Inteligencia artificial: seremos lo que decidamos ser

La tecnología ahora nos proporciona la capacidad de ser lo que queramos ser

Foto: Inteligencia artificial. (Imagen de Gerd Altmann en Pixabay)
Inteligencia artificial. (Imagen de Gerd Altmann en Pixabay)

Cuenta el eminente biólogo e investigador Nacho Martínez Mendizábal, en su libro ‘El primate que quería volar’, que el ser humano es el único animal que vuela por voluntad propia. Sin estar anatómicamente dotada para el vuelo, la especie humana ha sido capaz de volar por una única razón: porque se lo propuso.

Mucho se habla en estos días sobre el futuro que nos espera en un mundo controlado por la inteligencia artificial.

Bien es cierto que llamarlo 'inteligencia' es bastante osado, habida cuenta de que los algoritmos, hoy por hoy, hacen tan solo aquello para lo que alguien los ha programado. De hecho, la tecnología de la que disponemos hoy se corresponde más bien con la de un asistente inteligente, más que con una inteligencia artificial propiamente dicha.

En cualquier caso, lo cierto es que la captura y el uso de cantidades ingentes de datos están revolucionando el modo en que la tecnología interactúa con el ser humano.

Se anuncian, bajo grandes titulares, innumerables males (algunos más cercanos a la ciencia ficción de saldo que a una reflexión mesurada): el fin del trabajo para millones de seres humanos, la concentración extrema de la riqueza, el alumbramiento de una nueva raza mitad humana mitad artificial (transhumanismo), e incluso, en un radical paroxismo, el fin de la raza humana a manos de los robots.

En cualquier caso, aun reconociendo las enormes implicaciones del cambio que estamos viviendo, ciñéndonos al perímetro de lo razonable, lo cierto es que la generalización y la cuasi omnipresencia del uso de la información, junto a la desenfrenada competición por salir vencedores en esta carrera digital, están tensionando los pilares éticos sobre los cuales se desenvuelve esta nueva economía de los datos. Porque hay un sentir común en la sociedad: no todo vale para ganar.

De hecho, la mismísima Business Roundtable americana ha sido capaz de reformular el concepto de propósito de las compañías, añadiendo a la búsqueda del valor para el accionista los otros cuatro sujetos del objeto social: los trabajadores, los proveedores, los clientes y la sociedad. Un equilibrio complejo, sin duda, pero que se fundamenta en una creciente conciencia de la enorme fuerza que la opinión de la sociedad tiene sobre el futuro de las organizaciones.

Me gusta recordar un célebre pensamiento de Jorge Wagensberg, el divulgador español. Él sostiene que, si cambian las respuestas, estamos ante una evolución, pero si lo que cambian son las preguntas, entonces nos encontramos ante una revolución.

En este sentido, hay quien afirma que el actual desarrollo tecnológico es una revolución, no ya por la entrada en juego de una tecnología disruptiva sino porque nos ha acarreado un cambio de paradigma, condensado en un cambio de pregunta: estamos pasando del ¿qué debemos ser? (reactivo) al ¿qué queremos ser? (proactivo). El argumento principal es que la tecnología ahora nos proporciona la capacidad de ser lo que queramos ser.

Sin embargo, en mi opinión, esto no es más que un retorno al lugar común en el que el ser humano ha desarrollado su proceso evolutivo hasta convertirse en lo que es: ¿cuál es mi propósito?, ¿cómo quiero ser? Es decir: soy un primate, no tengo alas, pero quiero volar, y plasmaré mi sueño en palabras que convenzan a otros para que cooperen conmigo en el logro de mi sueño, a través de la innovación y la tecnología.

Los males que conlleva el uso de la tecnología no son inevitables, antes bien, han de ser mitigables por la mano de aquellos que la ideamos

Por mucho que leo, no consigo comulgar con el generalizado concepto de inevitabilidad. Los males que conlleva el uso de la tecnología no son inevitables, antes bien, han de ser, si no evitables, sí mitigables por la mano de aquellos que la ideamos: los seres humanos.

Creo firmemente que seremos lo que queramos ser, si nos lo proponemos. Y por ello los profesionales que nos dedicamos a la gestión de los datos tenemos una responsabilidad hacia la sociedad, y no solo hacia nuestras compañías y los accionistas de las mismas. La tecnología no es buena o mala en sí misma, carece de ética. Los dilemas éticos surgen con los usos que damos a dichas tecnologías. Y por ello debemos anticiparnos y dotarnos de un armazón moral suficientemente completo como para afrontar este incierto y apasionante futuro.

La tecnología no es buena o mala en sí misma, carece de ética. Los dilemas éticos surgen con los usos que damos a dichas tecnologías

Este armazón moral debería ser diseñado de forma cooperativa entre todos los actores implicados, toda la sociedad, y en la medida de lo posible, debería encontrar unos mínimos criterios comunes a toda la humanidad, aunque suene utópico. Y para ello, la descolgada Europa debe asumir un papel clave.

El mítico 'dilema del prisionero' evidenciaba de forma sencilla los perjuicios de la no cooperación, la clásica 'tragedia de los comunes'. Cada uno buscando por separado su propio beneficio, pero provocando con esa actitud un mal común, una situación peor para el conjunto.

Conscientes de esta responsabilidad y de que el futuro no es de la confrontación sino de la cooperación, se están creando en todo el mundo múltiples grupos de trabajo, comisiones y organismos para aportar luz a este gran dilema, probablemente el cambio más disruptivo y rápido en la historia de la humanidad.

Por poner dos ejemplos de nuestro país: se ha abierto una nueva llave en Cotec, la fundación para la innovación, coordinada por Bankia y Kreab, sobre privacidad y ética en el uso de los datos, que pretende proponer un modelo de privacidad y ética digital que incluya buenas prácticas en la gestión de los datos de los clientes por parte de las empresas.

Por otra parte, hace dos años se creó en España el Club de Chief Data Officers, una asociación que reúne a los responsables de datos de las grandes compañías españolas. En esta asociación, somos conscientes de que cada profesional del dato debe decidir hasta dónde llega su grado de ambición: ya sea limitarse a mejorar la gestión del dato en su compañía, ya sea pasar a mejorar el negocio de su empresa, o más bien acrecentar la aportación de valor al accionista o, si su compromiso es máximo, pensar en la forma de aportar valor para la sociedad en su conjunto.

Son estas algunas de las variadas formas cooperativas de encontrar una guía hacia un futuro que ya está aquí, y que no conseguiremos domeñar si no es con la colaboración de todos.

William Shakespeare decía que las personas estamos hechas de la misma sustancia que los sueños. Si creemos esto, entonces podemos concebirnos a nosotros mismos de nuevo como esos sencillos primates que querían volar. Una especie capaz de determinar su futuro sobre la base de sus sueños.

*Rafael Fernández Campos. 'Chief data officer', Bankia. Presidente, Club Chief Data Officer Spain.

Tribuna
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