La inteligencia artificial ya no es solo una tecnología prometedora. Es una infraestructura crítica para la generación de riqueza, el bienestar de las sociedades y la autonomía estratégica de los países. Estados Unidos, China, Francia o el Reino Unido han dado ese paso, tratar la IA como una cuestión de Estado. España debe hacer lo mismo.
Y debe hacerlo desde una visión de país, con ambición transformadora. España no necesita elegir entre ética y ambición tecnológica. Necesita liderazgo y una política de IA de largo plazo. Si lo logramos, la inteligencia artificial no será una amenaza, sino la mayor oportunidad de progreso de nuestra generación.
Desde que Alan Turing imaginara en los años 50 la posibilidad de que las máquinas pudieran "pensar", la inteligencia artificial ha pasado de ser una curiosidad académica a convertirse en el catalizador de una nueva era económica.
Como señala el economista Tyler Cowen, la IA no es una tecnología incremental, sino una plataforma de propósito general que reconfigura la economía. Monetiza mejor el capital intangible (datos, conocimiento, reputación), acelera la productividad y amplifica la escalabilidad de servicios. Su impacto será redistributivo. Quienes la adopten pronto verán disparada su competitividad; quienes se rezaguen, perderán posiciones.
Cowen advierte contra un error habitual: frenar la innovación por miedo a sus efectos distributivos. La alternativa no es la parálisis, sino preparar a la sociedad para absorber el cambio. Y para ello es necesario reformar instituciones, formar talento y redistribuir con inteligencia, no con miedo.
McCloskey: progreso con dignidad y libertad
Deirdre McCloskey, economista e historiadora, recuerda que el gran salto de Occidente no fue solo técnico, sino moral. Lo que cambió fue el relato: se empezó a admirar al comerciante, al inventor, al innovador. Se otorgó dignidad social a quienes impulsaban el progreso desde la iniciativa individual.
Ese mismo relato debemos aplicarlo hoy a la IA. No gestionarla desde el temor, sino desde la confianza en que millones de personas libres, en mercados abiertos, puedan crear, experimentar y resolver problemas reales con tecnología avanzada. Esa es la esencia de las sociedades abiertas.
Es algo que puede parecer obvio, pero supone hoy un reto considerable. Según el CIS, el 75,7% de la población española tiene algún tipo de incertidumbre relacionada con el uso de esta tecnología. Hay una brecha clara entre el temor que genera y los cambios que realmente ha producido en las sociedades avanzadas.
En Estados Unidos, los trabajos de oficina han crecido en 2024, incluso en sectores tan amenazados como traducción e interpretación se han incrementado un 7%. Y eso demuestra que, al menos de momento, la IA no reemplaza sino que complementa.
Lo bueno es que no partimos de cero. Desde 2020, España ha construido una arquitectura institucional destacada: Estrategia Nacional de IA, primera Secretaría de Estado de IA de Europa, sandbox regulatorio, AESIA en La Coruña, más de 600 millones movilizados y liderazgo en el AI Act.
Esta base es un buen punto de partida. Pero, como diría Cowen, "la tecnología no espera a quienes dudan". Sin una visión de largo plazo, interoperable y sostenida, perderemos la ventana de oportunidad.
Tres ejes para una política de Estado
Modernización ejemplar de la Administración
La IA debe desplegarse primero en el propio Estado, pero no para digitalizar lo que ya no funciona, sino para transformar de raíz el modelo de gestión pública. Automatizar la burocracia no basta: hay que repensar el rol de la administración, orientarla al ciudadano, medir por resultados y permitir que cada servicio evolucione de forma más autónoma y eficiente. La IA permite anticipar necesidades, personalizar servicios, detectar ineficiencias y liberar talento público para tareas de mayor impacto. Que el Estado sea ejemplo de innovación y excelencia operativa: una justicia ágil, una fiscalidad inteligente, una sanidad proactiva y una administración que inspire confianza ciudadana debe ser una prioridad.
España debe invertir en centros de datos, microchips, edge computing, ciberseguridad y conectividad de alta velocidad con extensión territorial. La resiliencia digital frente a amenazas externas y la soberanía tecnológica serán tan importantes como la potencia de cálculo o la cobertura. La capilaridad tecnológica es esencial para evitar nuevas brechas, proteger infraestructuras críticas y a las personas, y además, generar empleo de calidad en todo el país.
Libertad para innovar, competir y atraer talento
Necesitamos marcos regulatorios proporcionados, entornos de experimentación seguros y neutralidad institucional. España debe atraer centros de decisión, ingenieros, científicos y startups globales. La IA debe ser accesible, interoperable y gobernada con criterios de competencia leal.
España cuenta con talento, instituciones y tejido productivo para asumir este reto. Ahora toca sumar ambición y relato compartido. No se trata solo de tecnología, sino de liderazgo moral y económico.
Como defienden Cowen y McCloskey, la clave está en acompañar el cambio con instituciones fuertes y valores claros: dignidad, libertad y apertura. Solo así la IA será, de verdad, una cuestión de Estado.
La inteligencia artificial ya no es solo una tecnología prometedora. Es una infraestructura crítica para la generación de riqueza, el bienestar de las sociedades y la autonomía estratégica de los países. Estados Unidos, China, Francia o el Reino Unido han dado ese paso, tratar la IA como una cuestión de Estado. España debe hacer lo mismo.