El coronavirus se contagia de pantalla a pantalla

A los recepcionistas políglotas les pregunto por las reservas del Mobile y ponen una cara como si les hubiera mentado a la bicha. “Aquí se hospeda una de las grandes, y no ha caído”

Foto: Un hombre mira su móvil en el metro de Pekín. (Reuters)
Un hombre mira su móvil en el metro de Pekín. (Reuters)

Un virus, pánico, frivolidad, bulos, un congreso mundial de telefonía móvil y Barcelona, la ciudad escaparate. Todo entra en simbiosis y una bola de nieve crece descontrolada pese al calentamiento global. Así, mientras la remota ciudad de Wuhan es patrullada por escuadrones futuristas de camiones cisterna que riegan las calles con desinfectante en aspersión, a miles de kilómetros un impulso económico se desvanece. ¡La teoría del caos! El mundo ya no se entiende sin haber leído suficiente ciencia ficción. Doy gracias a mi yo del pasado por todas las horas robadas al estudio con libros de Phillip K. Dick y una linterna, bajo las mantas.

El coronavirus se contagia de pantalla a pantalla

Si lo piensas un poco, casi parece de justicia poética que el Mobile World Congress esté en peligro de cancelación. Los peores efectos del coronavirus se contagian de aparato en aparato, por la pantalla, que es la epidermis del ciborg en el que nos hemos convertido. La propagación epidémica sigue las curvas de la viralidad de contenidos. Será la primera epidemia de la que las agencias de marketing digital den cuenta con más exactitud que la OMS. Apague el móvil para evitar el contagio. Vea los matinales de la tele con la mascarilla a modo de antifaz para dormir.

Es fascinante recordar un dato que se nos olvida: poca gente tenía ni la más remota idea de la existencia Wuhan, ciudad de doce millones de personas, hasta que llegó la peste. La existencia del virus y la existencia de la ciudad fueron simultáneas para la opinión pública: la misma noticia. Hay una ciudad en China que se llama Wuhan, y hay un virus allí, una los puntos. Hubo quien se enteró también de lo bonito que es el animal llamado pangolín. Pero en seguida éramos expertos. Ahora sabemos que hay allí once millones de humanos triplemente encerrados: en la ciudad, en la dictadura y en el competitivo mercado del comunismo neoliberal. La psicosis era lógica y queda representada en policías con escafandra rompiendo puertas para sacar a señoras aterrorizadas. Y en mí retuiteando el vídeo con un celular fabricado en China.

Foto: Reuters.
Foto: Reuters.

Es para volverse loco. A miles de kilómetros, en Barcelona, se tambalea el congreso mundial dedicado a los aparatos que propagan el virus. Los hoteleros de Barcelona parecen escamados. Recorro unos cuantos hoteles de lujo y es como visitar Nueva York, un gusto saber en qué sitios tan bonitos nunca podré quedarme. Apoyo las manos en los mostradores de alabastro, sin guantes de goma, y observo a los turistas de élite que liban copitas de cava, cortesía de la casa. A los recepcionistas políglotas les pregunto por las reservas del Mobile y ponen una cara como si les hubiera mentado a la bicha. “Aquí se hospeda una de las grandes, y no ha caído”, me dicen en el Casa Fuster. Y suspiran. No me tapo la nariz a ver si se me contagia el lujo asiático.

Otros hoteles han recibido cancelaciones. En el Palace de Gran Vía, cinco estrellas, donde Freddie Mercury conoció a Montserrat Caballé, han caído 13 habitaciones reservadas por Huawei pese a que la compañía por lo pronto parece que viene al Congreso. Al hotel le dan la información a cuentagotas y el hotel hace lo propio con la prensa. Tan pronto hay rumores de que la feria se cancela como de que la reactivan. Entre tanto, siguen las bajas: pronto habrá más plantones multinacionales que muertos por la epidemia, a este paso. De hecho, la propagación de cancelaciones del MWC sigue la misma curva que el virus.

El Director General de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus. (Reuters)
El Director General de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus. (Reuters)

¿Cuáles son las razones que ofrecen gigantes como Sony o Ericsson para no venir? Ninguna. Sospecho que sencillamente se ha puesto de moda. El efecto dominó, un día un futbolista lleva un tupé horroroso y a la semana siguiente infecta los patios de las escuelas. Me siento y disfruto del espectáculo. Son multinacionales lanzando crípticos mensajes de tranquilidad y valorando si dejar plantado a todo el mundo es la mejor estrategia de comunicación en este momento.

En fin. Abandonar un congreso de tecnología porque hay un virus en la prensa es la paradoja más bonita de la semana. Parece más propio del Medievo que de la sociedad de la información, pero ellos sabrán. A la china de la frutería de debajo de mi casa y a mí nos da un poco igual todo esto. Lo único que contagia esta mujer es la alegría.

Tribuna
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