Hacia una nueva transición, esta vez digital

¿Cuál debe ser la reacción de nuestra sociedad ante la creciente digitalización de la misma que amenaza millones de puestos de trabajo?

Foto: (Ilustración: Raúl Arias)
(Ilustración: Raúl Arias)

Pedro es un taxista madrileño que compró su licencia por 120.000 euros. La crisis le llevó al taxi después de un ERE en la empresa para la que había trabajado 20 años. Con la indemnización, unos ahorros y la ayuda de un familiar, invirtió en lo que esperaba ser su modo de vida hasta la jubilación. Para rentabilizar su automóvil, contrata a otro conductor que conduce su taxi por las noches. Se ha convertido en un pequeño empresario.

Juan tuvo menos suerte. Siendo más joven que Pedro, y habiendo dado tumbos por numerosas empresas en sus ocho años de experiencia laboral, se quedó en la calle sin apenas indemnización ni patrimonio. Sin embargo, pronto encontró una nueva oportunidad en un coche de Uber. Ni la licencia ni el coche le pertenece y gana menos que Pedro. Juan cree en la libre competencia. Pedro piensa que Uber es competencia desleal. Pero, a pesar de sus diferencias, Pedro y Juan tienen algo en común: muy probablemente, ninguno podrá jubilarse al volante. La ya comenzada cuarta revolución industrial traerá los coches autónomos y, más pronto que tarde, no hará falta volante ni conductor.

Nuestros conductores no están solos en este funesto escenario. Según un famoso estudio recientemente publicado por Carl Frey y Michael Osborne, de la Universidad de Oxford, el 47% de los puestos de trabajo en Estados Unidos presentan un alto riesgo de desaparecer por la creciente informatización de los sectores. Una multitud de conductores, agricultores, banqueros, agentes inmobiliarios, cocineros, dentistas, cajeros, secretarias, analistas, vendedores, radiólogos, y un largo etcétera de profesionales se quedarán obsoletos mucho antes de la edad de su jubilación.

Nuestros empresarios de antaño miraban demasiado a la tierra y poco a las máquinas. Demasiado al producto y poco a las marcas

Hoy pocos directivos informados discuten que la creciente transformación digital de los negocios eliminará muchos (muchísimos) puestos de trabajo, y no solo aquellos que son fundamentalmente manuales y rutinarios. En lo que no se ponen de acuerdo es en si profesionales como Pedro y Juan podrán aprender nuevos trabajos o en si se crearán más puestos de los que se van a destruir. Después de todo, ¿quién podría imaginar en los años 50 que hoy necesitaríamos tantos ingenieros informáticos? Sin embargo, otros son menos optimistas y piensan que estos cambios están pasando muy rápido, y dejarán a muchos en la estacada.

¿Cuál debe ser la reacción de nuestra sociedad ante estas tendencias que amenazan millones de puestos de trabajo? Mirar a otro lado no es la solución. Un optimismo vital tampoco, porque aunque finalmente se creen más puestos de los que se destruyen, habrá regiones enteras que ganen PIB y otras que lo pierdan. Hay que estar alerta. A menudo la historia nos da importantes lecciones que debemos tomarnos muy en serio.

El lector que haya viajado por Europa, habrá probablemente oído las teorías que algunos vecinos del norte tienen para explicar por qué en Portugal, Grecia, Italia o España somos más pobres que ellos. Unos piensan que la religión lo explica todo: los protestantes tienen una visión más moderna del esfuerzo y de la empresa. Otros piensan que somos dados a la fiesta y a la siesta, y que así no se puede trabajar y producir. Yo me apunto a la visión de algunos historiadores que piensan que una de las principales razones de nuestra peor renta per cápita en comparación al norte de Europa radica en que llegamos tarde a las anteriores revoluciones industriales. Nuestros empresarios de antaño miraban demasiado a la tierra y poco a las máquinas. Demasiado al producto y poco a las marcas.

Manifestación de taxistas en Barcelona contra Uber durante el verano de 2017. (EFE)
Manifestación de taxistas en Barcelona contra Uber durante el verano de 2017. (EFE)

Creo que estas reflexiones deberían llevar a nuestros líderes a hacerse la siguiente pregunta: ¿Estaremos perdiendo también el tren de esta nueva revolución industrial? Perderlo del todo no sé, pero desde luego no parece que vayamos en los vagones de primera clase. Según el Network Readiness Index del World Economic Forum, España se sitúa en el puesto 35, con países como Singapur, Finlandia, Suecia, Noruega o Estados Unidos en las primeras 5 posiciones. Recientemente, McKinsey & Co publicaba un estudio junto con la Fundación Cotec que llega a conclusiones similares. Según el Índice de Economía y Sociedad Digital, España se sitúa muy cerca de la media europea, pero lejos de países como Dinamarca, Finlandia, Suecia o los Países Bajos.

¿Cuántas de las empresas que ostentan un liderazgo tecnológico en su sector son españolas? ¿Cuántas Universidades desarrollan investigación de primer nivel internacional? ¿Cuántas patentes de grandes innovaciones tecnológicas se desarrollan dentro de nuestras fronteras? Desgraciadamente, muy pocas. Si perdemos ese tren definitivamente o nos situamos en los vagones de cola, ¿cuáles serán las consecuencias en términos de riqueza y empleo para nuestra sociedad?

Si la propiedad de la tecnología no está en Europa, sino en EEUU, quizá los robots prefieran empezar pagando sus pensiones y salarios y no los nuestros

A este vergonzoso adormilamiento, se unen otras realidades tremendamente complejas y sin parangón en nuestra historia reciente. La primera y más implacable es la de nuestro ya conocido, pero políticamente incorrecto, suicidio demográfico. Los datos de nacimientos son difícilmente reversibles y auguran que, o bien trabajamos muchos más años (algo que casi nadie parece estar dispuesto a aceptar), o aumentamos significativamente nuestra productividad. Pero sin liderar esta nueva revolución digital, ¿aumentaremos nuestra productividad más o menos que otras regiones del mundo que se apuntaron a este carro hace tiempo y con más entusiasmo?

Algunos piensan que la inmigración podría mitigar este envejecimiento de la población. Yo pienso que si lo hace, será solo ligeramente, ya que para mantener nuestros actuales ratios de dependencia necesitaríamos muchísima inmigración, y es cuestionable que su productividad e integración estén a la altura de las expectativas de la clase media. Además, ¿a dónde migrará el talento más productivo? ¿Adonde está ocurriendo la acción o adonde no?

Una segunda realidad es la del creciente descontento de las masas. El fenómeno de los indignados no es ninguna broma, y ha propiciado un nuevo panorama político en el mundo desarrollado. La creciente desigualdad y la pérdida relativa de poder adquisitivo de las clases medias, junto el elevado desempleo, están creando un caldo de cultivo muy peligroso, que se acelerará si se cumplen las predicciones de robotización del trabajo más pesimistas. Ante este desafío, la reacción de nuestros líderes no puede ser únicamente la creciente tecnificación de todo, cueste lo que cueste. Merece la pena escuchar con atención al Papa Francisco en su charla TED en la que, quizá con visión profética, se adelanta a los cambios y nos recomienda que el único futuro que merece ser construido debe incluirnos a todos.

Mark Zuckerberg, CEO y fundador de Facebook. (EFE)
Mark Zuckerberg, CEO y fundador de Facebook. (EFE)

Pero la visión de muchos empresarios, académicos o políticos destaca por un enfoque excesivamente mecanicista, abandonando las raíces del humanismo cristiano que ha imperado hasta ahora en nuestras conciencias. La indiferencia de muchos hacia los que se van quedando en la cuneta no solo es injusta y poco humana; también es imprudente. Los desajustes económicos que probablemente se generarán en las próximas décadas podrían dar lugar a dos grandes fantasmas que han asolado Europa en el siglo XX: la lucha de clases y el nacionalismo. Conviene leer 'El mundo de ayer', en el que Stefan Zweig relata de manera magistral cómo, en dos ocasiones del siglo pasado, nuestros líderes Europeos fueron capaces de destruir de manera inesperada y con increíble rapidez una relativa prosperidad y paz social.

Es común que a todas estas predicciones y avisos, un tanto catastrofistas, muchos respondan afirmando que no hay nada de qué preocuparse, pues la renta básica universal está a la vuelta de la esquina, dada la creciente productividad que traerá la digitalización exponencial: ¡Las máquinas trabajarán por nosotros! ¡Ellas pagarán nuestros impuestos! Puede ser. Pero si la propiedad de la tecnología no está en Europa, sino en Estados Unidos o Singapur, quizá los robots prefieran empezar pagando sus pensiones y salarios y no los nuestros.

Para conseguir este liderazgo no hace falta arrebatar a Google o Facebook su puesto en el mercado. A eso ya llegamos demasiado tarde

Para conseguir este liderazgo no hace falta arrebatar a Google, Amazon, Facebook o Microsoft su puesto en el mercado. A eso probablemente ya llegamos demasiado tarde. Para conseguir ese liderazgo hace falta que nuestros bancos, nuestras empresas de comercio al por menor, nuestros hoteles, nuestras empresas de alimentación y nuestras fábricas sepan acometer una exitosa transformación digital de sus modelos de negocio.

Necesitamos también nuevos empresarios, socialmente responsables, y un ecosistema legal, social y financiero que permita que estos florezcan. Necesitamos mejores Universidades. Necesitamos políticos responsables que reformen nuestro obsoleto sistema educativo. Necesitamos sindicatos con visión, que no frenen la digitalización, sino que impulsen a los trabajadores hacia su propia reconversión. Solo así podremos seguir compitiendo en un mundo global. Solo así podremos crear los nuevos puestos de trabajo, los mejor pagados, los de futuro. Solo así podremos reforzar nuestra clase media.

España está en un momento histórico fascinante, pero de una extraordinaria complejidad. Empresarios, sindicatos, pensadores y políticos deben estar a la altura. Nuestra sociedad debe estar a la altura. Es el momento de diseñar una nueva transición. Olvidar rencillas políticas, territoriales, de clase… y ponerse a trabajar por el futuro de nuestros hijos. Y, de paso, por nuestras pensiones.

*Juan Villanueva es profesor de marketing en el IESE Business School

Tribuna

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