta de pan. Para empezar, puso un límite a la cantidad que se podría vender de cada tipo de pan en un año. Después, aunque aquel era un país visitado cada año por más turistas (mayores en número que sus propios nacionales), impuso que las panaderías pudieran vender pan solo a nacionales. También limitó cuánto pan de cada tipo podía comprar un cliente en un año y cuánto pan en total. Prohibió que el panadero pusiera un cartel anunciando sus tipos de pan y sus nuevas creaciones. Y, por último, dictó que el panadero no pudiera cobrar el pan a peso.

Cuando los panaderos conocieron la intención de su gobernador se quedaron perplejos, porque no entendían que aquellas normas les ayudaran a ellos ni a sus clientes, sino que, más bien, pondrían sus negocios en precario, dejarían a sus clientes mal abastecidos y a la Hacienda pública mermada en esa parte. Pero el gobernador se regocijaba a sus espaldas, porque los propietarios del trigo, que lo compraban a bajo coste y lo almacenaban en graneros para especular con su precio, le invitaban a banquetes”. Dejo que los doctos determinen si esta parábola se aplica a la ley sobre plataformas de crowdfunding – inversión colectiva que el Gobierno propone.

El Gobierno, paternalista y limitador con el ciudadano

Al Gobierno le preocupa que el ciudadano arriesgue en exceso en proyectos de futuro; por eso, cree que debe limitar los mecanismos en los que pueda arriesgarse. El Gobierno asume que el español es un ciudadano inculto, iluso y proclive a dilapidar sus bienes, y, por eso, cree que debe ejercer un papel no sólo encauzador y vigilante, sino paternal y restrictivo. 

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No importa que uno pueda dilapidar su fortuna en la lotería, en las quinielas o en el juego, porque eso ya está aceptado. Tampoco que uno dilapide su salud malgastando su fortuna en adicciones alegremente toleradas por los impuestos que propician. O que uno invierta en instrumentos financieros que no comprende aunque se los expliquen tres veces y firme un papel como que los hubiera entendido. O que uno desgaste sus bienes hasta el desahucio y quede desamparado por el Estado que debiera protegerle.

No entenderás los proyectos en los que inviertas, creerás como un iluso en rentabilidades imaginarias, arriesgarás más de lo que tienes y, por fin, arderás en el infierno de los tontos

Todo eso ya está asumido. La novedad y lo que importa de verdad es que uno ponga su pie en tierra sagrada: en las fuentes de capital. Entonces, el Estado, paternalmente, le aparta de los peligros del riesgo: “no entenderás los proyectos en los que inviertas, creerás como un iluso en rentabilidades imaginarias, arriesgarás más de lo que tienes y, por fin, arderás en el infierno de los tontos”.

En el viejo paradigma, los negocios se expresan en un plan de negocio: una tabla de números que sólo entienden los expertos financieros (capital-riesgo, bancos, etc.). Pero en sus números no se ven las realidades ni los riesgos: esos pertenecen al modelo de negocio. Cuando los negocios se expresan en el modelo de negocio (un conjunto de actores y relaciones que cualquiera puede entender - qué vamos a vender y quién va a comprar, por qué y por cuánto, hecho cómo y con cuánto coste, etc., etc.), cualquiera los puede entender.

La ley sobre crowdfunding debe garantizar que las plataformas de crowfunding muestren información correcta y suficiente, y que operen con transparencia… y hacerlas viables. Porque hay mucho más capital dispuesto a tomar riesgo en los bolsillos de particulares que en todo el capital-riesgo profesional; porque la inversión en creación de valor debe ser accesible a todos: crear puestos de trabajo, riqueza social y contribución fiscal debe ser tarea de todos; y porque la inversión colectiva es la mayor fuente de liquidez real en el nuevo paradigma (y, a menudo, la única viable).

Juan José Marcos Muñoz es presidente de Bestaker.

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